La otra violencia

La crisis social que ya lleva más de un mes y medio ha dejado al desnudo profundas grietas estructurales en todo el sistema político chileno. Pero esta crisis también ha revelado el crítico nivel de polarización política que tenemos. Polarización que nos ha llevado a excavar trincheras aún más profundas con tal de “no ser como el otro”, porque el otro “piensa de forma tan equivocada que no debiese poder expresarse”. Esta lógica de polarización no sólo nos ha llevado a ver cómo la estructura institucional se ha destruido, sino también la estructura social, el arquetipo de la confianza.

“La nula capacidad de tolerar a quien piensa distinto, de ser incapaz de escuchar y entender o simplemente de amedrentar por no cumplir con ciertos lineamientos morales ha alcanzado ribetes que distan de ser adecuados para una democracia”

La nula capacidad de tolerar a quien piensa distinto, de ser incapaz de escuchar y entender o simplemente de amedrentar por no cumplir con ciertos lineamientos morales ha alcanzado ribetes que distan de ser adecuados para una democracia, que ahora son alimentados por un totalitarismo partisano. Así, vamos construyendo un solo relato posible y permitido, el “nuestro”, y del cual el “otro” debe abstenerse de opinar. El que no habla, pasa.

La infantil funa al chef José Luis Calfucura del restaurant Amaia, sólo por haber recibido al Presidente Piñera, exigiéndole remover su bandera mapuche por “traicionar todo lo que representa la lucha”, los tristes casos de enfrentamiento político en diversos episodios en matinales de distintos canales nacionales, las funas universitarias censurando autoridades académicas o el atávico show clasista en Portal La Dehesa demuestran que aquel principio de cohesión social democrático que era sustentado por la defensa de la libertad de expresión está completamente ausente en esta crisis.

Y es aquella violencia discursiva -más abstracta- la que corre en paralelo respecto a la violencia de los saqueos o de las barricadas y de la cual nadie se ha hecho cargo. Es más, la enaltecen relativizándola con discursos disfrazados de buenas intenciones, donde gran parte de este rol subyace en ciertos medios de comunicación, figuras públicas y líderes políticos. Lo que omiten aquellos que no dan cuenta de lo nocivo de fomentar la trinchera de opinión es que incitan a la persecución del distinto, a la deshumanización y a no escuchar argumentos contrarios, toda vez que se arrogan de una verdad iluminada e intentan el equivocado cálculo que la violencia puede manipularse y servir a designios particulares. Pero al mismo tiempo olvidan que la ira y el odio difícilmente se pueden encauzar y siempre se desbordan.

La “solución” dista de ser menos compleja. Las instituciones, el sistema político e incluso la economía pueden volver a levantarse, pero lo que sí es un desafío mayor -y obviado- es reconstruir la confianza social, el volver a escucharse. Parte importante de la reconstrucción social -la cohesión- será no sólo tarea de quienes hemos vivido en un vaivén esquizofrénico de emociones, sino de quienes detentan en algún sentido poder e influencia y que han contribuido penosamente a esta división que sólo deshumaniza al otro, al distinto.

Pero para que esa cohesión pueda ser posible, esos influencers tendrán que perder ese dominio que otorgan sus plataformas para viralizar la opinión polarizante y simplona. Esto significará el perderse en la irrelevancia temporal en ciertas discusiones y estar obligados a generar con más entusiasmo un ambiente donde se tolere al que está al frente. En términos simples, tendrán que perder rating. Dejar de buscar carroña y empezar a “cazar” por algo más sofisticado. El rescate de estos ideales democráticos depende bastante de ese criterio olvidado.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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