Trabajos de mierda, la ONU
Eso de que era «difícil socializar» la fracasada candidatura de Bachelet a la ONU por la campaña presidencial es falso, […]
Publicado en La Segunda, 03.06.2026
Publicado en La Segunda, 03.06.2026 Acaban de encarcelar a un chileno en Brasil por insultar a un azafato durante un vuelo transatlántico y la opinión pública chilena no solo ha actuado con naturalidad, sino que ha refrendado ese encierro. El video y la noticia se hicieron virales y cada chileno aprovechó para autoposicionarse como un paladín de las buenas costumbres frente a semejante comportamiento. Sus gritos e insultos, desalmados, son una vergüenza, pero ¿acaso merece alguien cárcel? En una sociedad libre que se precie de respetar los derechos individuales, ¿queremos encerrar a gente por insultar u ofender? No lo creo. Sus dichos homofóbicos y racistas son horribles, pero ¿no deberían encerrar también entonces a los free palestine que insultan a judíos o, al revés, a los judíos que califican de terrorista a cualquier árabe? Nosotros, los latinos, ¿querríamos acaso encerrar a un francés que nos grite maldito sudaca mientras camina por Torres del Paine?
«El expresidente kirchnerista, Alberto Fernández, debería cuidarse de visitar Brasil: alguna vez dijo que "los brasileños salieron de la selva, pero nosotros los argentinos llegamos en los barcos, barcos que venían de Europa"»
Los límites a la libre expresión en Chile castigan principalmente a las injurias y a las calumnias, sin considerar las ofensas. Por esto es que antes teníamos a Carmen Hertz, del Partido Comunista —partido experto en controlar discursos y lenguaje— bregando insistentemente por leyes que penalizaran las ofensas, además del negacionismo. Esas famosas «leyes de odio» lo único que hacen es, al final, coartar la libertad de expresión, libertad vital en una sociedad libre. Las versiones «antinegacionismo» de estas leyes son artefactos legales con alto riesgo de mal utilizarse para controlar por decreto qué es verdad y qué es mentira, algo intolerable si queremos vivir libres y en paz. Han generado incluso efectos contraproducentes al levantar una especie de «mártires», como ha pasado con negacionistas del Holocausto en Alemania y Austria.
Las normas que penalizan las ofensas dependen demasiado de la subjetividad del receptor. ¿Quién y por qué califica de ofensa una u otra palabra? Ahora mismo hay ornitólogos ofendidos porque se les habría estigmatizado de andar expandiendo el hantavirus por el mundo: unos holandeses se enfermaron y murieron en un crucero. Medio mundo rechazaba la recalada del barco en sus costas por miedo al contagio. Estos biólogos jubilados al parecer habrían ido a un vertedero donde se acostumbra a ver muchas especies de pájaros —era en Ushuaia, así que parece difícil que hubiese estado el ratón de cola larga—.
Nunca se sabe. Nadie se fue preso en Chile por decirle asesino al presidente Piñera. Pero quizás el expresidente argentino, Alberto Fernández, debería cuidarse de visitar Brasil: alguna vez dijo que «los brasileños salieron de la selva, pero nosotros los argentinos llegamos en los barcos, barcos que venían de Europa». También los mapuches, que crearon la expresión «negro curiche», vocablo burlón que viene de «curi», de negro y «che», de persona.
Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.
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