Publicado el 10.08.2020

Millennials: Nada nuevo bajo el sol

El mundo en que vivimos, las reglas que nos rigen y los principios que respetamos recogen miles de años de experiencia y sólo el desconocimiento de la historia nos puede llevar a repetir errores.

No son pocos los jóvenes que, con mucho orgullo y poca humildad, se sienten parte de una epopeya, de una épica refundacional y novedosa que el mundo no ha conocido y que son ellos -cuales redentores los que nos van a explicar a los más viejos cómo se construye una sociedad más justa. Lamento desilusionar a los jóvenes que han creído esta narrativa, pero la historia muestra que esta película no es nueva, es mala y termina peor. El mundo en que vivimos, las reglas que nos rigen y los principios que respetamos recogen miles de años de experiencia y sólo el desconocimiento de la historia nos puede llevar a repetir errores.

No es nueva la pelea del Legislativo con el Ejecutivo. Ahí está Julio César apuñalado en el Senado y después Roma perdiendo su república y reemplazando a los cónsules elegidos por un emperador hereditario; Carlos I decapitado por el Parlamento inglés después de una guerra civil y siendo reemplazado por un dictador (lord protector); Luis XVI decapitado tras ser depuesto por los Estados Generales franceses para ver reemplazada -previo Terror- una monarquía por un emperador; o los Romanov, abdicando ante la presión de la Duma, terminando la santa madre Rusia cambiando una autocracia retrógrada por una dictadura comunista criminal -previo fusilamiento de la familia real, claro está-; o nuestra propia guerra civil de 1891, que termina con la trágica muerte de Balmaceda y años de desgobierno. La verdad es que, en esta pelea, la historia muestra que todos pierden, especialmente los ciudadanos de a pie.

No es nueva la destrucción de la libertad y la democracia por una ideología igualitaria. La sufrió Atenas a manos de Esparta (terminando con el siglo de Oro Griego). Y tampoco es nueva la frustración de los avances científicos y artísticos por la intolerancia y el desprecio a la razón. La experimentó la Italia renacentista a manos de la Inquisición, que impuso el dogma sobre la ciencia. El costo para el mundo católico fue enorme. La revolución industrial y el despegue económico de Occidente ocurrió en la Europa protestante del norte, y la Europa mediterránea -cuna de nuestra civilización- se quedó atrás por 500 años.

No es nuevo ponerse de acuerdo entre muchos para confiscarle a unos pocos. Los borbones con los jesuitas, Enrique VIII con la iglesia católica, los comunistas rusos con los kulaks, Chávez con la clase media y nosotros ahora con un impuesto al patrimonio. Ejemplos sobran y todos tienen en común hacer de esos países sociedades más pobres y menos felices. Por eso es que las democracias occidentales creamos constituciones y reconocemos derechos anteriores al Estado, para limitar el poder del gobierno, evitar el abuso de las mayorías en contra de las minorías e impedir que la coyuntura transitoria afecte los principios permanentes que organizan un estado.

No es nueva la captura de riqueza por el Estado para distribuirla al capricho de los políticos. Es la historia de Chile después de la crisis del 29. Nos gastamos los ahorros de las pensiones (ahí está el Estadio Nacional para testimoniar), los créditos extranjeros que no pudimos pagar, expropiamos las minas de cobre y los campos, emitimos billetes (expoliando a todos con inflación), expropiamos con impuestos desproporcionados y terminamos requisando las industrias (1970-73) que era lo último que quedaba. Entonces, perdimos la democracia (1973); tuvimos que reconstruir nuestra economía y partir de cero. Nos demoramos 40 años y el ciclo de la vida y el sino de nuestra historia nos vuelve a acosar, como esas películas en que el malo nunca muere; cuando todos querían celebrar vuelve a estirar una mano con la cual nos atrapa.

No es nueva la idea política de crear una narrativa falsa que ayude a un objetivo político. La usaron los nazis después de la Primera Guerra Mundial. Para reconstruir el orgullo alemán, crearon la idea que el ejército no había sido derrotado por los aliados, sino que había sido traicionado por los políticos judíos y bolcheviques. Y que lo que debía hacer el pueblo alemán era tener otra guerra, pero ahora ganarla y para eso debían deshacerse de los traidores. De ahí a terminar con la democracia y robarle todo a los judíos para después matarlos hubo un solo paso. Lo mismo hizo la Cuba de Fidel, inventando la idea del retraso de Cuba y de la supuesta explosión de alfabetización de su país. El año 1960 Cuba era el tercer país mas avanzado de América Latina, con uno de los mejores índices de alfabetización y tenía el mismo ingreso per cápita que España. Hoy, junto con Venezuela, están más cerca de la Edad de Piedra que del siglo XXI. Han sufrido un retroceso enorme comparado con el resto. En lo único que Cuba realmente destaca es en sus servicios de seguridad y el control político de su población. En todo el resto no existe.

