Liberalismo: hacia la articulación de una estrategia emocional

La arena política siempre se ha insertado entre la razón y la emoción. Quienes participan en ella, ya sea desde la teoría o desde la práctica, no pueden pasar por alto ambas facetas esenciales de la especie humana. En dicha lid se despliegan diversas estrategias con la finalidad última de que hacer sentido en la ciudadanía.  Para lograr aquello, son necesarios dos aspectos. La comprensión intelectual, al menos en un sentido superficial, a fin de que los individuos entiendan las razones tras un planteamiento. Y por otro la conexión del discurso con las pulsiones más viscerales de las personas, elemento esencial en la movilización de estos en pos de los ideales propuestos.

Lamentablemente el liberalismo siempre ha hecho hincapié solo en la razón, dejando de lado el aspecto emocional de los individuos. Partiendo de los principios de la ilustración, el pensamiento liberal ha basado parte importante de su relato en las ideas de razón y progreso, tal como lo afirma Pinker en su reciente libro “En defensa de la ilustración”. A pesar de que Smith en la Teoría de los sentimientos morales, estudia el comportamiento humano más allá de la simple razón, en caso alguno entra al terreno de las emociones como herramienta política.

El mundo se encuentra en lo que podemos llamar la época del “hombre emocional”, por lo que no es posible no prestar atención a un aspecto que tantos réditos les está dando a los enemigos de la libertad. Hoy todo es pura emoción, subjetividad e individualidad. Se apela a las emociones como movilizadores de la sociedad en los más diversos ámbitos. Y claro, la política no es ajena a esto, pues es una cuestión de época, más que de fenómeno concreto.

Es en este escenario que el liberalismo se encuentra ante la necesidad de hacerse cargo de la emocionalidad humana, no solo como parte esencial de la especie, sino como elemento de utilidad política.

¿Pero por qué estudiarlo hoy, si he afirmado que lo político siempre ha apelado a la emoción? Primero, la mayor atención que las ciencias – la antropología, economía, neurociencia, antropología, entre otras – le han dedicado al estudio de la emocionalidad en el actuar humano, lo que nos ha suministrado más información para su análisis aplicado a la política. En consecuencia, y en segundo lugar, ese mayor bagaje pone en cuestión ciertas premisas que se pensaban hegemónicas, lo que en palabras del politólogo Manuel Arias Maldonado sería: “El sujeto ideal del liberalismo ilustrado está siendo gradualmente sustituido por el sujeto real descrito por las ciencias naturales y sociales, tras el giro afectivo […] (es decir) ya no somos agentes soberanos”. Así las cosas, no nos puede ser irrelevante dar una nueva vuelta a la forma en que el liberalismo afronta la concepción práctica del individuo. De lo contrario, el ideario liberal puede verse arrinconado al no saber interpretar correctamente lo humano.

Hemos visto a diversos grupos incorporar la estrategia del eje emocional en su relato. Tanto los ideólogos de la “izquierda millenial” como aquellos que promueven un populismo nacionalista de derecha, entienden la emotividad en un sentido adversativo. Esto quiere decir que la emoción – de tipo negativa, como el miedo o el resentimiento – se dirige contra un actor o grupos concretos. Ejemplos tenemos de sobra, el establishment, el lobby LGTBI, la casta, o los migrantes, por mencionar algunos.

Ante aquello, el liberalismo debe oponerse a esta irracionalidad emocional colectiva destructiva, articulando una estrategia que se base en sus postulados, pero dando un giro afectivo.

Sin embargo, como suele suceder en la literatura liberal, no hay acuerdo sobre si el liberalismo debe hacerse cargo de la emocionalidad humana, o por el contrario mantener una postura más bien escéptica hacia ellas, abrazando a la razón como principal y exclusivo baluarte. Así por ejemplo, Ayn Rand planteaba que “[…] Actuar racionalmente significa actuar en conformidad con los hechos de la realidad. Las emociones no son herramientas de conocimiento. Lo que sientes no te dice nada acerca de los hechos; sólo te dice algo sobre tu evaluación de los hechos”. Lo que Rand describe es su forma ideal de hombre, sin hacerse cargo del hombre real, ni de aquellos proyectos políticos basado en la pura emocionalidad.

