Kast, el restaurador

José Antonio Kast ha puesto en jaque a toda la clase política y de paso también al establishment mediático chileno. Como están las cosas, y salvo que las encuestas estén del todo equivocadas, un candidato de derecha tiene, por primera vez en décadas, la posibilidad de llegar a la presidencia. En efecto, pues es un error ver una continuidad entre JAK y quienes dirigen el gobierno hoy en Chile. Lo cierto es que el paradigma que ha regido bajo los dos gobiernos de Piñera no ha sido el de una derecha realmente liberal en lo económico —y menos aún conservadora en lo moral — , sino de una que cree, sin populismo, que el Estado es un instrumento al servicio del bien más que una amenaza constante al progreso y a la libertad.

Kast viene a romper con el consenso social demócrata instalado y lo hace desde el liberalismo clásico, mientras Boric, siguiendo los pasos de Bachelet II, busca hacerlo desde el socialismo sesentero. No deja de ser interesante que con el discurso ‘neoliberal’ Kast parece estar teniendo mucho más arrastre que todos los otros candidatos presidenciales competitivos, los que, incluyendo a Sichel, plantean que debe haber todavía más Estado y redistribución. Kast está así volteando el tablero de la derecha acomplejada al mostrar que las ideas de libertad de la línea Chicago sí pueden ser populares cuando se defienden con carácter y que la idea de que la derecha debía ser la nueva Concertación de Allamand o el engendro peronista de Desbordes era una receta para el fracaso.

Pero Kast, además, ha demostrado que la excesiva preocupación en el establishment de la derecha –y de la izquierda- por la corrección política generó una brecha mayor con el electorado. El tema migratorio es un gran ejemplo. Kast desde un comienzo conectó con una creciente preocupación ciudadana por el excesivo flujo migratorio mientras las élites periodísticas, políticas e intelectuales –esas que no conviven con ninguna de las desventajas de la inmigración y en cambio capitalizan todos sus beneficios- lo caricaturizaban como racista y xenófobo. Hoy todos los candidatos, incluido Boric, han tenido que acomodar sus posturas hacia la posición de Kast.

En materia de orden y seguridad, de más está decir que Kast fue el único que se mantuvo por años incondicional y firme en su respaldo a las fuerzas armadas y carabineros, mientras el Gobierno y el resto de la clase política los desconocían y atacaban una y otra vez provocando así la ingobernabilidad que nos aflige. Sectores amplios de esa misma clase política e intelectual, incluso, han avalado la destrucción del orden democrático al legitimar la violencia y han llegado a apoyar abiertamente a terroristas y criminales. Nada de eso se vio jamás con Kast, el único candidato del Rechazo. Por eso, mientras Piñera y Chile Vamos fueron la gran decepción, Kast es la gran esperanza.

Pero el despertar más duro lo ha tenido el establishment con sus creencias sobre la cultura nacional. Durante muchos años la social democracia chilena de derecha e izquierda y la izquierda radical han vivido bajo el engaño de que el fantasma de Pinochet bastaba para hacer imposible el acceso a la presidencia de cualquier persona que reivindicara parte de su gobierno. Se repetían este discurso prefiriendo ignorar la verdad, a saber, que el golpe de estado en Chile fue resultado de un profundo y extendido clamor de una ciudadanía hastiada del caos creado por la izquierda y que Pinochet fue siempre, como dijo Patricio Aylwin, un ‘dictador popular’. Si las campañas de primarias mostraban a candidatos de centroderecha enterrando a Pinochet –dando cuenta de una aspiración legítima, pero también de una desconexión casi versallesca con la realidad nacional- Kast no tiene problemas en condenar lo que se debe condenar y en rescatar el resto. Y a la gente le gusta. Le gusta porque es sincero y porque, finalmente, esta parece no ser tan lesa como para no entender que en Chile, si no surgen figuras de autoridad fuerte capaz de poner orden, el país termina destruido completamente de manos de su clase política demagógica y de los delincuentes, terroristas y agitadores de turno.

El tiempo dirá si, en caso de salir electo, Kast logrará reencauzar el país dándole gobernabilidad. Por ahora todo parece indicar que nadie, ni siquiera él, podrá conseguir ese objetivo. El problema es que si Kast no lograse materializar al menos parte de su labor restauradora, se correrá el riesgo de mayor caos y de que la ciudadanía termine reclamando una alternativa aun más dura para conseguir el mismo objetivo. Quienes le harán oposición en su eventual gobierno deberían tenerlo presente.

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