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Democracia al matadero

El 25 de agosto de 1973, Radomiro Tomic envió una carta al recién renunciado Comandante en jefe del Ejército de ese entonces, Carlos Prats. En la misiva, el político democratacristiano manifestaba su solidaridad con el militar que, días antes, había dimitido de su cargo debido a las crecientes tensiones que se incubaban entre la oficialidad militar. Prats, que ya había sofocado el llamado Tanquetazo en junio de ese año, pero había perdido el ascendiente entre un sector de la tropa, no quería ser “pretexto para quienes buscan el derrocamiento del gobierno constitucional”.

La polarización política hacía mella en todos los espacios, la violencia política se respiraba en el ambiente y el renunciado general no quería ser parte de una resolución de ese tipo ni un enfrentamiento fratricida. La posibilidad de una salida política, sin violencia, era buscada por algunos actores de diversos sectores y rechazada por otros varios. Había que auto cumplir la profecía revolucionaria, de lo contrario se negociaba con la burguesía. Incluso el propio Presidente Allende no tuvo el respaldo de su partido en cuanto a una salida mediante un plebiscito. Tomic comprendía aquel escenario y advertía con lucidez premonitoria que “la turbia ola de pasiones exacerbadas y violencia, de ceguera moral e irresponsabilidad, de debilidades y claudicaciones que estremece a todos los sectores de la nacionalidad, y que es obra, en grado mayor o menor, de todos ellos, amenaza sumergir el país tal vez por muchos años”. Y agregaba con notable lucidez,: “Sería injusto negar que la responsabilidad de algunos es mayor que la de otros, pero, unos más y otros menos, entre todos estamos empujando a la democracia chilena al matadero”.

Cual Sócrates, la democracia chilena era víctima del extremismo y la intolerancia de algunos de sus actores. La carta de Tomic, como claro testimonio, podría ayudara reflexionara las nuevas generaciones acerca de cómo una sociedad democrática, a punta de intolerancia y extremismo, puede terminar por sepultar su propia democracia. Esta preocupación no necesariamente se propone para evaluar el pasado reciente, sino para proyectar el futuro próximo, sobre todo porque en Chile, a nivel político y social, parece volver a primar una mentalidad política maniquea, que a ratos raya con la estupidez misma, y que se traduce en intolerancia y violencia. En medio de eso se elevan los nuevos sacerdotes de la moral, sobre todo revolucionaria, a dictar cátedra y juzgar quiénes pueden participar y quiénes no del debate público, los cargos, etc.

“en Chile, a nivel político y social, parece volver a primar una mentalidad política maniquea, que a ratos raya con la estupidez misma, y que se traduce en intolerancia y violencia.”

 

Lo que se olvida con frecuencia es que la democracia es un régimen frágil, porque está expuesto de manera abierta no solo a la multiplicidad de opiniones de los ciudadanos, sino a sus diversas pasiones. En ese proceso de tensión entre la necesaria templanza y los afanes más radicales que aparecen cada tanto, muchas veces se pierde la perspectiva acerca de lo que implica la democracia misma como régimen político en comparación con otras formas de gobierno. Entonces se la desprecia, se le presume insuficiente e innecesaria para los fines supuestamente elevados y colectivos, por lo que se le rechaza en nombre de algún régimen ideal y perfecto. Así, de manera a veces no premeditada y otras de forma consciente, se comienzan a debilitar sus cimientos más esenciales bajo la presunción de que se impulsan afanes democráticos o justicieros. Entonces, la libertad que la democracia permite a cada ciudadano, algunos la asumen como burda licencia, la cual termina confundiéndose con la simple arbitrariedad. ¿No es eso acaso lo que parecen presumir nuestros jóvenes “luchadores sociales” al pretender incendiar no solo sus escuelas sino a sus profesores? ¿o esos “justicieros” cuyo modo de acción es el linchamiento universitario?

El problema es que muchos, sobre todo líderes políticos, avivan la cueca de esos verdugos de la democracia que actúan en nombre de la misma. Pero como nos muestra nuestra propia historia reciente y la de otros países como Venezuela, luego aquellos que han avivado las peores pasiones quieren frenarlas o negociar con ellas de alguna forma dentro de las reglas de la democracia y se les hace imposible. Ahí la democracia ya ha muerto y de ese cadáver surge el peor de los regímenes, la tiranía.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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