La muerte del liberalismo

En el último tiempo, algunos sectores conservadores chilenos, como socialcristianos, nacionalistas e integristas religiosos, han comenzado a enarbolar, bajo la apariencia de una sesuda reflexión intelectual y política, una sistemática embestida a lo que ellos consideran como liberalismo. Han sido efectivos en construir sus molinos de viento, tomando de aquí y allá ciertos contextos sociales junto con planteamientos de diversos autores, que a punta de reduccionismos les permiten armar un buen muñeco de paja al cual darle duro.

En el caso de Chile, el trasfondo de esta acometida tiene toda la apariencia de una faz reaccionaria frente al proceso de cambios surgido desde la tardía y reciente modernización chilena que, entre otras cosas, se ha traducido en la pérdida de influencia social de ciertas estructuras, instituciones y grupos tradicionales. Quizás el ejemplo más notorio de aquella disolución es lo que ocurre hoy con la Iglesia Católica, sus escándalos nada virtuosos, sus encubrimientos inmorales y la pérdida de confianza entre sus feligreses.

Los conservadores chilenos han comenzado a ver en ese proceso de modernización, no solo una supuesta promesa incumplida del liberalismo (aludiendo a asuntos sociales eventualmente irresueltos, obviando con ello los cambios ocurridos en los últimos treinta años respecto a las condiciones de vida de miles de chilenos), sino que ven una ruptura, la pérdida de los valores, los suyos. Por tanto, perciben un quiebre con el orden social al que parecían estar acostumbrados (¿Tradicional y natural?), cuyo culpable no sería otro que el liberalismo. Vieja acusación que ya enarbolaban contra el liberalismo los conservadores más reaccionarios y recalcitrantes del siglo XIX chileno e inicios del XX. Y claro, el diagnóstico de la época era terrible, igual que ahora. Según los conservadores chilenos de ese siglo, el liberalismo estaría llevando a la sociedad al despeñadero, a la anarquía, convirtiéndola en una simple Sodoma y Gomorra, llena de hedonismo y placeres mundanos donde ciertos valores más elevados, obviamente definidos por algunos, no tendrían cabida frente al egoísmo y las herejías reinantes de los sujetos emancipados, capaces de intentar servirse de su propia razón. Con ello, según los conservadores, la familia, las tradiciones y la vida en comunidad se verían destruidas bajo el influjo indecente de las libertades individuales.

“Los conservadores chilenos han comenzado a ver en ese proceso de modernización, no solo una supuesta promesa incumplida del liberalismo, sino que ven una ruptura, la pérdida de los valores, los suyos.

Para comprender este fenómeno actual, debemos observar que la queja conservadora es primero moral y luego material. Los conservadores chilenos, adeptos a la propiedad —idealizada bajo la perspectiva de la vida latifundista— pero no necesariamente adeptos a lo que conllevan las libertades, jamás pensaron que la democratización de la primera, que venía de la mano de la modernización capitalista, iba a dar paso a la democratización de las segundas. Y eso no les gusta nada. No les gusta, no porque necesariamente no quieran más capitalismo. Lo que les molesta es que el libre mercado no se traduzcan en su predominio moral sobre las conductas de la comunidad, tal como ocurría en la vieja estructura patronal del latifundio y el predominio eclesiástico sobre la sociedad chilena. Eso lo ven como la pérdida del orden en favor de lo que habitualmente definen como libertinaje. La queja conservadora contra el liberalismo, en ese sentido, esconde una arrogante pretensión paternalista sobre las conciencias, disfrazada de defensa de los valores y la buena vida. Hoy también se viste de ciertos tintes igualitaristas y de justicia social.

