Publicado el 26.05.2020

Debate: Liberalismo y deberes. Claro Vs Mansuy

A principios de mayo, a raíz de una entrevista realizada por El Mercurio al director del Instituto Nacional de Derechos Humanos, Sergio Micco, surgió un debate sobre los derechos y deberes de las personas. Parte de la discusión, la protagonizó un intercambio de cartas al Director de El Mercurio entre el Director de Investigación y Publicaciones de Fundación para el Progreso (FPP), Fernando Claro y Daniel Mansuy, investigador senior del IES (Instituto de Estudios de la Sociedad) y columnista del mismo medio. Mansuy, en su primera carta “Sergio Micco, los derechos y los deberes”, determina que la afirmación de ciertos derechos individuales desemboca en algunas formas de liberalismo incompatibles con la vida en comunidad. A lo que Claro respondió con una defensa al liberalismo como un verdadero promotor de la humanización y el progreso de la sociedad.

A continuación, podrás leer las cartas intercambiadas entre ambos personajes, en las que el tema principal son los derechos, deberes y el Liberalismo.

Sergio Micco, los derechos y los deberes

Por Daniel Mansuy

Publicado en El Mercurio, 05.05.2020

En entrevista concedida a este medio (EL MERCURIO), Sergio Micco —director del Instituto Nacional de Derechos Humanos— cometió una grave herejía: “no hay derechos sin deberes”, dijo. Esa simple frase bastó para levantar una polvareda, y no fueron pocos quienes acusaron a Micco de relativizar el carácter incondicional de los derechos humanos. Aunque tal imputación no resiste el menor análisis —basta leer la entrevista y considerar la trayectoria de Micco, que habla por sí sola—, la virulencia de la crítica revela bien algunas dificultades que enfrenta la hegemonía del lenguaje de los derechos.

Las sociedades contemporáneas pretenden articularse utilizando como referencia principal —y casi exclusiva— la idea de derechos. Esta noción cumple, sin duda, un papel crucial para limitar el poder del Estado e impedir eventuales abusos y, en ese sentido, son un elemento fundamental del mundo moderno. Sin embargo, también inducen una lógica que (como todo) puede tener excesos. Por un lado, el concepto adquiere a veces una tendencia inflacionaria, donde cada reivindicación —legítima, pero discutible— se convierte rápidamente en un derecho. Esto implica que sale del plano de la discusión, en la medida en que asume a priori que estamos frente a una exigencia de justicia. El problema, desde luego, es que si todo es derecho, nada lo es: mientras más se extiende el concepto, más fuerza pierde; y más vacío queda el espacio político (allí donde solo hay derechos, no hay nada sustantivo que deliberar). Estamos de acuerdo en que la prohibición de la tortura es incondicional, pero cuando esa incondicionalidad se amplía en interminables catálogos de derechos, perdemos nuestra capacidad de comprensión política, y el debate se vuelve rígido e inquisidor. Quien discrepa es considerado como culpable más que como equivocado.

Por otro lado, el énfasis exclusivo en los derechos puede perder rápidamente de vista las condiciones colectivas que hacen posible su garantía. “No hay derechos sin deberes” es una simple constatación: solo podemos gozar de ellos al interior de una comunidad política, y toda comunidad supone que estamos dispuestos a cumplir con deberes, aunque sean mínimos. Por eso, y como lo notara hace ya muchos años Marcel Gauchet, el lenguaje de los derechos puede tener efectos despolitizadores, pues exacerba la perspectiva puramente individual de nuestra vida. Así, la interdependencia humana —tan visible en tiempos de pandemia— se vuelve cada vez más opaca, como si nuestros vínculos fueran puramente instrumentales. Una sociedad centrada en la exclusiva consideración de los derechos termina pareciéndose mucho al estado de naturaleza hobbesiano: si todos tenemos derechos, y solo derechos, pues bien, estamos condenados al eterno conflicto (o, a lanzarnos unos a otros nuestros derechos subjetivos como si fueran armas, según la expresión de Habermas). Dicho en simple, es imposible proteger los derechos si no aceptamos ciertas condiciones cívicas elementales, y me parece que las declaraciones de Sergio Micco buscan ilustrar este punto. Desde luego, se puede estar en desacuerdo con la idea, pero hay que leerlas de buena fe —quiere proteger mejor nuestros derechos— si realmente se quiere discutir con él.

