Reseña | El fin del poder

Revisión del libro de Moisés Naim: “El fin del poder”.

Si pudiéramos postular un tema embarazoso para una conversación rutinaria este podría ser el asunto del poder y los poderosos. Parece ser un tema que no logra escapar de los extremos. O unos detentan mucho poder o contienen una pizca de éste, no existen medias tintas. Y si existen, no son tan relevantes como para elevar una discusión. ¿Quién podría disgustarse con la clase media por ser motor de cualquier economía? ¿Algún valiente osará en criticar el golpe de suerte de una familia que salió de la pobreza por medio ticket de lotería? ¿Quiénes deprimirán su día porque una negociación entre empleado y empleador salió como ambas partes esperaban? Parecen situaciones tan normales que no encienden alguna letanía de reclamos interminables.

Pero al ser el poder un asunto que trata sobre instrumentos, mecanismos y estrategias para modificar, impedir o influir en la conducta de otros siempre despertará sensibilidades. Aquel incesante y perpetuo afán del hombre por el poder que solo cesa con la muerte -como manifestó Thomas Hobbes[1] hace casi cuatro siglos- trata de relaciones entre individuos, del poder de unos sobre otros. Unos sienten que dominan y otros se sienten dominados.

Algunos como Michel Foucault intentarán rastrear ese “gran desconocido” a quien denominan “poder” pivotando entre lo visible y lo invisible, ocupado en todas partes,[2] manifestado entre aparatos ideológicos y la violencia ejercida; teóricas como Hannah Arendt revelarán más bien su impronta asociativa donde la violencia, en lugar de ser constitutiva del poder, lo pone en peligro como especie de antagónico[3]; y pensadores como Bertrand de Jouvenel verán en la esencia pura del poder aquel instinto de dominación que prolifera de la relación mando-obediencia precedente a cualquier organización humana compleja.[4]

“Unos sienten que dominan y otros se sienten dominados.”

Y así, sea como se manifieste, ya sea como instrumento, violencia, influencia, capacidad, sea visible o invisible, sea omnipresente o escurridizo, el poder se está degradando, transformado o debilitando; o al menos lo que hasta el momento se percibía como poder. Esta es la ambiciosa tesis que sostiene la obra del prestigioso economista y analista internacional Moisés Naím, titulada “El fin del poder”. El mundo de los poderosos, sean políticos o empresarios, sean países, medios de comunicación, sean ejércitos, religiones, sindicatos o partidos políticos ya no es ni será lo que en algún momento fue.

Aquella imagen conspiranóica de un poder tentacular que atrapaba el globo entero parece desmembrarse por el surgimiento de unos micropoderes que dieron paso a lo que Naím llama las tres revoluciones. Es allí donde el autor hallará, con una ingente y enorme cantidad de datos y análisis, lo que ha venido representado la gradual fragmentación de la concentración del poder y lo que vendría a determinar el nuevo rasgo distintivo del poder en el siglo XXI: el poder es más fácil de conseguir, más difícil de ejercer y más fácil de perder.

Las tres revoluciones: el más, la movilidad y la mentalidad

 

Las dinamitas para esta conformación concentrada de poder tienen, para Naím, nombre y apellido, y ellas no son más que las revoluciones del más, de la movilidad y la mentalidad. Son éstas las que erosionan lo que llaman el mundo weberiano, ese mundo donde lo relacionado al poder tiene que ver con el tamaño, su concentración y lo que la capacidad de influencia y amenaza de violencia de una institución monopólica – sea política o empresarial- podría logar.

 

La revolución del más

No tiene que ver sólo con que ahora somos una población mundial más numerosa que nunca, sino también en las mejoras cualitativas que la vida de las personas vienen experimentando: tener mejor alimentación, mayor sanidad, educación, mejor y mayor acceso a la información e interrelación con otras personas tiene una impronta significativa respecto del poder de dominio de uno sobre otros: “cuando las personas son más numerosas y viven vidas más plenas, se vuelven más difíciles de regular, dominar y controlar”. Ha sido tan trascendental esta revolución que el antiguo consejero de seguridad nacional de Estados Unidos Zbigniew Brzezinski, en el momento de reflexionar sobre los sustantivos cambios que ha venido padeciendo el nuevo orden mundial, afirmó que “hoy es infinitamente más fácil matar a un millón de personas que controlarlas” (p. 95).