No es raro que en ese contexto, la visita de Patrick Deneen haya tenido como calcetineras a algunos conservadores de la fauna local chilena. Al modo de los antiguos vaticinadores del fin de los tiempos, el cientista político estadounidense ha sido visto por sus anfitriones y adeptos como aquel que por fin decreta la muerte de ese esperpento, duro de roer, llamado liberalismo. Detrás de esto hay una clara lógica sacrificial, muy propia de lógicas milenarista, donde la muerte de algo es vista como el paso a una nueva era, donde la virtud y la vida en comunidad florecerán en gloria y majestad, mientras el vicio y la degeneración desaparecen de la faz de la tierra.

Así, frente al liberalismo, los conservadores recurren frecuentemente a la analogía clínica, del enfermo en fase terminal, pero no muestran disposición a salvarlo sino más bien a querer deshacerse de él. Siguiendo con su analogía, se muestran muy dispuestos a la eutanasia. Sin embargo, basta observar un poco lo que se enarbola para darse cuenta de que los conservadores de la plaza están planteando la muerte del liberalismo más al modo de una restauración que como superación del mismo. El ejemplo de aquello es la frecuente apelación a un nuevo eufemismo, el posliberalismo, que tiene la misma inconsistencia que el slogan otro mundo es posible, del que hablan algunos socialistas que les gusta imaginar sociedades perfectas. Algunos conservadores parecen no visualizar que sus imposturas frente al liberalismo se conforman igual que las imposturas milenaristas de los marxistas frente al capitalismo: no sabemos cómo será el posliberalismo, pero creemos que será mejor que lo actualmente existente.

El pretendido sacrificio del liberalismo por parte de los conservadores, para restaurar las virtudes perdidas, se basa en una presunción del todo discutible y absurda: que el sacrificio calmará a los dioses o eliminará los males del egoísmo, supuestamente propiciados por el liberalismo al prescindir de la búsqueda de la virtud. Como si los sujetos de siglos anteriores hayan sido ejemplos de virtud por el simple hecho de haber proclamado su búsqueda y su ejercicio. Ahí está, en nuestro presente, la actual vergüenza e incoherencia eclesiásticas a la hora de proclamar virtudes, proclamar el bien común y el amor al prójimo, para luego encubrir los apetitos más viles y bajos de un número importante de sus miembros.

Para comprender las raíces de la reacción conservadora frente al liberalismo, es necesario comprender qué implicó el desarrollo e instauración del ideario liberal en las sociedades que lo fueron adoptando. Desde su desarrollo, el liberalismo ha implicado dos fenómenos que sus críticos actuales parecen no considerar del todo.

Primero, implicó una revolución copernicana respecto a la relación entre gobernantes y gobernados, al impulsar la búsqueda del fin de los privilegios legales y de la arbitrariedad de los gobernantes, junto con el establecimiento de límites al ejercicio del poder y criterios de justificación de tal ejercicio. El poder entonces ya no estaría justificado simplemente por el carisma, la tradición o la fe. El individualismo liberal aplicado al ámbito político no solo produjo la irrupción de los derechos individuales como propios de cada ser humano sino que abrió el camino a los afanes por descentralizar el poder político y con ello, separarlo del ámbito de la fe.

Segundo, implicó una revolución copernicana con relación a los modos de vida que las personas llevaban hasta ese momento. La libertad económica impulsada por el liberalismo, que significó desamarrar la libre iniciativa de la trampa de los gremios, el proteccionismo y el mercantilismo, dio paso al progreso científico y el desarrollo técnico, que se tradujeron en la creciente satisfacción de las necesidades de muchas más personas. Pero además, aquello implicó un salto cuantitativo y cualitativo en diversas dimensiones de la vida humana en aquellas sociedades que abrazaron el liberalismo, el pensamiento ilustrado y el capitalismo.

Ambos fenómenos relacionados con el liberalismo a nivel político y económico impulsaron el paso desde una sociedad de estatus a una sociedad de contratos, una sociedad liberal donde cada sujeto no está sometido a rígidas estructuras estamentales, ni está determinado por sus filiaciones, ni tampoco está sumiso a los criterios del monarca, el clérigo o los agentes del estado, sino a su propia razonabilidad, a partir de la cual establece sus propias metas y búsquedas. Eso, traducido en el ejercicio de la libertad de conciencia obviamente rompió con la idea de un orden social establecido e inmutable amparado en supuestas leyes naturales o criterios metafísicos como la voluntad de dios, a los cuales los individuos deben fidelidad bajo la idea de comunidad y que los gobernantes, clérigos y otros grupos intentaban imponer para mantener sus propias fuentes de dominio.

