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Meryl Streep y Trump Publicado en La Segunda, 20.01.2017

Meryl Streep y Trump

Donald Trump será ungido hoy como el 45° Presidente de los Estados Unidos. La expectación no tiene precedentes. Muchas de sus ideas —confusas y contradictorias—, y prácticamente todo su lenguaje, humor y decadencia retórica hacen de este suceso algo preocupante o, a lo menos, generador de una enorme incertidumbre. La misma que algunos insistieron, hasta el hartazgo, que era «un invento» y que «no existía», pero ahora que Trump la genera, la descubren milagrosamente para luego repudiarla.

La crítica al personaje es fácil y, obviamente, lo más políticamente correcto de la existencia. Por esto, reflexionar respecto a lo más impresentable de todo su discurso —como cuando se burló de un minusválido— peligra convertirse en una perogrullada. Y eso fue justamente lo que hizo Meryl Streep la semana pasada, aunque peor. En la gala de los Globos de Oro hizo un juego de palabras y se autoproclamó parte de la «clase más vilipendiada de la sociedad estadounidense», aquella compuesta por «Hollywood, los extranjeros y la prensa» y dijo burlonamente: si no fuera por todos nosotros, «no tendríamos más entretenciones que ver fútbol y artes marciales que, en todo caso, no son El Arte». Es decir, se subió a un pedestal moral —incluso sollozando— y dio un discurso político-estético acerca los diferentes estilos de vida, condenando políticamente al ‘midwest man' que goza viendo fútbol, tomando cerveza y yendo a pescar. Con un buenismo delirante, se victimizó ella y todo Hollywood, es decir, toda la élite globalizada en cuestión (cuales ejemplos de vida, por lo demás) para, de paso, condenar los «gustos simples» de los demás, los de los «no globalizados».

Además del fascismo oculto en este discurso, lo más increíble es lo contraproducente que puede llegar a ser insistir en este juicio intolerante, justamente el que hizo rebelarse a la gran masa a votar por un candidato carente de ideología, xenófobo y populista. Trump no perdió la oportunidad e hizo aserrín del árbol caído. Una lamentable ceguera elitista que, por lo demás, las redes no dejaron de viralizar en señal de apoyo: una élite doblemente ciega. Ojo: esto no es una condena a todo juicio estético. Este y la burla siempre se permiten, pero no como acto político, sino que solo reducido a eso: a algo meramente estético, o por último, privado y, ojalá, con un pisco sour.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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