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El vacío intelectual de la izquierda Publicado en El Mercurio, 02.08.2026

El vacío intelectual de la izquierda

Más allá de clásicas distorsiones de conceptos, como el de libertad, y cierto enredo de jerarquías entre principios y otras categorías conceptuales, es interesante analizar lo que logra transmitir el Frente Amplio cuando se analiza el texto con las conclusiones de su primer Congreso Ideológico Estratégico.

Se reconocen como un partido nuevo, pero heredero «de una genealogía más larga de izquierdas, resistencias y movimientos sociales previos: el movimiento obrero, el sindicalismo, las luchas campesinas y de pobladores, los movimientos de derechos humanos y la resistencia a la dictadura». Es pura estética, porque su relación con la tierra, los obreros y los conflictos que atañen a ella en Chile es nula —qué decir de su relación con las preocupaciones de todos ellos—; los derechos humanos se les olvidan cuando se violan en Cuba y Venezuela y la resistencia contra Pinochet está bien, pero es cuestión del pasado y de nada sirve hoy para una política con visión de futuro.

«Afirmar que la llegada del Tren de Aragua es fruto de la focalización es demasiado. ¿Acaso la universalidad de derechos, como la buscaban en educación, ha disminuido la criminalidad? Y esto refleja una constante en todas sus reflexiones: nunca hablan de mejorar la educación en sí, sino que siempre es buscando otro objetivo: la segregación antes, por ejemplo, y la criminalidad ahora»

En fin, reconocen, sin embargo, su origen en las movilizaciones sociales de los años 2006 y 2011, a su vez, se fundan en una crítica al «ciclo político inaugurado en 1990». Así, siendo el diagnóstico, afirman que vivimos en una «crisis del capitalismo neoliberal global» porque habría una «creciente desigualdad, una mayor conflictividad socioambiental y una incapacidad del sistema económico para ofrecer estabilidad y bienestar». Independiente de que el foco debería ser la pobreza y no la desigualdad, esta última ha disminuido en Chile. Además, la naturaleza acá y en el mundo está mucho más protegida —tanto por leyes como por la conciencia pública y los conflictos que atañen a ella en Chile han sido incluso inventados por ellos, como muestra el ejemplo de la instrumentalización que hicieron del caso de Julia Chuñil— y todos los índices de bienestar y cultura no han hecho sino mejorar desde 1990 en adelante, especialmente en Chile (con excepciones cíclicas, puntuales, y más lentas para el caso de Chile desde 2014).

Otra amenaza global y que para ellos existe en Chile de la misma manera —sin matizarla con ni una sola frase o reflexión— es la «ultraderecha». Según ellos, la «ultraderecha» busca como objetivo final «socavar la red de protección más importante que tienen las mayorías, la que garantiza salud, educación, seguridad y fiscalización ante el abuso». ¿Es realmente lo que piensan? Es muy extraño cuestionarse por la vida pensando eso, pero, bueno, los servicios de salud en Chile han mejorado desde 1990 y la educación iba mejorando hasta que ellos llegaron al poder e implementaron todas sus reformas —aunque la verdad, solo perjudicaron a los más pobres, a quienes ellos dicen proteger, porque ellos siguen yendo al Santiago College y a San Ignacio.

En todo el documento se leen constantemente ideas deschavetadas que reflejan el vacío conceptual no solo de ellos, sino que de la izquierda mundial que, al estar sin rumbo intelectual, tiene que inventarse problemas, enemigos y soluciones, todos imaginados. Afirman, por ejemplo, que la causa de la criminalidad es la «individualización extrema, el debilitamiento del tejido comunitario y la política social focalizada». Está bien reflexionar sobre la modernidad, el tejido comunitario y las instituciones que antes entregaban sentidos de pertenencia a las personas —como los hospitales, las familias, las empresas o la Iglesia, instituciones que, en todo caso, ni nombran, con excepción de las empresas —a las que desprecian a no ser que sean chicas—, y es verdad que tienen relación con el crimen en el largo plazo —aunque más allá de la pobreza y la educación—, pero de ahí a afirmar que la llegada del Tren de Aragua es fruto de la focalización es demasiado. ¿Acaso la universalidad de derechos, como la buscaban en educación, ha disminuido la criminalidad? Y esto refleja una constante en todas sus reflexiones: nunca hablan de mejorar la educación en sí, sino que siempre es buscando otro objetivo: la segregación antes, por ejemplo, y la criminalidad ahora. ¿Es que existen acaso menos crímenes en Inglaterra porque tienen el NHS, un sistema de salud «universal» pero indigno, quebrado financieramente e ineficaz? Los frenteamplistas londinenses se venían a tener guaguas a Chile mientras yo vivía allá.