En el ámbito de la competencia y el mercado, el multitudinario número de emprendedores y empresarios que irrumpen con innovaciones y disrupciones tecnológicas han sido tan decisivos en la dispersión del poder económico que “entre las cien primeras empresas de la lista de las quinientas de Fortune en 2010, había setenta y seis supervivientes de la lista de 200; treinta y cuatro habían sido desplazadas por otras” (p. 244). Un análisis muy parecido lo realizó el economista español Juan Ramón Rallo en 2014 cuando se preguntó qué había pasado, casi tres décadas después, con los super ricos de 1987, año en el que la revista Forbes comenzó a elaborar su lista de billonarios. Y lo que concluyó fue que no había casi nadie conocido debido a que casi todos los super ricos de 1987 habían visto mermar su patrimonio considerablemente siendo sustituidos por nuevos perfiles desconocidos diez o quince años antes.[5]

No sólo somos más seres humanos mejores dotados para la irreverencia y la capacidad para escapar del poder dominante, sino que el poder político concentrado en pocas naciones es historia pasada. Desde 1945, el número de naciones soberanas se ha multiplicado por cuatro. Pero hay más: el número de naciones soberanas con democracias creció un 70% en tan solo 22 años, partiendo de 1989 donde, según Freedom House, había apenas 69 democracias de 167 países evaluados. Para el 2011, el mundo ya contaba con 117 democracias de 193 países evaluados (pp. 127-134).

El poder del más, el cual invade no sólo la economía y la política, sino también los sindicatos, lugares tan complicados como la religión y rígidos como la banca internacional con sus históricos privilegios desde el siglo XX, ha sido tan neurálgico para el nuevo orden mundial, que Naím compara esta situación con el célebre Gulliver atado al suelo por miles de minúsculos liliputienses. El poder no es lo que fue, ahora son, gran parte considerable, “gigantes paralizados por una multitud de micropoderes.” (p. 124).

La revolución de la movilidad

El mundo pasa de públicos cautivos paralizados y destinados a culminar sus vidas en el mismo sitio donde nacieron por el miedo y la pobreza; a un mundo donde el aumento de la calidad de vida, el abaratamiento del costo de los traslados y la inmigración, entre otros factores, están dificultando la concentración e influencia del poder.

El fenómeno de la migración, protagónico respecto del fenómeno de la movilidad, ha sido un elemento clave. Según Naciones Unidas, en el período 2000-2017 el número de migrantes pasó de 170 millones de personas a 258 millones.[6] Si pudiéramos definir un país por el tamaño de su población, entonces este país de emigrantes podría ser el cuarto o quinto país más populoso del mundo. Esto ha significado el mayor desplazamiento de la historia.

“El mundo pasa de públicos cautivos paralizados y destinados a culminar sus vidas en el mismo sitio donde nacieron por el miedo y la pobreza; a un mundo donde el aumento de la calidad de vida, el abaratamiento del costo de los traslados y la inmigración, entre otros factores, están dificultando la concentración e influencia del poder.”

Naím señala que lo que se esconde detrás de esta enorme movilidad, es esencial. Cuando, por ejemplo, los africanos que viven en Europa y los latinos que viven en Estados Unidos envían remesas a sus familias -sin buscarlo- también transfieren “ideas, aspiraciones, técnicas o hasta movimientos políticos y religiosos que socavan el poder y el orden establecido en su país de origen.” (p. 96). Incluso las remesas se han convertido en la mejor ayuda humanitaria representando más del quíntuple de la ayuda exterior en todo el mundo y más de la que destinan los países ricos a ayuda económica (p. 99). Como sostiene el Director General de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), William Lacy Swing, “El dinero enviado a casa desde el exterior es más estable que la deuda privada y los flujos de capital, y varias veces mayor que la ayuda internacional al desarrollo.”[7]

Al diluirse el efecto estático de las fronteras nacionales por la revolución de la movilidad, a los gobiernos y organizaciones establecidas se le hace más difícil controlar a un número cada vez mayor de individuos. Y esto, “como es inevitable, la mayor sencillez de los viajes y el transporte y las formas más rápidas y baratas de enviar información, dinero u objetos valiosos facilitan la vida de los aspirantes y se la dificultan a quienes ya tienen el poder” (p. 104).

En el detallado relato de Naím, aspectos como el efecto de la urbanización y la movilización de cada vez más personas del campo a la ciudad, es crucial. Desde el 2007 y por primera vez en la historia del mundo, hay más personas viviendo en ciudades que en zonas rurales. Esto extiende un abanico de oportunidades y acceso a mecanismos y conocimientos que tienen importante influencia en la libertad de los individuos.

