Chile ha optado nuevamente por el socialismo. Ya lo tuvimos y lo padecimos. Terminó mal, con pobreza, odio y pérdida de la democracia.
El triunfo de Gabriel Boric marca un hito político en varios sentidos. Hay, sin embargo, tres elementos clave a considerar que quedan en evidencia.
Boric admira mucho a Allende, así que veremos si maneja mejor otro de sus más famosos estorbos: su alianza con fanáticos. Al menos supongo que no enviará proyectos de ley para mejorar la raza de nuestros compatriotas, como hizo Allende. La eugenesia esos días era una moda, hoy estamos para otras.
Escribí esta columna sin saber el resultado de la elección porque me parecía que no importaba si la centroderecha ganaba o perdía. Cualquiera hubiera sido el resultado, su misión debe ser la misma.
Creemos necesario mantener el régimen de votación voluntario y analizar lo que han hecho los demás países del mundo para afrontar la baja participación electoral.
Días atrás, el candidato Gabriel Boric se declaró socialdemócrata. ¿Acaso ha dejado de creer en el socialismo del siglo XXI?
Gane quien gane este domingo, el proceso de deterioro económico e institucional chileno continuará.
Inmediatamente después de los resultados de la primera vuelta, los medios se vieron repletos de columnas y reportajes indicando que José Antonio Kast habría ganado en las comunas más pobres de Chile.
Ante la percepción de estar primero, es entendible que Gabriel Boric prefiera no sobreexponerse.
Se ha intentado argumentar por quienes apoyan a Gabriel Boric de cara a la segunda vuelta presidencial que este enarbolaría los valores de la social democracia europea. Incluso un análisis superficial, sin embargo, permite concluir algo distinto.
Antes, los candidatos inventaban programas. Ahora, inventan evangelios. Los columnistas no podemos ser menos y por eso me he permitido publicar esta carta de San Pablo a los chilenos.
El clima de intimidación que rodea a quien piense distinto es cada vez mayor. El órgano constituyente y su idea de 'negacionismo' es un ejemplo agresivo de deriva totalitaria.
Chile lleva décadas perdiendo sostenidamente niveles en el ranking de libertad económica y las personas, sobre todo los jóvenes, las mujeres y los grupos marginados, son los que más han sentido el golpe.
Desde octubre del 2019 muchos sostuvieron la tesis de que el país vivía subordinado a un presunto modelo “neoliberal” malvado y opresor, que sometía a los ciudadanos a punta de expansión de los mercados y privatización que beneficiaba solo a algunos.
En lo que va del año nos hemos visto enfrentados a significativos incrementos en los precios de muchos bienes, lo que ha hecho que la inflación se haya disparado.
El FA y la izquierda radical tienen un problema. Llegaron con un aire de frescura y novedad. Jóvenes “idealistas” que venían a cambiar la política para volverla a poner al servicio de la gente.
Es plausible que los resultados del domingo acaben con el Octubrismo y el maximalismo político post-18-O que ha embriagado a muchos que creían poseer un supremacismo moral y ayudar así, desde la moderación, a construir un país donde nos toleremos y no donde prime la lucha a muerte en Plaza Italia.
Para los clásicos griegos, lo contrario de la política era la barbarie. No era una distinción burda, sino que implicaba la diferencia radical entre el uso de la palabra y el simple recurso de la violencia.
El discurso anti elitista de Franco Parisi logró enganchar a parte de la clase media que, sin tener idea de los méritos del hijo de fulano o de lo bien que le fue en Harvard a zutano, se siente con el derecho de pelear una cuota de poder a diferencia de sus antepasados que de seguro hacían fila el día de las elecciones para preguntarle a su patrón por quién votar.
El domingo habló Piñera no sé en qué idioma, pero era imposible concentrarse. Más tarde apareció JAK hablando en chileno y terminó Boric en su ñuñoísmo.
«La libertad es un derecho humano fundamental,
sin él no hay vida digna»