Todo lo sólido se desvanece

La crítica conservadora al liberalismo, tanto a nivel moral como económico, se asemeja a lo esbozado por el filósofo Gerald H. Cohen cuando plantea que el capitalismo se basa en el egoísmo del ser humano y no en sus potenciales virtudes.

El reproche conservador a la idea del homoeconomicus (discutible pero erróneamente atribuida como antropología liberal obviando las reflexiones de autores como David Hume o Adam Smith) no solo es un burdo reduccionismo del liberalismo, sino que parece responder no tanto al rechazo del egoísmo en sí tan propio de los seres humanos, sino al rechazo de las subjetividades que el ejercicio de la libertad económica hace florecer en las sociedades abiertas.

La idea de sujetos que, a partir de su propia naturaleza, definen subjetivamente una variedad de preferencias dentro de las posibilidades existentes, se contrapone a la idea de una supuesta naturaleza humana que define de manera rígida un orden normativo específico, como el que presumen los conservadores. Ello explica la nueva monserga conservadora con relación a la liberación del individuo respecto a sus relaciones sociales y también con respecto a la naturaleza. Esto deriva en dos tipos de crítica entrelazadas; una que plantea que el libre mercado destruiría las estructuras comunitarias (eufemismos para estructuras estamentales y tradicionales); y otra que plantea que el dominio económico de la naturaleza no solo rompe con los límites que la naturaleza establece al ser humano sino que pone en riesgo su supervivencia. En otras palabras, para los conservadores, el liberalismo se tornaría insostenible al romper con las normas de la vida comunitaria y con los entornos que la permiten. En este escrito intentaré abordar la primera crítica.
La idea de que el liberalismo, expresado en la libertad económica y moral atomiza a los sujetos y destruye lo que podemos considerar como las bases de la vida comunitaria, es habitual entre las críticas conservadoras. En general se plantea que la exaltación de la voluntad personal y la capacidad de elección fomentada por el libre flujo económico, en nombre de la libertad, rompería normas esenciales para la estabilidad de la vida social. El liberalismo, entonces, debilitaría los vínculos sociales y comunitarios más básicos que favorecen la libertad de las personas en un sentido más elevado que la simple libertad de elegir. Bajo este diagnóstico, los actuales críticos del liberalismo plantean la eventual deuda del liberalismo con la noción de libertad como autogobierno, cuya aspiración más clásica es alcanzar una vida virtuosa.

La crítica anteriormente esbozada parece ser una especie de pendiente resbaladiza, sobre todo si consideramos que, por ejemplo, el ejercicio de la libertad económica no necesariamente acaba con lo que podemos considerar como vínculos sociales, sino que permite y refuerza el desarrollo de virtudes claves para la cooperación social como el cumplimiento de los acuerdos, la prudencia, la responsabilidad personal y las relaciones pacíficas entre oferentes y demandantes. Eso al menos parece ser lo que ocurre cuando las personas actúan libremente a nivel económico y moral. En ese sentido, las críticas al liberalismo ya sean marxistas o conservadoras, aun no logran demostrar que efectivamente el interés propio siempre conlleva efectos nefastos a nivel agregado. En general, los intentos por demostrar aquello se ciñen a casos específicos cuyas causales tienen una infinidad de variables asociadas y no necesariamente responden al liberalismo en sí.