Desde la composición de los sindicatos, la influencia en las elecciones en países desarrollados, el papel de las tarjetas telefónicas pre-pago a lo que llaman la “fuga de cerebros” y su efecto posterior en los países de origen, son muchas de las historias y análisis que se encuentran en “El fin del poder”.

 

La revolución de la mentalidad

Si hay un efecto que la revoluciones del más y la movilidad han generado en la humanidad ha sido una extraordinaria expansión del impacto cognitivo e incluso emocional motivada por una realidad innegable: el hecho de tener más acceso a los recursos, mayor capacidad de movilizarse, aprender, comunicarse y conectarse en ámbitos cada vez más abiertos y de manera menos costosa. Para Naím, “es inevitable que este hecho agudice las diferencias generacionales de mentalidad y visión del mundo” (p. 105).

Si pudiéramos resumir las cinco características que la revolución de la mentalidad tiene respecto del poder serían las siguientes: 1) socava las barreras: ya no hay nada por descontado; 2) el respeto automático por la autoridad deja de existir; 3) los valores universales son más importantes que el dogma; 4) el escepticismo y las mentalidades están más abiertos al cambio, y existe cada vez más propensión a cambiar de preferencias y 5) El coste de la lealtad es cada vez mayor, y existen menos incentivos para aceptar el status quo. (p. 115).[8]

Aquellas características que se ven más protagonizadas en personas jóvenes las cuales enarbolan un “arco demográfico de inestabilidad” van desde “las comunidades de Centroamérica y los Andes” y abarcan también “toda el África subsahariana y se extiende por Oriente Próximo hasta Asia central y meridional” (p. 107). Tomando los rigurosos análisis de Ronald Inglehart, Pippa Norris y Christian Wetzel, Naím analiza el crecimiento de una mentalidad que otorga mucha importancia a la autonomía individual y una correspondiente intolerancia hacia el autoritarismo. Este cambio también ha reflejado un descontento con el sistema político y las instituciones y también ha promovido un cúmulo de sentimientos contra los poderosos que, en diversas ocasiones, también genera problemas contraproducentes debido a que dependen de qué movimiento político captura y moviliza esos sentimientos y percepciones.

“ese poder que se defiende y conjura en contra millones de seres humanos se ve cada vez más limitado y su control del poder cada vez está menos asegurado.”

A pesar de las buenas noticias que vienen integradas en las tres revoluciones, Naím analiza que el gran poder aún “no está muerto”. Los grandes poderosos se defienden, se alían con otros poderosos y en muchos casos salen ganando. Pero lo que resalta de la aparición de las tres revoluciones es que ese poder que se defiende y conjura en contra millones de seres humanos se ve cada vez más limitado y su control del poder cada vez está menos asegurado.

Cuando la banca tradicional se creía consolidada, llegaron los hedge funds a derribarles el monopolio; cuando los partidos políticos tradicionales no preveían la caída de sus poderíos aparecieron las elecciones primarias y las elecciones locales las cuales han minado el poder concentrado de las maquinarias burocráticas, desde Venezuela a Chile y desde Estados Unidos a Francia, la aparición de nuevos perfiles en la arena política cuestiona el statu quo y derriban los liderazgos sacralizados. Es para Naím como si “una centrifuga política hubiera tomado los elementos que constituyen la política tal como la conocemos y los hubiera esparcido por un escenario nuevo y más amplio” (p. 159).

El poder no es lo que era, parece condición suficiente y necesaria para analizar ese “fin del poder”. Ahora, ¿es en todo tiempo y en todo lugar positivo?

 

Ambivalencia de los efectos

El cambio de la distribución del poder ha sido tan impresionante que, incluso en un país como China, según el profesor experto Minxin Pei, los miembros del Poliburó del Partido Comunista Chino anhelan los viejos tiempos donde su dominio de la sociedad era mucho más sencillo. Hoy tienen que lidiar con blogueros, piratas informáticos, rebeldes provinciales y activistas que organizan miles de protestas cada año (p. 123). Tan evidente es esta realidad que, Joshua Wong, el irreverente luchador político hongkonés de 22 años, ha puesto en aprietos a la dictadura totalitaria comunista más grande del planeta con múltiples e inteligentes protestas contra la imposición del gobierno chino de una educación y orden político que el pueblo de Hong Kong rechaza.[9]

Pero si hemos podido hallar numerosos ejemplos positivos de la degradación del poder y la fragmentación de su margen de influencia, Naím ha podido constatar que también tiende a beneficiar a personajes, movimientos y proyectos políticos y religiosos que van contra la libertad y la seguridad de nuestras democracias occidentales.

