La cultura de la basura

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Que las principales figuras de la cultura juvenil chilena sean artistas que rayan muros sin los permisos correspondientes y cantantes que hacen fiestas incumpliendo las normas sanitarias en una situación de crisis, es el reflejo de que la cultura de la basura es la hegemonía en nuestra sociedad.

En sus memorias tituladas “Vida Viuda”, Armando Uribe pudo descargar todo aquello que fue acumulando durante su enclaustramiento por más de 20 años. El poeta, desde su departamento del parque forestal, se lamentaba por la decadencia cultural del país, mientras recordaba con nostalgia a escritores de la talla de Enrique Lihn, Jorge Teillier y Nicanor Parra.

Uribe, paradójicamente, culpaba a la “hegemonía ideológica neoliberal capitalista de mercado” —haciendo un amasijo de términos diferentes, pero que suenan similares— de haber deteriorado las artes nacionales. Tales afirmaciones resultan paradójicas, porque en Chile la cultura ha estado dominada sobre todo por personas cuya ideología ha sido anti-mercado. Y ellos han sido los principales promotores de su decadencia. Son los mismos que crecieron tranquilos durante la estabilidad política de las décadas de los 90s y 2000, y que hoy forman parte de ese selecto grupo que tiene el verdadero privilegio de vivir de su arte. Todo debido a los beneficios del “modelo”.

Que las principales figuras de la cultura juvenil chilena sean artistas que rayan muros sin los permisos correspondientes, cantantes que hacen fiestas incumpliendo las normas sanitarias en una situación de crisis, actrices que denuncian la injusticia del sistema pero que al iniciar la pandemia rogaron por volver al país, y pseudohistoriadores que para vender libros deben escribir sobre “historia secreta”, es el reflejo de que la cultura de la basura es la hegemonía en nuestra sociedad.

Ahora bien, es posible reconocer a esta cultura de la basura por tres grandes cualidades: primero, porque sustentan su moralina valiéndose de que el fin justifica los medios. Numerosos artistas y personalidades de la televisión han utilizado este sofisma con tal de imponer el advenimiento de la sociedad que ellos quieren. Pero esto nunca lleva por buen camino. Su falta de rechazo a la violencia es manifiesta, y muchas veces matizada y justificada por sus propósitos ideológicos. Por otro lado, su exaltación e idealización de la protesta social destructiva son sólo síntomas de la ignorancia que poseen respecto a la fragilidad de la democracia, de los procesos políticos y de cómo debe funcionar la institucionalidad, aunque a veces no nos guste.

Tercero, por su notoria falta de consecuencia. Los seres humanos vivimos inmersos en una comunidad de valores. Y estos valores requieren de nuestra vigilancia permanente y de nuestra actuación conforme a ellos, sino nuestras conductas sólo se transforman en palabrería barata; en cinismo. Este cinismo es el síntoma de la inconsecuencia, y hoy es abundante en ciertos sectores de la cultura, en especial los asociados al mundo televisivo. Viven rodeados de comodidades y privilegios, pero en público muestran una actitud culpable respecto a ello, y es más, a veces tienen el descaro de apuntar con el dedo a los demás.

Durante toda su vida el filósofo Jorge Millas denunció cómo los partidos, facciones y grupos luchaban por infectar a las universidades para ponerlas al servicio de sus propios fines: hoy, a ciertos sectores de la cultura, les sucede lo mismo. Para ellos, hace rato que la reflexión, el estudio y la ciencia fueron excomulgados y sustituidos por su concepción de lo que “consideran justo”. La cultura de la basura fue reemplazando a toda autoridad con tal de imponer su agenda.

Mis respetos a todos los artistas que con esfuerzo lucharon contra los estragos de la pandemia, no puedo decir lo mismo para aquellos propagadores de esta decadencia cultural.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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