Es bien difícil analizar las elecciones gringas, más aún acá, desde el fin del mundo, pero hay algo que me niego a creer: que los votos de Trump son una afirmación de todo lo malo que él, como individuo, representa.
Si se me ocurriera fundar un colegio Waldorf, ¿por qué el Estado podría prohibírmelo?
Hace tiempo que no se veía un robo tan grande como la semana pasada en Uruguay.
Nuestro presidente ganó millones invirtiendo en diferentes industrias, pero su imagen está ligada a la financiera.
Muy confusa la columna de Claudia Sanhueza sobre Hayek y Keynes.
Aparecieron nuestros rectores, quijotes de la gratuidad, que siempre hicieron caso omiso a los principales argumentos contra ella.
En la época en que la esquina de Lyon con Providencia estaba llena de smog y gente se podría haber parado a cualquier persona para preguntarle por lo largo de los cuellos de las jirafas.
Fernando Atria, como han dicho Pablo Ortúzar y Vanessa Kaiser en diferentes cartas, no ha parado de utilizar un lenguaje y estrategia de litigante para influir en la opinión pública.
Es triste que no podamos siquiera discutir sobre los fueguinos: los selk'nam y los haush fueron exterminados por colonos magallánicos, que hasta pagaban por las orejas de selk'nam.
“Lo que el Estado no puede hacer es prohibirnos crear cosas que no dañen a otros, como fundar un colegio”.
Las viejas verdades se olvidan, especialmente si no se inoculan en el lenguaje de las nuevas generaciones, insistía un viejo austríaco de la posguerra. Fernando Atria lo tuvo claro y evaporó estas verdades esparciendo mitos en matinales y universidades. Otros, en cambio, hacen de bisagras, y especialmente en la élite. Andrea Repetto, Jorge Correa o Rodrigo Vergara, por ejemplo, empujan las ideas que caminan inestables por cornisas.
Agustín Squella dijo que “todo derecho tiene un límite”, cuestionando el derecho de los padres de traspasar sus valores a sus hijos. Lo más chistoso que le he leído desde que acusó a Roger Scruton de «neoliberal». En algo tiene razón, eso sí: los derechos tienen límites, algo que Fernando Atria olvida cuando le conviene.
Disiento radicalmente con esta frase de José de Gregorio publicada en su diario el día de ayer: «La confianza en el correcto funcionamiento de instituciones autónomas no debiera depender de restricciones mecánicas».
En carta a su diario el día de ayer, Raphael Bergoeing sostiene que la gente que aduce peligrosos riesgos para oponerse a ciertos cambios es tonta (él dice 'necia'). Sin embargo, agrega otra razón, pero oculta: esa gente no querría transparentar sus intereses y, entonces, hablaría de riesgos como pretexto.
'La confianza en el correcto funcionamiento de instituciones autónomas no debiera depender de restricciones mecánicas'
Semana de símbolos. El Presidente nos recordó que aún no se da cuenta de que es el presidente de un país. Un concejal en skate —paladín del pontificado urbano y el almacén de barrio caro— nos recordó la todavía presente adolescencia de los frenteamplistas: predicar y no practicar.
Un pajarólogo británico, David Lindo, inició su obsesión pajarística cuando se dio cuenta de que los robins que se asomaban a su jardín —algo así como nuestros chincoles, por lo común— «no eran inmortales». El robin que se asomaba a su ventana no era uno, sino que miles de sucesiones de diferentes robins. Individuos. Una operación mental parecida a la que hacen los que tienen mascotas: humanizar al animal. Yo nunca he sabido explicar por qué miro pájaros, pero creo que es por algo inverso: mimetizarme con ellos, antes que humanizarlos.
En carta a su diario, el director del servicio de migrantes jesuita, José Tomás Vicuña, hace un magnánimo llamado a pensar con profundidad, pero acto seguido asigna responsabilidades del terrible asesinato de un ser humano a “la sociedad”.
Ahora se espantan por el hambre. Igual bueno, hace años que venían ninguneándola.
Es bien raro creerse santos. Peor inventar que se dona la mitad cuando en realidad es un cuarto.
«El progreso no es una bendición ininterrumpida.
A menudo viene con sacrificios y luchas»