Una última consideración. Resulta cuando menos curioso que la izquierda no sea capaz de ver cómo cierto lenguaje individualista puede afectar su propio proyecto, al socavar las bases de la comunidad. Esto lo comprendió muy bien el joven Marx, en “La cuestión judía”: al final, la pura afirmación de los derechos individuales termina favoreciendo la expansión y el despliegue de algunas formas de liberalismo incompatibles con cualquier reivindicación de la dimensión comunitaria de la vida humana. Quizás por acá deba explicarse la profunda desorientación que afecta a nuestra izquierda, que adopta con entusiasmo una lógica cuyas consecuencias ni siquiera ha intentado comprender. De allí su extraña compulsión por condenar y anatematizar allí donde habría que conversar, discutir y dialogar.

 

Mansuy, Corral y los deberes

Por Fernando Claro

Publicado en El Mercurio, 07.05.2020

En la edición de su diario del martes, Daniel Mansuy y Hernán Corral hacen alusión a la polémica desatada por la entrevista a Sergio Micco. Independientemente de la polémica central —en la que coincido con ambos—, Mansuy y Corral difieren de manera nítida en cómo calificar a ese mundo donde no existen deberes y es imposible vivir en comunidad.

Hernán Corral lo califica de manera correcta, como ‘egoísmo’, siguiendo explícitamente a Ortega y Gasset y a su idea de deshumanización. Daniel Mansuy, en cambio, culpa de este caos al ‘despliegue de algunas formas de liberalismo’. Simplemente no existe ninguna ‘forma de liberalismo’ que permita y defienda ese estilo de vida del todos contra todos. El respeto por el otro, y los deberes que esto conlleva, no sufre matiz alguno de degradación en ninguna corriente del liberalismo. Es este, por lo demás, el que estableció la importancia de los derechos humanos, al considerarnos a todos iguales en dignidad, independientemente del género, raza o clase social. Nos liberó así de los más diferentes sometimientos civiles y religiosos —basados en desigualdades explícitas de dignidad humana— permitiendo humanizarnos. El liberalismo —y repito, en cualquiera de sus formas— nos liberó para cooperar y vivir pacíficamente en comunidad.

En estas épocas de desastroso nivel y extrema mala fe en el debate público —como efectivamente ocurrió con la entrevista de Sergio Micco—, volver majaderamente a fabricar estos monos de paja no contribuye en nada a iluminar nuestros reales problemas que como sociedad todavía nos quedan por solucionar.

 

Liberalismo y deberes comunes I

Por Daniel Mansuy

Publicado en El Mercurio, 08.05.2020

En carta publicada ayer, Fernando Claro critica que yo haya culpado al “despliegue de ciertas formas de liberalismo” de la dificultad contemporánea a la hora de pensar los deberes comunes. Según él, más bien cabría decir que el responsable de tal hecho es el mero egoísmo.

Desde luego, el liberalismo es una tradición muy rica y plural como para subsumirla en una sola clave de lectura. Por lo mismo, la frase referida —que busca mostrar cuán extraño es que la izquierda asuma ideas atomistas— habla de “ciertas formas de liberalismo”, pero en ningún caso de todas ellas.

Con todo, creo que sí puede pensarse que algunas vertientes liberales hacen al menos difícil una concepción adecuada de los deberes comunes, al concebir la naturaleza humana de modo estrictamente individual. No desconozco, desde luego, que otras corrientes liberales busquen contrapesar ese riesgo. Esto puede explicarse recurriendo a Tocqueville, quizás el liberal más lúcido del siglo XIX. El autor francés distingue cuidadosamente el individualismo del egoísmo: mientras el segundo es un vicio moral que ha existido siempre, el primero es un vicio específicamente político. Si hemos de tomarnos en serio esta intuición, resulta imprescindible preguntarse por el origen intelectual del fenómeno, que se vincula con los fundamentos antropológicos de cierto liberalismo. Nada de esto niega que la tradición liberal tenga múltiples méritos; pero, como toda tradición intelectual digna de ese nombre, tiene también sus dificultades internas.

Respecto de la caracterización que mi contradictor hace del liberalismo —nos habría humanizado, asevera—, no puedo pronunciarme. Dado que veo al liberalismo como una teoría política y no como una religión, desconfío de ese tipo de afirmaciones. Me confieso, a este respecto, agnóstico.

 

Liberalismo y deberes I

Por Fernando Claro

Publicado en El Mercurio, 09.05.2020

Daniel Mansuy reconoce el hecho de que el liberalismo es una tradición de muchas ‘lecturas’. Sin embargo, no explicita ‘qué lectura’ de esa tradición política matizaría la necesidad de deberes con el resto o promovería ‘ideas atomistas’ —lo que él decía en su columna original—. Sigo manteniendo mi punto: ninguna.

No hay corriente alguna del liberalismo que se olvide de la radical necesidad de la existencia de los deberes y el respeto de unos con otros. Y eso es lo que permite la cooperación y la vida pacífica en comunidad, y también de diferentes comunidades con diferentes fines comunes.

