El nuevo oscurantismo

Occidente, afirmó el filósofo Roger Scruton poco antes de morir, está entrando en una nueva era de oscuridad. La ideología que alimenta este nuevo oscurantismo —todo comienza siempre en el mundo de las ideas— es esencialmente irracionalista. Esto significa que rechaza categóricamente la concepción de que existe una verdad a la que podemos acceder utilizando las reglas del diálogo racional, es decir, las leyes de la lógica y de la evidencia. Se trata así de una reacción frontal en contra del pensamiento ilustrado, el que, como ha recordado Steven Pinker, fue esencial en la emergencia del mundo moderno con todos sus avances.

El postmodernismo —así se denomina a esta corriente irracionalista que proviene de la izquierda— reemplaza la idea de verdad por una psicótica teoría de la dominación en virtud de la cual todo lo que hay son narrativas que buscan consolidar la opresión de un grupo —el hombre blanco occidental— sobre otros. Como es lógico, este irracionalismo paranoico solo puede dar lugar a la demolición de todo estándar de excelencia, abriendo las puertas a la charlatanería y la mediocridad.

Nadie expuso de mejor manera el absurdo de toda esta visión que el profesor de física de la Universidad de Nueva York Alan Sokal en 1996. Hastiado por la falta de rigor de estudios de género, feministas y otras ‘disciplinas’ identitarias derivadas de la paranoia postmoderna, Sokal decidió enviar artículos repletos de sinsentidos a la revista ‘académica’ de estudios culturales postmodernos Social Text, publicada por la Universidad de Duke. El propósito de Sokal no era otro que testear si la falta de rigor que caracterizaba estos ‘estudios’ los llevaría a publicar cualquier estupidez en la medida en que se ajustara a sus prejuicios ideológicos y sonara bien. Y, efectivamente, el artículo de Sokal, argumentando cosas como que la ley de gravedad era una construcción social, fue publicado en la revista. Ante la publicación, Sokal declaró que el artículo era ‘un pastiche de jerga postmodernista, reseñas aduladoras, citas grandilocuentes fuera de contexto y completos sinsentidos’. Este escándalo fue repetido en 2017 y 2018 por tres académicos de centroizquierda que enviaron artículos repletos de absurdos a distintas revistas ‘académicas’ de estudios victimistas logrando su publicación. Con el nuevo escándalo, estos académicos apuntaban al hecho de que, si bien el irracionalismo identitario era relativamente incipiente en tiempos de Sokal, no hay duda alguna de que décadas después este ha infectado casi por completo a las mejores universidades occidentales y que desde ahí ha contaminado a nuestra cultura.

En efecto, su ponzoñoso impacto se ve diariamente en medios de comunicación, empresas, redes sociales, productos artísticos, deportes, etcétera. En todos estos espacios la racionalidad ha sido gradualmente reemplazada por un victimismo que hace imposible decir verdades por temor a ofender a ciertos grupos supuestamente oprimidos, por una diversocracia cosmética contraria a la idea de mérito y por un relativismo posero que impide reclamar la existencia de jerarquías. Así, por ejemplo, no se puede sostener que hay culturas más avanzadas que otras, sino que se debe decir simplemente que son ‘distintas’. La mutilación genital femenina, la violencia en contra de mujeres, las condiciones de vida miserables por la inexistencia de instituciones que permiten el progreso, todo ello sería respetable en otras culturas solo por el hecho de no ser occidentales. ¿Acaso la idea de derechos humanos no fue una imposición del hombre blanco occidental?

El relativismo de la izquierda oscurantista conduce necesariamente también a la destrucción del individuo como concepto. Dado que lo relevante ahora son los grupos de acuerdo a su raza, sexo, orientación sexual y cualquier característica adscrita, el tribalismo retorna furioso destruyendo la idea occidental de ciudadano igual en derechos y deberes. Así se abre paso el desmantelamiento de la democracia liberal fundada precisamente en esa premisa.

En ningún campo se observa mejor este colectivismo premoderno que en el reclamo de cuotas, beneficios y sistemas de justicia especiales para ‘pueblos originarios’. Incluso se llega al extremo, siguiendo la misma lógica que los nazis aplicaron para su propio pueblo supuestamente originario, los arios, de que se les pretende regresar un ficticio espacio vital — Hitler lo llamaba ‘Lebensraum’.

El oscurantismo, por supuesto, rechaza también la economía moderna racional, abriendo paso a una mezcla de colectivización de recursos económicos con esfuerzos por regresar, mediante el ‘decrecimiento’, a una mitológica naturaleza pura y en total armonía con el ser humano, la cual, por supuesto, jamás existió. Así retornamos a formas primitivas de culto religioso a los volcanes, ríos, animales y mares que ahora tienen ‘derechos’, en lugar de tener una discusión científica sobre cómo generar condiciones para un desarrollo sustentable en que los seres humanos velamos por el cuidado de nuestro entorno, pero no dejamos de ser la prioridad.

La gran pregunta, desde luego, es qué puede esperarse de la institucionalización —si se puede llamar así— del oscurantismo. La respuesta es clara: decadencia y, sobre todo, caos. Y es que, tal como no existe alternativa a la economía de mercado si queremos evitar la miseria generalizada, si deseamos mantener mínimas condiciones de orden social y paz, no hay otra opción que el orden occidental basado en la doctrina del individualismo, según la cual todos somos ciudadanos con igual dignidad y derechos conviviendo en libertad bajo un mismo sistema de reglas. Ahora bien, el riesgo de abrir las puertas al caos institucionalizando el oscurantismo es que, enfrentada a él, la mayoría siempre preferirá el orden, aun si es sin libertad y sin democracia.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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