Dicen también que la ultraderecha «debilita los consensos democráticos», sin explicitar a qué se refieren con eso. Sin embargo, dado que su proyecto «se materializa en un Estado social y democrático de derecho, en la dignidad humana y en la garantía de una vida digna», sería interesante saber qué ultraderechista acá ha destruido la democracia y violado la dignidad de las personas, porque en los últimos 40 años han sido justamente sus aliados anti-ultraderecha —Chávez, Maduro, Kirchner, AMLO, Evo y Correa— quienes lo han hecho. Es más, el más importante representante de esa supuesta ultraderecha es Milei, ¿y qué ha hecho Milei más allá de tener formas duras y ataques verbales a la prensa? ¿Qué institución democrática o derechos individuales se han destruido en Argentina como se han destruido en Venezuela, México, Bolivia, Ecuador o la Argentina de los Kirchner? Ahí está Milei, arreglando su país y haciendo tragarse sus palabras a los elegantes críticos que tuvo acá en Chile —esperemos, eso sí, que logre arreglar el desajuste monetario, todavía en la cuerda floja—. Es magistral su olvido sobre la realidad del socialismo del siglo XXI.

Se reconocen explícitamente como socialistas. Repiten una y otra vez que buscarán «superar el capitalismo» y alejarnos de la «economía extractivista». Llegan a decir que todo esto «amenaza la seguridad alimentaria, lo que precariza la vida de las comunidades más vulnerables, y de manera más aguda, la de las mujeres». ¿De dónde sacan estas ideas? La vida de los más pobres en Chile no ha hecho sino mejorar. Queda mucho por corregir, pero Chile no se ha precarizado. Y, además, ¿qué es esto de que nos vamos a quedar sin trigo ni arroz? ¿Y esto afectaría a las mujeres? La solución a estos dramas imaginados sería someter a «control democrático» a la economía. ¿Es acaso la economía no está sometida a las leyes? ¿Quieren entonces mayor control, supongo, es decir, una economía dirigista, dirigida por el gobernante?

¿Como la que destruyó la economía chilena en los 60 y la Argentina en los 2000? ¿Se les olvida, además, que ahora gobierna Kast y él podría hacer lo que quisiera si tuviese esos poderes? En fin, donde han sido aplicadas todas las ideas que acá desarrollan, los resultados han sido de dañar la democracia, la dignidad humana, la libertad, la naturaleza y la probidad —todos los principios que dicen defender—. Sobre la probidad vale la pena una reflexión, ya que para ellos esto está relacionado con la captura del poder político por «los intereses corporativos» y «las oligarquías». A pesar de que hablan una y otra vez sobre la probidad y la corrupción, no asoman siquiera una palabra sobre la corrupción política o intraestatal. Ni una sola.

Para ellos, «la lucha de clases sigue siendo una categoría explicativa central» y la mayoría de los chilenos estaría siendo «explotada» y «fragmentada por experiencias de precariedad y subordinación» por las élites. Yo no sé qué imagen tienen del «vivir» de los chilenos y cuál de los ecuatorianos, cubanos o venezolanos. Dicen, además, que esa élite que oprime al país «debe ser nombrada: se expresa en conglomerados económicos concretos, grandes grupos financieros, AFP, Isapres, empresas extractivas y dispositivos empresariales con alta influencia sobre el sistema político, los medios y los espacios técnicos del Estado». Es todo increíble, todo mono actual y anacrónico.

