El socialismo

La diferencia central entre el liberalismo y el socialismo, explicó el intelectual francés Jean François Revel en su obra ‘La gran mascarada’, es que el primero se desarrolla a partir de un conjunto de observaciones acerca de la realidad, intentando, a partir de su comprensión y reconociendo sus límites, crear una institucionalidad y cultura que genere prosperidad para los seres humanos. El socialismo, en cambio, es una ideología, es decir, ‘una construcción a priori elaborada antes y pese a los hechos y los derechos’ y es, por tanto, ‘contraria a la ciencia, la filosofía y la religión’, pues rechaza la idea de respeto por el ser humano propia de la moral, la de trascendencia que es consustancial a la religión y la realidad como fundamento de la acción que es la base de toda ciencia.

Revel, quien fuera comunista por más de una década, llegaría a definir la ideología como una ‘funesta invención del lado negro de nuestra inteligencia’, que no concibe que se le opongan objeciones más que en nombre de otra ideología. De ahí que los socialistas hablen del ‘neoliberalismo’ o ‘liberalismo’ como si se tratara de una construcción abstracta y a priori igual que el socialismo y no de una teoría que, como explicó Douglass North, se acerca a una mejor comprensión de la realidad y que genera, por esa razón, mejores resultados que el socialismo.

Ese mismo desprecio por la realidad y por el ser humano concreto explica que las críticas del socialismo al liberalismo siempre se hagan comparando la utopía que supuestamente los socialistas son capaces de construir, con la realidad que los sistemas liberales existentes ofrecen. Buena parte de la fuerza en la narrativa de la izquierda viene precisamente del hecho de que la fantasía que promete siempre superará a la realidad imperfecta que pretende superar. La denuncia sistemática que hacen del sistema de mercado, por ejemplo, sigue este patrón utópico.

“Dado que el liberalismo nunca ha pretendido construir un mundo perfecto, pues carece de utopía, entonces a los ojos del socialismo este siempre fracasa. Pero lo cierto es que ese realismo es su mayor fortaleza, mientras que, en el socialismo, ese desprecio por el ser humano y su realidad concreta debe necesariamente traducirse en una práctica criminal”

En la sociedad comunista, argumentó Marx, no solo vamos a ser todos iguales conviviendo en un mundo de amor fraternal, sino que además van a ‘fluir a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva’. Trotski, por su parte, prometería que ‘en la sociedad comunista el tipo humano promedio llegará a las alturas de un Aristóteles, un Goethe o un Marx’. Es cosa entonces de aplicar el comunismo y las personas promedio tendrán el nivel intelectual de Aristóteles, las tensiones sociales dejarán de existir y la riqueza será casi infinita. ¿Cómo puede competir la sobria resignación ante la realidad del liberalismo de un Adam Smith, Hayek o Friedman, con esa oferta retórica?

Dado que el liberalismo nunca ha pretendido construir un mundo perfecto, pues carece de utopía, entonces a los ojos del socialismo este siempre fracasa. Pero lo cierto es que ese realismo es su mayor fortaleza, mientras que, en el socialismo, ese desprecio por el ser humano y su realidad concreta debe necesariamente traducirse en una práctica criminal.

La creación de un ‘hombre nuevo’, como lo llamaban los socialistas, implica por definición la destrucción del que existe hoy, junto con toda la realidad social, económica e institucional que le da origen. Desde luego, en ese objetivo de llegar al paraíso terrenal, no importa cuántos millones de personas deben ser asesinadas. Y es que, hay que insistir, para el socialismo, a diferencia del liberalismo, el individuo de aquí y ahora con sus derechos fundamentales no es lo relevante, sino ‘El Hombre’ o ‘El Pueblo’ como abstracción y proyecto futuro. Esa mentalidad es la que llevaría al célebre historiador británico Eric Hobsbawm, miembro del Partido Comunista inglés, a sostener sin un atisbo de duda en una entrevista en 1994 que la muerte de 20 millones de personas se justificaba para alcanzar la utopía comunista.

Esta vocación totalitaria derivada del utopismo explica también que los comunistas y muchos socialistas defiendan sin complejo a dictadores y genocidas de izquierda, mientras denuncian a dictadores ‘fascistas’ y hablan de democracia y derechos humanos. Pero la verdad es que la naturaleza criminal del socialismo en tanto ideología es, según explicó el mismo Revel, idéntica a la del nazismo, que no es más que una variante nacionalista del mismo socialismo. No es casualidad que Hitler haya dicho a Hermann Rauschning que él no solo era ‘el vencedor del marxismo’, sino también su ‘realizador’, ni que su ministro de propaganda Joseph Goebbels se haya convertido al socialismo luego de haber leído a Marx y Engels en 1919. Es porque comparten idéntica naturaleza ideológica que ambos sistemas producen los mismos resultados, aun cuando el socialismo marxista, a diferencia del nazismo, utilice un lenguaje humanista para disfrazar y justificar sus genocidios y sistemas represivos. El humanismo discursivo del totalitarismo marxista es, sin duda, una razón central del porqué este goza de la popularidad y prestigio de la que carece por completo el nazismo.

Ahora bien, al igual que el nazismo, para abrazar el socialismo marxista se requiere de una determinada constitución psíquica, una disposición mental a la violencia y la criminalidad sistémica justificada en una gran idea. Y también se requiere de un narcisismo exacerbado que permite al socialista verse a sí mismo como el encargado de construir ese paraíso sobre la tierra y cambiar el curso de la historia humana. Para ello, obviamente, debe reclamar una autoridad moral y conocimiento incuestionable, los que además sirven de justificación para el control del poder total que solo el socialista puede ejercer, siempre, por supuesto, en nombre de la abstracción llamada ‘pueblo’.

Hasta el día de hoy, los socialistas de raigambre marxista reflejan las características recién descritas, a pesar de que hay diversos grados de embriaguez ideológica entre ellos. En América Latina, donde más influencia e impacto consiguen, continúan proponiendo proyectos refundacionales envueltos en narrativas populistas, según las cuales todo cambiará cuando desaparezca el ‘neoliberalismo’. Nada de eso debiera asombrar, pues, como sugería Revel, el socialismo es una patología intelectual cuya esencia consiste en el desprecio por la realidad y la dignidad de los individuos.

Lo que sorprende es que muchos de quienes están del otro lado fracasen en entender la naturaleza intrínsecamente totalitaria y antidemocrática de sus promotores, así como la constitución psíquica sobre las que se monta su impermeable fanatismo y vocación de poder. Es esa debilidad de los opositores del socialismo lo que le abre las puertas. Y es que, así como los socialistas entienden todo en clave ideológica, muchos liberales y conservadores ven todo en términos racionales. Creen, como consecuencia, que es posible dialogar con ellos y hacerles concesiones sin entender que es la esencia irracional del socialismo lo que le da su fuerza y atractivo y que es esa misma esencia irracional la que lo convierte en un movimiento con el poder de destruir todo a su paso.

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