Incompetente pero humano
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Publicado en La Segunda, 13.12.2017
Autor: Fernando Claro
Con la llegada de la primavera empiezan a llegar fotos a mi Whatsapp con diferentes especies de pájaros. Mis amistades, que saben de mis conocimientos de pajarólogo amateur, me las mandan para que les diga qué especies son. La tecnología, y una sana moda actual, al parecer, han ayudado a aumentar la curiosidad por nuestra fauna.
Entre todas las especies que me llegan, dos pájaros son los que más se repiten porque llaman la atención: los mirlos y las raras. Los mirlos, porque aparecen persiguiendo y siendo alimentados, como guaguas, por unas madres de mucho menor tamaño y, además, de otra especie, por lo general chincoles. Eso ocurre porque las hembras depositan sus huevos, silenciosamente, en los nidos de los chincoles, quienes luego los empollan sin saberlo. El resultado es que estos últimos terminan criando a unos pájaros de otra especie, entregándonos el fascinante espectáculo de ver a hijos gigantes persiguiendo a madres enanas, y diferentes. Parásitos de tomo y lomo que me hacen recordar a los políticos que salen elegidos para luego renunciar a sus partidos (entiendo que, afortunadamente, ninguno de ellos salió reelegido en esta vuelta).
Las raras, haciendo honor a su nombre, llaman la atención por otra razón: están constantemente chocando contra las ventanas o espejos, especialmente los de los autos. Chocan y picotean agresivamente estos vidrios porque se reflejan ellas mismas y creen que están siendo amenazadas, invadidas. Son tan territoriales que algunas incluso terminan destruyendo sus cráneos. Sus deseos de proteger el territorio las hacen actuar, entonces, de forma más parecida a los humanos que a los animales.
Bertrand Russell dijo que había ciertos deseos que son cruciales para la política y que, entre estos, algunos se vuelven especialmente importantes porque los humanos nunca logran satisfacerlos: codicia, rivalidad, vanidad y amor al poder. Serían algo así como «deseos infinitos». Por ejemplo, en una lucha real por territorio entre unas raras, la vencedora se quedaría tranquila y satisfecha —cual boa constrictor— luego de echar a su rival, a diferencia de los humanos, que siempre querrían más´¾como hacer crecer interminablemente su imperio, político o empresarial¾. Y esto, dice Russell, puede volverse todavía aún más grave porque, entre todos estos deseos infinitos, desgraciadamente la codicia no es el más intenso o importante. Que esta última pueda ser dominada, por ejemplo, por la rivalidad, explica el por qué «muchos hombres quedarían felices en la pobreza (o suicidándose como las raras humanizadas), siempre y cuando puedan asegurar el completo arruinamiento de sus rivales. De ahí también el actual nivel de impuestos».
Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.
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