La obcecación actual del mundo conservador con decir este tipo de cosas solo confunde las discusiones en las que estamos metidos. Deberían dejar su obsesión contra el liberalismo pecaminoso; era su antiguo rival. Además, siempre los dejará rezar y cantar en sus templos y educar en sus colegios.

Frente a mi afirmación de que el liberalismo nos ha humanizado se ‘confiesa agnóstico al respecto’ porque ese poder de humanizar se lo reserva solo a religiones. No conozco los detalles de lo que Mansuy considera una religión —creencias, el poder de humanizar, patrones de comportamiento, grados de fanatismo o utilización de tatuajes—, pero a lo que me refería es que el liberalismo sistematizó diferentes ideas y tradiciones hasta defender a los humanos como fines en sí mismos, iguales en dignidad. Nada más. De ahí se deduce que todos somos iguales en derechos, lo que ha permitido argumentaciones racionales para defender diferentes reformas políticas como, por ejemplo, abolir la esclavitud de los negros y permitir que las mujeres puedan trabajar y votar. Es decir, humanizar a negros y mujeres.

Finalmente: es extraño centrarse en ese bizarro y supuesto problema que le trajo la palabra ‘humanizar’, aunque más raro aún es argumentar sobre este problema utilizando premisas propias y místicas, totalmente ajenas al dominio de la discusión.

 

Liberalismo y deberes comunes II

Por Daniel Mansuy

Publicado en El Mercurio, 10.05.2020

Quizás un simple ejemplo sirva para ilustrar mi diferencia con Fernando Claro. Hace algún tiempo, la inmensa mayoría de los liberales criollos (con el entusiasta apoyo del progresismo) se manifestó contrario al voto obligatorio. El principal argumento esgrimido era que una obligación de ese tipo atentaba contra nuestra “libertad negativa”.

Sobra decir que la decisión nos costó caro. De hecho, muchos han cambiado de opinión —y no hay nada que reprochar en ello—. Sin embargo, subsiste una pregunta fundamental: ¿no hay algo en la aproximación liberal dominante que oscurece la consideración de los deberes públicos? ¿Por qué parte relevante del mundo liberal se empeñó en afirmar que un deber cívico tan elemental como el voto era incompatible con la autonomía individual? ¿Cuáles son las causas intelectuales de esa ceguera?

Me parece que, para responder esas preguntas, es inevitable remitirse a los antecedentes atomistas del liberalismo. Después de todo, para sostener su punto de vista, Fernando Claro debería negar —por mencionar un solo ejemplo— que el individualismo hobbesiano juega algún papel en el desarrollo de la doctrina liberal (y le deseo el mayor de los éxitos en esa empresa). Desde luego, dado que el liberalismo es plural, hay muchos otros antecedentes, y de allí la importancia de pensadores como Tocqueville o Aron, que intentan rehabilitar la perspectiva propiamente política al interior de la tradición liberal.

Fernando Claro tiene todo el derecho a creer que la doctrina liberal tiene solo méritos y ningún defecto —como si fuera un dogma cerrado sobre sí mismo—. Pero supongo que, al mismo tiempo, puede aceptar que no estamos todos obligados a compartir esa extraña forma de religión secular. Una comprensión adecuada del pensamiento liberal no puede ser realizada desde una adhesión incondicional que resulta, además, tan ajena al espíritu original que anima al liberalismo.

 

Liberalismo y deberes II

Por Fernando Claro

Publicado en El Mercurio, 12.05.2020

Daniel Mansuy afirma que para mí el liberalismo no tendría ‘defectos’ y tendría una ‘adhesión incondicional’ a él. Bueno, yo no creo eso y jamás lo he dicho acá, ni allá, ni entre mis amigos de la Red de Observadores de Pájaros de Chile. Eso demuestra una deslealtad total de Mansuy con los lectores del diario, sumando otro mono de paja más a la discusión. El liberalismo sí tiene problemas, eso es una obviedad, y de hecho lo he dicho en otros lados.

Ahora, si Mansuy cree en algunos dogmas, eso no tiene por qué hacerlo proyectar su dogmatismo en mí y tratarme como tal, y menos inventar cosas que no he dicho. Eso es argumentativamente deficiente y una deslealtad total. Sigue con evasivas y no aclara el punto: qué corriente del liberalismo olvidaría en grado alguno la importancia de los deberes y de promover ‘ideas atomistas’. Sin embargo, argumenta que hubo liberales que se opusieron al voto obligatorio en pos de defender su libertad negativa.