En relación a lo anterior, a diferencia de lo que los conservadores plantean, el liberalismo promueve la extensión de relaciones cooperativas entre las personas en múltiples dimensiones, sin mediar criterios arbitrarios, no solo a través de intercambios económicos en el mercado, sino que a partir de estos propicia la libre asociatividad en función de la expresión de valores diversos mediante los cuales los individuos se identifican, expresando sus diversas inquietudes comunes en conjunto con otros. Es decir, contrario a lo que plantean autores como Deneen, el liberalismo no se basa en una antropología reduccionista como el homoeconomicus, sino más bien en una antropología que considera una diversidad de aspectos morales que permiten a los seres humanos cooperar con otros y ejercer su libertad, tal como autores como David Hume y Adam Smith.

En relación a lo anterior, el liberalismo tampoco destruye la diversidad cultural como acusan sus críticos, sino que la fortalece al priorizar relaciones voluntarias y cooperativas entre las personas, muy a diferencia de las viejas estructuras estamentales, tan valoradas por ciertos conservadores, que priorizaban relaciones basadas en el estatus y la pertenencia a tales estructuras. El ejemplo más claro y primario de aquello son las primarias opciones por la tolerancia religiosa promovida por los pensadores liberales, en un contexto de fuerte sectarismo religioso entre católicos y protestantes en Europa. Para el caso chileno, no fueron los conservadores los que impulsaron primariamente la libertad de cultos sino los liberales. Basta considerar como el catolicismo pretendía mantener el monopolio sobre la fe, a punta de coerción legal, en desmedro de la libertad de conciencia de los grupos protestantes, para comprender que su posterior defensa de la libertad de cultos era instrumental.

“El liberalismo tampoco destruye la diversidad cultural como acusan sus críticos, sino que la fortalece al priorizar relaciones voluntarias y cooperativas entre las personas, muy a diferencia de las viejas estructuras estamentales, tan valoradas por ciertos conservadores, que priorizaban relaciones basadas en el estatus y la pertenencia a tales estructuras”.

Bajo el liberalismo, los individuos se desligan, no de los otros seres humanos como acusan los conservadores, sino de quienes pretenden imponérseles como pastores apelando a la fe, dios o la tradición. Eso parece molestar a los conservadores cuando se quejan de la libertad individual y acusan al liberalismo de romper con la idea de comunidad. No obstante, eso es desconocer u obviar las reflexiones liberales con respecto a la vida social, la solidaridad y la cooperación.

El liberalismo reconoce el hecho de que las personas conformamos diversos grupos y organizaciones voluntariamente y así también las disolvemos. Y con ello, también disolvemos supuestas fuentes de comunidad o nexos filiales. El liberalismo rechaza que se nos obliga a ser parte de tales comunidades o que un poder central rija tales asociaciones. Desde el liberalismo se considera que la libertad de asociación es la que define que asociaciones y comunidades existen y prevalecen, pues son conformaciones que surgen y desaparecen en función de los individuos que los conforman de manera contingente. Lo mismo sucede con las familias y sus particulares conformaciones. Los sujetos las conforman de forma individual, no por mandatos ni ordenamientos, sino por decisiones totalmente personales que se basan en sus creencias, intereses y pasiones. El liberalismo, en este caso, simplemente permite que esas conformaciones no estén dictaminadas sino que sean reflejo de la libre iniciativa de los individuos y sus acuerdos voluntariamente establecidos.

Lo mismo sucede con la libertad económica al permitir mejorar las condiciones generales de vida. Al no estar enfocados en la simple subsistencia, los individuos desarrollan aspectos morales y éticos más profundos en su relación con otros. Esto también explica que, a medida que los mercados son más desarrollados, la diversidad humana encuentra más espacios para expresarse de manera libre, mediante innovaciones institucionales no planificadas. La libertad favorece la cooperación y el respeto entre los sujetos, es decir, favorece la conformación de una diversidad de comunidades de manera voluntaria. Por eso, ahí donde los mercados se desarrollan de mejor forma, las personas pueden destinar parte de sus recursos a bienes más elevados como las artes, el ocio, la cultura y la solidaridad. La libertad económica y la libertades generales van de la mano.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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