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Zapallar y Cartagena Publicado en La Segunda, 15.04.2020

Zapallar y Cartagena

La pandemia generó apariciones —pumas en la ciudad, expertos en epidemiología y unos nuevos santos autoproclamados que vienen a reemplazar a los jesuitas, ya en retirada—. Y también desapariciones. Entre estas últimas, la más increíble ha sido la del Frente Amplio. Quizás porque estas cosas son solo «para grandes», como insinuó el senador Letelier. O quizás porque, dado que hay que cooperar, mejor no hablar (siguiendo a sus referentes intelectuales, Schmitt, Laclau y Mouffe). En España, su símil, Podemos, aunque desde el gobierno, sí torpedea. «Los podemitas —como los llamó Javier Marías— arremeten contra los millonarios porque destinan millones a ayudar a la sanidad». Acá el FA quedó cuello con el éxito de esa Teletón que tanto conflicto mental les causa (y eso que fue una Teletón sin show).

Dice el mito que la torcaza sobrevivió gracias a que algunos ejemplares quedaron refugiados entre los bosques zapallarinos, donde el virus no pudo llegar.

Poco dijeron sobre la donación de la CPC. Y siguen desaparecidos, más allá de uno que otro chascarro. Aparecieron animales, verdad, pero ya se considera como ovnis a algunos bastante comunes. Parece que muchos se detienen y observan por primera vez. El viralizado video de los cóndores en edificios es un ejemplo. No son tan comunes acá, pero la verdad es que hace rato se aguacharon ahí, en el cerro Alvarado, destruido hace años por Torrealba y Ravinet. Están ahí cebados por la abundante comida que les dejan los opíparos asados zorrones. Este encierro sí traerá cambios: conocimientos sobre pájaros, cine, y uno que otro truco para cocinar. Aumentarán los divorcios, pero no mucho más. Por más que esta economía se haya congelado, su descongelación traerá la antigua vida de vuelta —me acordé de Walt Disney, ¿seguirá congelado?—. No creo que la gente deje de comprar plasmas o tomar aviones si puede. A lo mejor sí dejan los cruceros. Aunque los plasmas van a ser fabricados en Indonesia en vez de China. Y tendremos que entregar nuestros datos al Leviatán.

Es difícil que salgamos más buenos, verdes y veganos, pero ya debería aprobarse la Ley de Biodiversidad. Es la ley ambiental más importante en años, pero está estancada porque a los diputados les da por discutir sobre carreras de galgos —adivinen a quiénes—. Deprimente. Hay que celebrar eso sí la aprobación de la Ley de Humedales Urbanos. Pasó desapercibida entre tanto grito veraniego. Permitirá proteger humedales hoy de moda, como el de Zapallar, abandonado por su municipalidad, y el de Cartagena, protegido por la suya. En la década de los sesenta, ahí en Zapallar se refugió nuestra elegante paloma chilena, la torcaza. En esos años otra epidemia, otro virus, el «de Newcastle», casi la extingue por completo. Dice el mito que la especie sobrevivió gracias a que algunos ejemplares quedaron refugiados entre los bosques zapallarinos, donde el virus no pudo llegar. Quizás por algo tantos humanos partieron para allá. Habrá que averiguar por qué tantos se fueron también a Cartagena.
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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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