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Publicado en El Líbero, 13.03.2026
Publicado en El Líbero, 13.03.2026 En Chile, las mujeres ganan en promedio 21% menos que los hombres en sus trabajos. Aunque esta brecha ha disminuido de forma sostenida —una quinta parte en la última década— sigue generando debate público. ¿Se debe esto principalmente a una discriminación al momento de contratar mujeres? Según la economista Claudia Goldin, ganadora del Nobel de economía en 2023, quien ha dedicado su carrera a estudiar este fenómeno en Estados Unidos, la respuesta a esa pregunta es un «rotundo no».
Su explicación es que, si bien durante buena parte del siglo XX la discriminación laboral tuvo un rol importante, actualmente, las diferencias de ingresos se relacionan principalmente con decisiones vinculadas a la carrera laboral, la maternidad y la estructura del mercado del trabajo, no con arbitrariedades de empleadores sexistas.
En Chile, la brecha de ingresos que usualmente se comenta en la discusión pública no simpre compara remuneraciones por el mismo trabajo, lo cual es necesario para realmente entender el fenómeno y pensar soluciones. La cifra «pelada» no nos dice mucho, pero, al ajustar por cantidad de horas trabajadas, la diferencia salarial hombre-mujer se reduce a menos de la mitad, y al ajustar por preferencia de profesiones, la reducción sería todavía mayor.
«Las diferencias de ingresos se relacionan principalmente con decisiones vinculadas a la carrera laboral, la maternidad y la estructura del mercado del trabajo, no con arbitrariedades de empleadores sexistas».
Además, uno de los factores más determinantes es la maternidad: tras el nacimiento del primer hijo, los ingresos de las mujeres sufren un «castigo» persistente dado que las responsabilidades de cuidado recaen desproporcionadamente en ellas. De hecho, si se observa únicamente la brecha del salario por hora entre hombres y mujeres que viven en hogares sin menores de edad, esta se reduce aún más, lo que respalda la tesis de Goldin de que la discriminación arbitraria no es el principal motor de la brecha actual.
Esto también se observa en la evolución de los ingresos a lo largo de la vida. Durante la juventud, los hombres y las mujeres que viven en Chile experimentan trayectorias salariales muy similares. La divergencia aparece principalmente entre los 30 y 40 años, coincidiendo con la etapa en que muchas mujeres tienen hijos.
El mismo patrón aparece en el empleo. Tras el nacimiento del primer hijo, la tasa de empleo de las mujeres cae significativamente, mientras que la de los hombres prácticamente no cambia. En Chile, esta caída equivale, en promedio, a un 37% respecto de los hombres durante la década posterior al nacimiento del primer hijo. Es una reducción mayor al promedio de la OCDE (31%) e incluso al promedio de América Latina (35%), reflejando que la rigidez del mercado laboral chileno es alta relativo a otras economías.
Goldin sostiene que una parte importante de la brecha salarial se origina en la elección de lo que denomina «trabajos codiciosos». Es decir, empleos que exigen largas jornadas, menor flexibilidad, disponibilidad fuera del horario laboral o turnos mejor pagados, como los nocturnos. Estos trabajos suelen ofrecer mayores salarios porque son más exigentes, pero dificultan el equilibrio entre trabajo y vida familiar. En general, los hombres los eligen con mayor frecuencia.
En muchas parejas con hijos, uno de los miembros asume ese trabajo más demandante —y mejor remunerado— mientras el otro prioriza las responsabilidades del hogar. A pesar de ser una estrategia razonable, el resultado es una brecha de ingresos dentro del mismo hogar. Sin embargo, según Goldin, este mismo patrón se observa en parejas del mismo sexo, lo que sugiere que la dinámica responde más a la división de responsabilidades familiares que a discriminación por sexo.
La clave, entonces, está en hacer que esos «trabajos codiciosos» sean más compatibles con la vida familiar. En Chile, sin embargo, el mercado laboral sigue siendo rígido, especialmente para las mujeres, lo cual se ve reflejado en la falta de avances en reformas como la indemnización por años de servicio, la sala cuna universal o el aumento de la edad de jubilación. Además, algunas políticas públicas de tonos populistas han acentuado esa rigidez, elevando costos y distosionando las señales del mercado. Algunos ejemplos de ello son los aumentos acelerados del salario mínimo y reducción forzosa de la jornada laboral que no estuvo compensada por ganancias en productividad.
Para seguir reduciendo la brecha de ingresos, el desafío está en construir un mercado laboral más libre y flexible que permita a quienes tienen responsabilidades de cuidado acceder también a los trabajos mejor remunerados.
Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.
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