Perdamos un país

En uno de mis tantos intentos frustrados para entrar en la selva de Santa Cruz, Bolivia, noté algo nuevo: se había repletado de gigantografías de Evo. Aunque no haya elecciones, nos vemos sometidos a propaganda todos los días, me dijeron. Literalmente lo mismo que dice Ece Temelkuranen su libro “Cómo perder un país”, un recetario de destrucción. Me hizo recordar a Chávez, Kirchner y Trump —Orbán y Erdogan eran casi inexistentes en mi imaginario—. Ella, en todo caso, escribe pensando en los «populistas de derecha». Y eso que nombra a Chávez un par de veces —estuvo allá en 2007 reporteando para después agarrarse en vivo con el embajador venezolano en Turquía por mentiroso (más cerca estaban Jackson y Boric, pero se demoraron harto más en avisparse de los malabares bolivarianos).

Temelkuran dice que hay que crear trabajos estatales para generar humanos dependientes de ellos —incluso extender líneas de Metro en función de sus votantes—; discutir en vivo siempre con «sonrizas burlonas de autoconfianza» —por favor ver al diputado Winter en YouTube—; atacar a los antiguos políticos y los consensos; gritonear contra los acuerdos multilaterales. Y así. Pamela Jiles debería leerlo. Crucial es «trastocar la lógica y el lenguaje», lo mismo que hacían —y hacen— teóricos y políticos para justificar la violencia, como decía Jorge Millas. Y así como Millas citaba a Mussolini para luego sacudir al lector y decirle que era en realidad el Che Guevara, Temelkuran cita discursos que «nos harían pensar que es el líder marxista de Chile, Salvador Allende, hablando tras su victoria electoral en 1970», pero en realidad es Nigel Farage.

Se ríe de ella misma y los antiguos anarquistas estructuralistas, lectores de Barthes y Adorno, hoy grises supervisores electorales. De condenar la democracia liberal opresora y patriarcal pasaron a ser los más férreos defensores de ella.

Recuerda cómo las víctimas no importan, tal como para Schalper y Jiles las personas que se quedarán sin pensiones. Todo en pos de la revolución «real» por el pueblo «real». Critica el «gran despertar» que espera Zizek apoyando a Trump, un pensamiento un cliché veinte años antes en Turquía para esos «cínicos intelectuales autoexiliados» que apoyaron a Erdogan y que de repente se muestran hoy «engañados» y «sorprendidos». Es decir, la copia exacta del frenteamplista Nicolás Grau, que apoya a Pamela Jiles con tal de que pierda la derecha. No le importa, dijo, votaría y se escaparía del país (fácil con esos tres millones al mes que dice le avergüenzan pero recibe igual). Chao con las víctimas. Ese es el costo del morbo y excitación que le causa a la izquierda la destrucción. Temelkuran concluye: «Muchos de sus miembros estaban tan enamorados de la destrucción política que tardaron años en plantear la cuestión crucial: ¿Con qué van a reemplazar el sistema?».

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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