No es nuevo el ser generoso con la plata ajena o ser solidario con los bienes de los demás. Ya el famoso socialista George Bernard Shaw decía que cualquier propuesta que consista en quitarle a Pedro para regalarle a Juan contará con el entusiasta apoyo de Juan. Confiscarle plata que ya pagó impuestos a los “ricos” para “redistribuirla” a los camaradas, o transformar nuestros ahorros previsionales en fondos “solidarios” responden a este fenómeno.

No es nuevo usar la violencia con propósitos políticos, y más vieja aún es la existencia de oportunistas que la justifican en una supuesta injusticia terrenal, como si fuera algo nuevo y neoliberal que el mundo sea un lugar duro y difícil en el cual hay que esforzarse por progresar. ¿Y qué le dicen esos apologistas de la violencia a los miles de chilenos que pagan su pasaje de metro en vez de quemarlo, que salen a trabajar en vez de ir traficar, o a estudiar en lugar de marchar? La violencia que sufrimos no es nueva ni es original; la película del Guasón no es chilena y él no se rebela contra las AFP. Ahí está Hobbes para filosofar y ahí están las miles de víctimas de la violencia en la historia para enseñarnos que sin estado de derecho y orden público no hay libertad, igualdad ni progreso posible.

No es nuevo un mundo ecológico sin propiedad privada, en que la gente trabaja por casa y comida y no alienada por dinero, donde no haya consumismo ni comercio. Ahí están los casi 1000 años de Edad Media en Europa (desde el siglo V d.c. hasta el XV d.c), de comunismo económico, vida en comunidades pequeñas, ecología profunda, pobreza y superstición.

No son nuevas las asambleas constituyentes. Lo que sí es relativamente nueva es la idea de hacerlas en regímenes democráticos como Venezuela y con los resultados desastrosos que hemos conocido. Ojalá que la nuestra sea como la de EE.UU., que se rebeló contra la monarquía para construir una sociedad democrática, de derechos personales y de seguridad jurídica que permitió el desarrollo del país más próspero que conozca la historia de la humanidad.

No es nuevo el debate socialismo vs liberalismo y siempre ha sido más atractivo el relato socialista y más efectiva la praxis liberal. Basta comparar la Alemania liberal vs la Inglaterra socialista después de la Segunda Guerra Mundial. Mientras Alemania, derrotada, dividida y destruida por la guerra apostaba por una economía de mercado, Inglaterra, vencedora elegía a un socialista como Primer Ministro (Atlee) y apostaba por estatizar la energía, el transporte, las comunicaciones y un largo etcétera. Resultado: en sólo 25 años Alemania había superado a Inglaterra. Esta última el año 1979 ya era una economía más chica que Italia (también derrotada en la guerra). Tuvo que venir Margaret Thatcher y sus políticas liberales para que el Reino Unido recuperara su desarrollo económico. Lo mismo ocurrió entre China comunista y Japón liberal, post Segunda Guerra. Mientras China apostaba por el comunismo y se sumía en la violencia, la hambruna y el subdesarrollo, Japón apostaba por una democracia liberal y en 35 años pasaba a ser la segunda potencia económica del mundo, superando a China con una población 10 veces mayor. Eso llevó a Deng Xiaoping a abandonar la economía comunista en 1979, visitar EE.UU. y abrazar el capitalismo, transformándola hoy en la potencia del siglo XXI.

No es nuevo inventar mentiras a base de apariencias y medias verdades para esconder realidades políticamente inconvenientes y con las que se justifican injusticias y expropiaciones. Lo vimos en la reforma agraria sesentera: «campos sub explotados por agricultores flojos», cuando en realidad la economía cerrada y el tipo de cambio impedían desarrollar una agricultura de exportación y obligaba a abastecer al reducido mercado local. También en la educación subvencionada: «empresarios mercantilizando la educación y lucrando con platas públicas», despreciando la evidencia que demostraba que ofrecían calidad equivalente al resto; las preferencias de lo padres y la obviedad que el estado contrata todo del tiempo con empresas con fines de lucro. Y ahora estamos viendo el asalto contra las AFP, como si ellas fueran responsables de que la gente no ahorre, trabaje en negro y viva más años. El argumento falaz es que usan la plata para financiar a las grandes empresas, lo cual es una crítica igual de absurda que hacerlo contra una persona por depositar sus ahorros en un banco solvente en vez de prestárselos a un amigo cesante. Y ahora me temo que la próxima serán las aguas.

