Los amigos de Edwards añoraban entonces la política chilena actual, sin líderes que defiendan cuánto hemos avanzado en libertades políticas, oportunidades y cultura; con alcaldes que jaquean al Estado —o montan uno paralelo— levantando consultas ciudadanas ajenas a su ámbito.
No corren buenos tiempos para la desobediencia civil. Somos testigos de cientos de fechorías que se realizan en su nombre y que poco tienen que ver con las luchas y actos que hicieron famosos a ilustres personajes como Rosa Parks, Martin Luther King o Gandhi. Es hoy, donde la violencia se ha convertido en el principal modo de solución de controversias.
The free market didn’t fail Chile, whatever its politicians might say, and the state doesn’t lack the means to restore the rule of law. The central problem is that a large proportion of the elites who run key institutions—especially the media, the National Congress and the judiciary—no longer believe in the principles that made the country successful.
Poco y nada se ha dicho al respecto. Si bien es cierto, la discusión constitucional se ha dedicado más a las reglas del procedimiento que a alguna cuestión de fondo, no es menos cierto que es una buena oportunidad para tocar la efectiva descentralización del país.
En estos momentos tormentosos para Chile, hay de Havel al menos dos cosas que, líderes y ciudadanos, deberíamos hacer parte de nuestra cultura política.
No hay nada más contrario a la democracia que presumir que se posee una verdad revelada y que por ello se está en el lado de los buenos, porque se está del lado correcto de la Historia. Bajo esa presunción arrogante, la concepción de la democracia pierde sentido totalmente, porque los adversarios, quienes discrepan, se convierten no solo en herejes, sino también en enemigos radicales.
Si hay algo de lo que la democracia necesita es prescindir del historicismo que profesa la diputada Cariola. Porque la democracia, contrario a las concepciones historicistas descritas antes, es un espacio inconquistable e indefinido que solo es posible cuando se sostiene la deliberación abierta respecto a los asuntos.
La democracia, explicó Friedrich Hayek, en línea con el pensamiento liberal clásico, no es un fin en sí mismo, sino un medio. Su objetivo es determinar el modo en que se obtiene el poder. El liberalismo, en cambio, es una doctrina sobre los límites del poder y, como tal, es un fin en sí mismo, pues tiene por objetivo proteger la soberanía y propiedad del individuo.
El peronismo recuperó la Casa Rosada. El cambio de mando de Mauricio Macri a Alberto Fernández supone todo un récord, debido a que es el primer Presidente no peronista en culminar un período presidencial en casi 90 años.
Si hay algo que dejó en evidencia la reciente implosión es cómo diversas instituciones han sido colonizadas por activistas de izquierda. Los peores fueron los medios de prensa televisivos, donde hubo pocos periodistas que no estuvieran claramente alineados con la ideología subversiva que buscaba destruir nuestra democracia.
Lo que diferencia a la democracia liberal de otros sistemas de gobierno, es su capacidad de limitar y dividir el poder para evitar los abusos sobre este.
Mucho se habla de una crisis de autoridad presente en las nuevas generaciones y poco de la innegable cuota de responsabilidad que tienen las autoridades en las causas de dicho trance y lo poco que hacen para superarla.
La democracia se encuentra en jaque en nuestro país. Se ha tensado la relación que la población posee con ella. Según Cadem, un 13% de los encuestados (en algunas circunstancias) prefiere un gobierno autoritario y un 10% considera irrelevante la distinción entre un régimen autoritario y uno democrático[1].
En las crisis de las democracias occidentales, existe una colisión entre la idea de universalidad encarnada en el modelo de la democracia liberal y la idea de la particularidad inserta en el ascenso del populismo.
Ha sido una semana vertiginosa para la política. Un vaivén que ha puesto en tela de juicio los pilares de nuestra democracia, erosionándola desde su interior, relativizando el abuso del relato político por sobre las instituciones, el Estado de Derecho y la tan famosa, pero hoy un tanto desierta, cultura democrática chilena.
La irrupción del ministro de Hacienda en la arena política lo señala como un revulsivo necesario para el durísimo segundo tiempo que se viene para el presidente Piñera y su Gobierno.
Tras una semana intensa en la arena política, en que se temió inclusive lo peor, La Moneda sigue de pie.
Uno de los problemas de fondo que afectan a nuestro país es que nuestra política está enferma de vanidad.
El regocijo frente al movimiento desde el mismo 18 de octubre refleja tres torcidas actitudes humanas —además del simple odio irrestricto al Presidente Piñera—: la condescendencia, la eliminación del significado de las palabras y las asimetrías de pensamiento.
Estas pequeñas masas, perjudiciales para el debate cívico y la democracia, son boyas a la deriva como las describió José Ortega y Gasset, compuestas de hombres con ideas dentro de sí, pero sin la capacidad de idear. Quieren opinar, pero no asumir las implicancias de la deliberación donde la contraargumentación es lo normal.
«La libertad no es un regalo de Dios,
sino una conquista humana»