Habermas y el último argumento de la democracia liberal
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Publicado en La Segunda, 29.01.2025
Publicado en La Segunda, 29.01.2025 La escritora argentina Beatriz Sarlo, muerta hace poco, publicó en 2001 un libro titulado Batalla de las Ideas. En la izquierda y en la derecha intelectual chilena hay quienes se sienten «muy incómodos» con términos como «batalla cultural» o «batalla de las ideas», así que me imagino que crucifican a la Sarlo y su estética, qué atroz, deben decir, qué atroz utilizar esos términos, esas palabras, debe ser la clásica mujer extremista de política de trinchera. En fin, Sarlo me parecía de lo más elegante y sofisticada, desde cómo se vestía, hasta cómo hablaba y escribía. En ese libro, la escritora describe cómo después de que sacan a Perón en 1955 con un Golpe de Estado, se instala un sentimiento de inauguración epocal. Revistas literarias como Sur dedican números completos a temas políticos, nunca tratados. Había que descubrir qué era el peronismo, cómo había llegado, cómo podrían superarlo.
«Allende despojó de su derecho humano básico al trabajo a los chilenos. Los expulsaba sistemáticamente de todas las empresas estatales cuando militaban en otros partidos políticos, por acción y omisión. Emblemático es el caso de la empresa Sumar, para lo revisen los negacionistas»
Había efervescencia, había que instalar ideas. Lo mismo hacía otra revista llamada Contorno. La sensibilidad católica también hacía lo suyo, entre otros, con la revista Criterio, que decía que la Iglesia «no debía se compañera de ruta del capitalismo» debatiendo con los conservadores. Y acá tuvimos unos símiles, como la misma Conferencia Episcopal, con sus pastorales activistas y la revista Mensaje, que se contraponían a los católicos liberales y defensores del derecho de propiedad, una tropa de pecaminosos. Individualistas, atomísticos y antisolidarios, les decían en Argentina. Ya sabemos quién ganó allá, y sabemos también en qué terminó Chile. Y ahora acá, por ejemplo, aparece la presidenta del PS, Paulina Vodanovic, buscando instalar la idea de que el presidente Sebastián Piñera no tiene suficiente calidad moral como para que se luzca una estatua suya frente a La Moneda, donde está Salvador Allende y otros presidentes santificados culturalmente. Ella no argumentó nada, pero a pesar de lo que se ha buscado instalar, hay que recordar que Salvador Allende, con el poder que le daba el Estado, despojó de su derecho humano básico al trabajo a los chilenos. El Estado, y Allende, los expulsaba sistemáticamente de todas las empresas estatales cuando militaban en otros partidos políticos. Y lo hacía tanto de manera activa, como pasiva —por omisión, luego de reclamos, audiencias y falsos compromisos—. Emblemático es el caso de la empresa Sumar, para lo revisen los negacionistas. Y para qué detallar cómo violó arbitraria y sistemáticamente otros derechos humanos, como el de la libre expresión y el de la propiedad. Y dado que la izquierda es fanática del revisionismo moral —yo no —, es bueno recordarle que Allende, como experimentado doctor e incluso como Ministro de Salud, quería esterilizar a todos los «locos», a los «alienados», como les llamaba él, y su doctrina, popular en sus tiempos. El mundo vive sus propias efervescencias y renovaciones epocales, nunca hay que olvidarse.
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