Su «horizonte estratégico» de largo plazo, como le llaman, además de insistir en el cambio constitucional, es lograr «el buen vivir, enfatizando cuidados, cultura y tiempo libre», mantra que repiten en todo el documento. Esa frase no es otra cosa que el reflejo de una idea inspirada en el indigenismo de Ecuador y Bolivia y plasmada en sus constituciones bolivarianas. Se sostiene, además, en una supuesta convivencia armónica entre humanos y naturaleza —solo supuesta, porque armonía como la entendemos nosotros entre la naturaleza y los humanos y entre los mismos humanos no existía en tribu o imperio indígena alguno—. Y esa idea de «buen vivir» y todo lo que esto trae alrededor fue lo que justamente nos propusieron en la Convención Constitucional que los chilenos felizmente rechazamos. Y ahí está el resumen del documento: son las ideas de la Convención Constitucional. Quizás tenga una sola novedad: la importancia de la seguridad, aunque ojo, está causada por la focalización.

La preocupación que manifiestan —y que uno puede compartir—, por la fragmentación política y polarización que vivimos, no sería fruto del sistema político o de la «ultraderecha». No existe reflexión —no la esperaba, la verdad— sobre la polarización radical que vivimos en Chile y que ellos iniciaron sin provocación alguna cuando asume el Presidente Piñera por segunda vez, quien no hizo nada, pero absolutamente nada, para que lo trataran como lo trataron, radicalizando al país completo y llevándolo al despeñadero. Esto de provocar es importante, porque ahora uno se cruza cada vez más con el argumento de que actúan agresivamente porque «la ultraderecha provoca». ¿Y Piñera también? No hay argumento que aguante. La culpa de la polarización, de hecho, dicen en este documento, es de las grandes tecnológicas y la ultraderecha. Dicen literalmente que la derecha domina los ambientes digitales llevando a «la degradación de la conversación pública que vive del escándalo a partir de los dolores de la población».

Su principal aprendizaje luego de haber sido gobierno fue darse cuenta de que no bastaba tener el poder político para hacer las «transformaciones necesarias» —otra frase que les encanta—, sino que también había que preocuparse de los poderes simbólicos, económicos y comunicacionales que ejercían los empresarios y medios de comunicación. Reconocen también, eso sí, ciertos desafíos específicos a ellos, o «límites», como los llaman. El primero es su elitismo, tanto entre sus dirigencias como entre sus votantes. Deberían, por lo tanto, salir a buscar al Chile rural, a los campesinos y las personas que no están interesadas en política. El otro desafío —que al final es similar— es la introducción del voto obligatorio que les traería dos problemas; uno, al incluir a votantes heterogéneos e inmigrantes —a quienes no han sabido «interpelar»— y otro, a que son malos para TikTok —porque es la «ultraderecha» la que ha logrado ganar en la «disputa del sentido común», mediante estrategias comunicacionales y emocionales altamente efectivas—. Hablan también de recuperar y reconceptualizar la idea de patria, pero «oponiéndonos a la instrumentalización oligárquica del concepto». ¿En qué siglo viven? Todo esto es además contradictorio con el lenguaje e ideas del documento, excesivamente elitista, seudosofisticado y con diagnósticos que reflejan poco las preocupaciones de las mayorías de las personas y de quienes más ayuda necesitan en el país.

Este documento es un resumidero de enemigos y soluciones imaginarios, que el Frente Amplio necesita para ordenar sus posturas radicales y mantener ese sentido de pertenencia que los ordena para operar y buscar el poder. Alguien me comentó que se podría hacer una lectura anti-Boric del documento. Algo así como un reclamo contra lo que hizo durante su gobierno luego de que se viera obligado a «moderarse» tras ese histórico rechazo de septiembre de 2022. Si su gobierno hubiese durado seis años, en vez de cuatro, en esa lógica, Boric hubiese tenido abandonos, algo así como una especie de MAPU de Frei Montalva. Es posible, quién sabe, pero yo la verdad no lo creo, porque acá no se ve nada profundo, sistemático, ordenado —no quiero decir que los MAPU lo hayan sido y menos hoy sus conversos—. En el fondo, lo único que los mueve es el poder, o más bien, antes que el poder, son las pegas del Estado. Basta leer el libro de Marian Basso, Boric, frente a frente. Crónica de los cuatro años del Frente Amplio en el poder, para darse cuenta cómo ejercieron ese poder. Y si defendieran los principios que dicen defender, como la libertad, tampoco no podrían ser frenteamplistas, tampoco de izquierda, como queda claro al leer otro libro reciente, Sin nada que perder, de Javiera Parada, a quien, por ser consecuente con la defensa de esos principios, no le quedó otra que dejar esa tribu. Esa es la izquierda, así de vacía. Así de triste, así de decadente.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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