Para otros, como John Stuart Mill, el rol de las emociones morales era preponderante. Mill se habría formado la idea de una especie de “religión de la humanidad”, tomando los elementos positivos de la religión logrando, así lo indica Martha Nussbaum “como una identificación de nuestras emociones con la vida del conjunto de la humanidad, y de nuestras esperanzas con la esperanza de progreso para la humanidad en general”[1]. Hace la salvedad si, de que el uso excesivo de la emocionalidad en la esfera de la comunidad puede llegar “interferir indebidamente con la libertad y la individualidad humana”, si es que llegásemos a elevar la emocionalidad, en tanto herramienta, al nivel de religión como han propuesto algunos como Auguste Comte o incluso Rousseaeu, a propósito de la “religión civil”. Pero Mill, como buen utilitarista, justificaba la religión no por su rigurosidad racional, sino que por su utilidad en tanto institución cultural, capaz de promover ciertos valores en la ciudadanía.

Chantal Mouffe  – ideóloga de la “política agonística” – ha señalado que la política se basa en lo adversarial, en la existencia – o creación –  de contrincantes por el posicionamiento hegemónico de las ideas, y en definitiva por conseguir el poder. Plantea que la única forma de triunfar en política es el enfrentamiento no entre enemigos, sino que entre adversarios con valores contradictorios[2]. Aquello requiere de la conexión entre emoción y causa, entendida esta como el propósito que se le asigna a un colectivo, y que se opone en lo sustantivo a la posición de en frente.

El problema del liberalismo en este desafío es su tendencia a ser la postura “razonable”, “moderada”, por lo tanto, no confrontativa ni adversarial. Por eso contraponerse aquellas visiones que plantean lo político como un esquema plagado de certezas, de seguridades, resulta muy complejo.

“De continuar eludiendo la emoción, los liberales pueden verse enfrentados al fatídico escenario de pasar a la irrelevancia, y dar paso a una peligrosa hegemonía de lo irracional”

En esta difícil tarea de dotarlo de una estrategia que se haga cargo de la emocionalidad humano se requieren dos pasos. Primero es necesario plantear cuales han de ser las emociones a las que debe apelar el liberalismo, para luego proponer la estrategia a seguir. Es en sus fortalezas donde ha de explotar su capacidad sensitiva. Así ante la promesa de progreso, libertad y autonomía, el liberalismo debe enfocarse en emociones como la esperanza o la confianza – ambas emociones positivas – pero por sobre todo en el amor propio, entendido este como la sensación de gloria, de triunfo, en un contexto de comunidad. Es aquella emoción la que podría servir de hilo conductor de esta estrategia – fundamentalmente individualista –, llevando a lo que podríamos denominar un liberalismo pasionalmente racional.

Pero hay que comprender que el liberalismo debe lograr conectar emocionalmente para evitar la tensión de eternos adversarios, de la que habla Mouffe. Debe ser el ideal regulativo que permita un justo equilibrio entre emoción y razón. No es posible pensar un escenario democrático en que la lógica del sistema tienda siempre a la tensión entre lo diverso, ya que el espacio público debe ser un lugar donde los diversos intereses converjan, concuerden o discrepen, pero buscando una salida o solución. La tensión como una finalidad en si misma, no lleva al progreso, lleva al conflicto.

Ya hay quienes hablan del “capitalismo de la emoción”, como el filósofo Byung-Chul Han[3]. Esta acepción nos dice que el sistema económico imperante apela constantemente a las emociones de los consumidores, que la publicidad y todo lo que rodea el consumo no es posible de concebir, sin el profundo llamado a la subjetividad humana. Pero aquello que podemos llamar liberalismo, no limita su existencia a su variante económica – a pesar de que sus opositores busquen equipararlo. Hay que ir más allá, justamente al aspecto ético político del liberalismo.

Esta es una labor de la cual debemos hacernos cargo. De proponer y avanzar en la “estrategia emocional”. Pero dicha estrategia debe enmarcarse en un espacio de deliberación pública, en que los ciudadanos se sientan integrados. La exclusión es probablemente el mejor amigo de quienes se aprovechan de emociones de emociones destructivas, y logran generar tóxicas oposiciones, nada sanas para la democracia. El liberalismo debe ser el conjunto de ideas capaz de conectar con los afectos, y al mismo tiempo, ser el mecanismo de control de la pasión desenfrenada promovida por los antiliberales. De continuar eludiendo la emoción, los liberales pueden verse enfrentados al fatídico escenario de pasar a la irrelevancia, y dar paso a una peligrosa hegemonía de lo irracional.

 

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[1] Nussbaum, Martha, “Emociones Políticas”, Grupo Planeta (Madrid, 2014).

[2] Mouffe, Chantal, “Por un populismo de izquierda”, Siglo Veintiuno Editores (Buenos Aires, 2018).

[3] Han, Byung-Chul, Psicopolítica, Herder (Barcelona, 2014)

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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