Feminismo, censura y fracaso
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Publicado en La Segunda, 08.10.2025
Publicado en La Segunda, 08.10.2025
Autor: Fernando Claro
Suena majadero hablar de estas cosas, pero no debería serlo. La memoria y la historia son frágiles —y en disputa, como diría Alfredo Jocelyn-Holt—. El año pasado se cumplieron 35 años de la caída del muro de Berlín, el muro que creaba una isla dentro de esa misma ciudad —y país, la República Democrática de Alemania (RDA)—. Dentro de esa isla-anillo estaba Berlín Occidental, donde se podía escribir, comprar comida y ver películas libremente. Afuera, en esa Alemania «democrática», todo estaba controlado y vigilado, ya que la RDA estaba gobernada por comunistas. Dueñas de casa, almaceneros y artistas eran espiados, como Harald Hauswald, fotógrafo por estos días en Chile y exponiendo en la Galería Isabel Aninat.
«En la República Democrática de Alemania, la gente quería arrancar de esa “democracia”, como han querido arrancar de Venezuela, Bolivia y Argentina socialistas, por majadero que suene. Allá, como en Cuba, sin embargo, no los dejaban, y si alguien lo intentaba, lo mataban».
Allá, gobernados por comunistas, bajo reglas y prácticas comunistas, se hacían llamar «democráticos». Acá, Jeanette Jara, candidata presidencial comunista, hace la misma contorsión lingüística y dice que Cuba es una «democracia», solo que «distinta». Semanas después, nos sorprende al decir que no sería una democracia, aunque tampoco una dictadura. ¿Se iluminó? ¿Qué hará, si gana, una presidenta que lleva 35 años sosteniendo que un Peuco es en realidad un Chincol —porque su ideología dice que es un Chincol— y luego, de un día para otro, afirma que en realidad no es un Chincol, pero tampoco un Peuco? ¿Cómo se puede apoyar a alguien así?
En fin, en Berlín, la gente afuera de ese anillo lo observaba con deseo y quería entrar, pero estaba prohibido. Querían arrancar de esa «democracia», como han querido arrancar de Venezuela, Bolivia y Argentina socialistas, por majadero que suene. En Berlín, como en Cuba, sin embargo, no los dejaban, y si alguien lo intentaba, lo mataban. Por eso en 1961 levantaron el famoso muro, al que llamaron «Muro de Protección Antifascista». La misma artimaña lingüística: ellos, comunistas, serían «democráticos» y ellos, fascistas, «antifascistas». De ahí la importancia de seguir en esta contumacia, ya que hoy hacen lo mismo: por todo el mundo florecen «antifascistas».
En Latinoamérica, la izquierda política, dueña de las peores dictaduras de este siglo, nos advierte de las amenazas de la «ultraderecha», un invento inexplicable que nutren a través de contorsiones lingüistas similares. Boric funda un grupo autodenominado «Democracia siempre» con Sánchez, el más antidemocrático de los presidentes españoles desde Franco; Lula, un condenado que sale libre por cuestiones administrativas —como eran los «divorcios» en el Chile del pasado— y Sheinbaum, la presidente que lidera la nueva autocracia latinoamericana en ciernes. Sobre Petro, el otro camarada, no vale la pena extenderse. En fin, habrá que seguir siendo contumaz, ya que ahora se celebran 35 años de la reunificación alemana y sobre Eric Honecker, líder supremo de la RDA, y que vino a vivir y morir a Chile en los 90, quien sabe a cambio de qué, los chilenos, sabemos poco.
Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.
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