El acceso cada vez más fácil a materiales para construir artefactos explosivos junto a jóvenes cada vez más formados en cursos y carreras de ingeniería, ha permitido, por ejemplo, que los llamados explosivos caseros improvisados (IED) hallan sido una de las armas más letales y efectivas de los grupos terroristas en Afganistán, Irak y Siria. Otro ejemplo que resulta ilustrativo es que mientras en los atentados del 11-S el grupo terrorista Al-Qaeda gastó alrededor de quinientos mil dólares, el coste de la respuesta de los Estados Unidos a los atentados ascendió a 3,3 billones de dólares. Lo que quiere decir que por cada dólar que el grupo terrorista gastó en perpetrar el atentado, Estados Unidos gastó siete millones (p. 164). Esto refleja que las guerras irregulares y asimétricas vienen desafiando la visión tradicional multitudinaria y disciplinada de enormes ejércitos burocráticos. Los bandos “débiles” de hoy en día poseen poder de fuego y ataque inesperado.

Así, en otro ámbito, como el auge de las redes sociales ha permitido la multiplicación de voces y la catalización política de movimientos pro democracias, también tenemos una banalización aguda de las luchas políticas (p. 336); como también podemos observar un rápido acceso a la captura persuasiva de numerosos militantes para partidos políticos intolerantes u organizaciones terroristas y, en otro orden de ideas, una proximidad a la explosión emocional entre ciudadanos descontentos y los mensajes seductores de líderes populistas que no median ni se limitan a dicotomizar el espacio político entre amigos y enemigos.

“el resquebrajamiento de las frágiles instituciones democráticas atacadas por los fenómenos populistas y autoritarios está latente.”

Lo que Naím refleja en su obra es que, si bien el poder se está degradando y fragmentando, y esto tiene efectos positivos para la sociedad, también trae con ello la ambivalencia de ser utilizado por numerosos grupos que buscan objetivos contrarios a la sociedad abierta y libre. Como hemos pasado a una era “post-hegemónica” donde el orden mundial no es de nadie, sino que la multiplicidad de países y organizaciones se coordinan y conflictúan en un equilibrio tenso, el resquebrajamiento de las frágiles instituciones democráticas atacadas por los fenómenos populistas y autoritarios está latente.

Es por ello por lo que la preocupación del autor está en el orden sociopolítico. Si bien las innovaciones y las disrupciones llegaron al ámbito tecnológico y han permitido a nuestra sociedad evolucionar como nunca, Naím profiere que estas innovaciones no han llegado al ámbito político. Replantear la política, su organización y métodos es tarea urgente para no hacer de la fragmentación del poder un epicentro de caos, desconfianza e inestabilidad.

La obra cierra con un mensaje esperanzador de la sociedad y su progreso democrático, que si bien no está garantizado, es un desafío por asumir:

“Empujada por los cambios en la manera de adquirir, usar y retener el poder, la humanidad debe encontrar, y encontrará, nuevas formas para gobernarse” (p. 355).

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Bibliografía:

[1] Véase el capítulo décimo de Hobbes, Thomas. “El leviatán”.

[2] Véase Foucault, Michel. “Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones”. Madrid: Alianza Editorial, 1981 y su conversación con Gilles Deleuze.

[3] Véase el tercer capítulo de Arendt, Hannah. “Crisis de la república”. Colombia: Taurus, 1999.

[4] Véase el libro tercero de su tratado político “Sobre el poder”. España: Unión Editorial, 2015.

[5] Rallo, Juan Ramón. “¿Qué pasó con los súper ricos de 1987?” publicado en Vozpópuli (España) el 4 de abril de 2014.

[6] Últimos datos publicados por Naciones Unidas: https://www.un.org/es/sections/issues-depth/migration/index.html

[7] Véase “How migrants who send money home have become a global economic force” en World Economic Forum: https://tinyurl.com/y8u8q7em.

[8] Este modelo de interrelación entre el poder y las tres revoluciones Náim lo realiza con base al modelo del profesor de la Universidad de Pensilvania, Ian MacMillan. (pp. 45-42 y 115-119).

[9] Véase la entrevista en exclusiva que Sascha Hanning le realizó a Wong publicada por la Fundación para el Progreso: “Joshua Wong: Que China silencie las voces no significa que haya armonía”: http://fppchile.org/es/entrevista-joshua-wong-hong-kong-china/

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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