Eso es lo mismo que argumentar que oponerse al servicio militar o apoyar al divorcio invocando la libertad negativa implicaría olvidar los deberes. Un error. Luego hace preguntas retóricas que él debe responder, no yo, ya que de eso se trata esta discusión. Y después cita estratégicamente al ‘individualismo hobbesiano’ y me desea ‘el mayor de los éxitos’ en negarlo. Le estoy agradecido, pero no lo voy a negar, aunque sí recordaré a los lectores que Hobbes no es un liberal, ya que promueve el absolutismo.

Y bueno, sí, las personas siguen sus intereses propios (individualismo hobbesiano), pero también se preocupan del resto de los humanos. Esa es la simple realidad. Sin embargo —y aquí vuelvo—, es justamente por esta realidad que el liberalismo estima como absolutamente necesario el respeto de los deberes de unos con otros. Y eso nos permite cooperar en paz y en comunidad, y la existencia de diferentes comunidades con diferentes objetivos. Insisto que seguir fabricando majaderamente monos de paja no nos llevará a solucionar nuestros reales problemas como sociedad.

 

Liberalismo y deberes comunes III

Por Daniel Mansuy

Publicado en El Mercurio, 13.05.2020

Agradezco a Lucas Sierra y Fernando Claro por responder mi última carta. A riesgo de abusar de la paciencia de sus lectores, me permito ofrecer algunas precisiones.

Fernando Claro objeta mi alusión a Hobbes pues, arguye, no sería un pensador propiamente liberal. Sin embargo, yo nunca afirmé que lo fuera. Solo lo mencioné como antecedente relevante del liberalismo, pues el dispositivo de Hobbes juega un papel fundamental en el despliegue de la tradición liberal. Para percatarse, basta mencionar el nombre de Locke; o, en su defecto, abrir cualquier manual de historia intelectual del liberalismo.

Fernando Claro ha dicho, con pasmosa seguridad, que no hay absolutamente nada en la tradición liberal que pueda opacar los deberes recíprocos; y yo simplemente creo que allí hay una pregunta que merece ser formulada con el mayor rigor posible. Después de todo, tenemos pocas tareas más urgentes que la de intentar comprender cierto individualismo que habita las sociedades contemporáneas, y que ha sido ampliamente diagnosticado por autores como Sennett y Lasch, entre muchos otros.

Por su parte, Lucas Sierra asevera que el respeto a la libertad negativa (esto es, la libertad entendida como ausencia de coacción) no fue la única razón para defender el voto voluntario. Según él, esa voluntariedad se explica porque el voto es un derecho que no puede estar al alcance del soberano. En consecuencia, ese derecho no podría ser al mismo tiempo un deber. Con todo, Sierra parece olvidar que hay muchos derechos que son también un deber (por ejemplo, educar a los hijos); y tampoco advierte que ese argumento es una mera formulación jurídica de la libertad negativa (de hecho, ambas ideas encuentran su origen en… Hobbes).

No obstante, lo más relevante va por otro lado: al considerar nuestros vínculos desde una óptica exclusivamente jurídica (como si los humanos fuéramos, ante todo, animales que firman contratos), se oscurece la dimensión política de lo humano. Para decirlo con el lenguaje republicano: la protección de nuestros derechos supone la existencia previa de una comunidad política, y el lenguaje puramente jurídico no permite atender a esa realidad.

 

Liberalismo y deberes III

Por Fernando Claro

Publicado en El Mercurio, 14.05.2020

Daniel Mansuy sigue con evasivas. No se ha hecho cargo de ninguno de los contraargumentos que se le han dado y continúa estratégicamente sumando otros argumentos que nada tienen que ver con el punto central: ¿existe alguna doctrina política liberal que estime como poco importante o no sancione el cumplimiento de los deberes de unos con otros?

Dice que hay que preguntarse esto ‘con el mayor rigor posible’, pero nunca nos iluminó con la respuesta, a pesar de que olímpicamente afirma e insiste en que sí existe esa doctrina. Magia.

Para terminar: el liberalismo —y el socialismo y el conservadurismo— sí tiene defectos, pero no ese —a no ser que nos demuestren lo contrario, lo que no ocurrió acá—. Toda corriente liberal estima como absolutamente necesario el respeto de los derechos y el cumplimiento de los deberes, lo que nos entrega la valorada vida en paz y en comunidad. Esto debido a que sistematizó diferentes ideas y tradiciones que permitieron defender a los humanos como fines en sí mismos e iguales en dignidad. Nos humanizó. Y repito, nunca olvidó los deberes.

Dado el caos que vivimos, fabricar monos de paja para criticar, lo único que hará es confundirnos más. Así no vamos a poder avanzar (y que diga ‘avanzar’ no significa que crea en el progreso irrestricto de la sociedad, por si acaso).

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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