En las aguas estamos viendo los devaneos para estatizarlas, como si las personas nos fuéramos a quedar sin agua potable por un grupo de acaparadores inescrupulosos que nadie conoce, pero se supone que existen. El consumo de agua para las personas es preferente y el resto de los usos subordinados a él. El agua es de todos los chilenos, pero no es gratis limpiarla, transportarla y distribuirla y todos los chilenos debemos pagar por ella, en función de consumo de cada cual. La distribución del agua es privada y para ello se constituyen derechos de aprovechamiento; así los privados invierten en canales (150 mil kilómetros en Chile), cañerías y tranques para poder usarla. Por eso los canales que permiten llevarla desde un río a un campo para regar sembradíos son privados. Lo mismo que las plantas para clorarla y hacerla potable, o las tuberías para que llegue a su casa para ducharse o las plantas de tratamiento que permiten limpiarla para reutilizarla; todo eso se hace en infraestructura privada. Y por eso debemos impedir que la legislación de aguas destruya un régimen de cooperación público privado que ha sido beneficioso para todos. El agua es la savia que alimenta nuestra economía; la necesita la minería y la agricultura y controlarla sólo le dará poder a unos pocos para que los muchos deban rendirse ante funcionarios o políticos responsables ante nadie.

Algún sabio explicaba que hay tres formas de gastar plata. La primera consiste en gasta plata propia para resolver un problema propio; en tal caso usted se concentra en lograr la mejor relación precio calidad. La segunda clase consiste en gastar plata ajena para solucionar un problema propio, como cuando se usa la plata de la empresa para invitar un cliente a almorzar; lo único que le interesa es la calidad, el precio le da lo mismo, porque otro paga. La tercera y última es la que trata de solucionar un problema ajeno con plata también ajena; en tal caso, lo que a usted le interesa no es ni el precio ni la calidad, sino quedar bien, que lo aplaudan y le agradezcan. El populismo consiste en eso y los políticos lo saben; por eso los malos políticos viven tratando de sacarle poca plata a mucha gente para darle mucha plata a poca gente que los va a apoyar incondicionalmente. Eso se llama clientelismo, lo inventaron los romanos y no nosotros, y en eso consiste la mala política que se evita o al menos limita con una Constitución como la que tenemos, y que por supuesto los malos políticos quieren cambiar.

En nuestro país estamos viendo varios de estos elementos. Una narrativa falsa sobre un país injusto, donde nadie progresa, y donde la superación de la pobreza da lo mismo si existe desigualdad; la destrucción de las instituciones que hacen posible el desarrollo como nuestro sistema de pensiones; el expolio legal a unos pocos para beneficios de los muchos. Esto sólo puede terminar mal, con el estancamiento de la economía, la destrucción de nuestra convivencia social y la pérdida de la democracia.

Lo único novedoso que tuvo Chile se produjo estos último 40 años. Un país que progresaba económicamente, educaba más y mejor a su gente, disminuía la pobreza, mejoraban los indicadores sociales y todo eso ocurría en paz y con una democracia que funcionaba. No era perfecto por supuesto, y mejorarlo era tarea de todos, pero no de la manera que hoy lo están haciendo en el Congreso y que pretenden políticos populistas.

Estamos a tiempo de recapacitar y reversar este círculo vicioso. Rechacemos una nueva constitución (quien tenga propuestas de modificación, que las presente en el Congreso), participemos en la actividad pública dando tiempo o aportando recursos a nuestros partidos políticos, apoyemos a nuestros representantes en el Congreso que tienen coherencia con sus principios; eduquemos a nuestros jóvenes sobre los valores de la democracia, del esfuerzo personal y del emprendimiento privado; rechacemos la violencia; apoyemos a las fuerzas de orden y finalmente votemos por personas que abracen y entiendan lo que significa y requiere una sociedad libre. Sólo así podremos recuperar la senda del progreso y preservar nuestra democracia.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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