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Winter y la meritocracia Publicado en El Líbero, 16.05.2025

Winter y la meritocracia

imagen autor Autor: Juan Lagos

En Tolerancia Cero, el diputado Gonzalo Winter expuso sin ambigüedades su ideal político: una sociedad sin clases sociales. Aunque evitó llamarlo comunismo, la idea no se aleja demasiado. Señaló que la herencia «es la antítesis del mérito», como si el apellido fuera el único determinante del destino de las personas en Chile. Algunos se rieron, otros lo acusaron de ingenuo. Pero conviene tomarse en serio lo que dice Winter. Al menos tiene la franqueza de plantear sin filtros el horizonte igualitarista que lo anima.

«No hay programa social que pueda reemplazar el beneficio social que genera el crecimiento económico. Nada empareja más la cancha que un país que crece, que genera empleos, que permite que la gente mejor su situación por sus propios medios. Es momento de que las aspiraciones de Gonzalo Winter vayan en esa dirección»

Discursos como el de Winter ayudan a entender por qué Hayek fue un opositor frontal a la idea de organizar una sociedad en torno al mérito. No porque creyera que el mérito no importa, sino porque sabía que no hay nadie capaz de medirlo de manera justa. En una sociedad libre, lo que se recompensa no son las intenciones, ni los sacrificios invisibles, sino los resultados efectivos que otros valoran. Y si existe un sistema que valora menos los apellidos y más los aportes reales, es precisamente el mercado: tiende a premiar a quienes ofrecen algo útil, sin preguntar de dónde vienen ni qué tan noble fue su esfuerzo. Hayek advertía que el problema no es que algunas personas crean que otras merecen más, sino que quieran corregir los resultados como si supieran con certeza quién debió haber sido premiado. El riesgo está en transformar cada desigualdad en un error que debe ser reparado por alguien.

Lo más notable es que Chile no necesitó de adalides contrarios a la herencia para convertirse en un país de oportunidades. Cuando los discursos igualitarios que Winter enarbola eran minoritarios y peregrinos, nuestro país fue un ejemplo de movilidad social, nada más y nada menos que el país con mayor movilidad de la OCDE. Ese fenómeno no fue producto de una repartición planificada, sino del crecimiento económico, la libertad para emprender, la expansión de la educación superior y la apertura de mercados. No se trataba de que todos partieran desde el mismo lugar, sino de que muchos más pudieran avanzar. En vez de repartir puestos, el modelo chileno abrió caminos. Y por eso funcionó.

Pero ese Chile que ofrecía oportunidades reales empezó a ser desmontado precisamente por la generación que hoy gobierna. Lo hicieron impulsados por una visión igualitaria obsesionada con borrar cualquier diferencia, incluso a costa de destruir lo que funcionaba. El ranking de notas fue una muestra clara de ese espíritu: una política diseñada para nivelar por abajo, sin medir consecuencias. Los resultados no tardaron en llegar: destrucción de liceos emblemáticos, inflación de notas, pérdida de exigencia y deterioro del desempeño académico. Quienes impulsaron esta medida no han asumido responsabilidad alguna, pero la decisión de modificarla hoy es prueba suficiente de su fracaso. Apostaron por la ingeniería social y terminaron arruinando exactamente aquello que decían defender: las oportunidades.

Las verdaderas oportunidades para los más pobres no nacen de discursos grandilocuentes ni de planes diseñados por iluminados. Surgen en sociedades estables, previsibles y abiertas. Donde las reglas se respetan, el esfuerzo rinde frutos y el progreso depende más de lo que uno hace que de dónde viene. No hace falta prometer igualdad de resultados, basta con asegurar libertad de acción y certeza jurídica. Cuando el camino está despejado y no cambia cada cuatro años según el capricho político de turno, las personas pueden proyectarse. Y eso —y no otra cosa— es lo que permite a los que menos tienen aspirar a una vida mejor.

No hay programa social que pueda reemplazar el beneficio social que genera el crecimiento económico. Nada empareja más la cancha que un país que crece, que genera empleos, que permite que la gente mejor su situación por sus propios medios. Es momento de que las aspiraciones de Gonzalo Winter vayan en esa dirección, en lugar de insistir en experimentos de ingeniería social que solo terminan restringiendo la libertad de las personas. Si realmente quiere ayudar a los más pobres, haría bien en dejar de imaginar una sociedad diseñada desde arriba y empezar a defender las condiciones básicas que hacen posible el progreso: crecimiento, estabilidad y libertad. No necesitamos más intervencionismo disfrazado de justicia. Necesitamos recuperar las condiciones que alguna vez hicieron de Chile un país de oportunidades reales.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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