La venganza jesuita

Pocos grupos en la historia de América Latina han hecho un mayor daño al bienestar de sus habitantes que los católicos jesuitas. Como explica Loris Zanatta en un fascinante libro sobre el populismo jesuita, estos han estado detrás de los peores populismos regionales siendo maestros, asesores e inspiradores de dictadores y aspirantes a dictadores como Juan Domingo Perón y Eva Perón, Fidel Castro y Hugo Chávez, sin mencionar su rol en la teología de la liberación.

El tema central en el populismo jesuita es la idea de que la salvación de las almas, el encuentro con el cuerpo de Cristo, solo puede darse en la unicidad, es decir, en la más absoluta sumisión de los individuos al colectivo. Si hemos de tener una auténtica comunidad, con genuinos lazos de amor fraternal como el que predicaba Cristo, la experiencia vital debe ser la misma para todos. Como consecuencia, el enemigo principal del jesuitismo católico es el liberalismo y el mercado. El liberalismo, al poner el énfasis en el individuo y sus derechos, promovería una ética del egoísmo que disgrega a la comunidad creando desigualdades y diferencias de destino que hacen imposible reconocer a sus integrantes como miembros del cuerpo de Cristo. La solidaridad, la experiencia común a la que hemos de estar todos sometidos, se desintegra y con ella el amor fraternal.

“El tema central en el populismo jesuita es la idea de que la salvación de las almas, el encuentro con el cuerpo de Cristo, solo puede darse en la unicidad, es decir, en la más absoluta sumisión de los individuos al colectivo.”

El capitalismo, por su parte, sería esencialmente anticristiano, porque corrompe la moral con su materialismo llevando a las personas a buscar sus propias satisfacciones hedonistas en lugar de compartir, como lo haría Cristo, con los más débiles y pobres el sufrimiento que estos padecen. Por eso, cuando los jesuitas instalaron sus misiones en Paraguay prohibieron la propiedad privada para los indígenas, fusionaron la ley y la fe creando un Estado ético, pues todo tenía que ser un tributo a Dios, desde la familia a la economía. De lo que se trataba no era de la búsqueda de progreso material, sino de la perfección moral, de la salvación de las almas creando a un hombre nuevo libre de egoísmo.

Todo este orden teocrático se encontraba bajo la dirección de los padres jesuitas, casta que se presentaba como casi divina en su misión de educar y salvar al pueblo. En cierto sentido, los jesuitas crearon los primeros experimentos comunistas de la América colonial y sin duda fundaron una religión política que perdura hasta hoy. Solo un Papa jesuita como Francisco, fiel exponente de esa religión política, podría haber declarado que “son los comunistas los que piensan como los cristianos”.

No todos los jesuitas siguen esta línea desde luego. Y tampoco es que los jesuitas sean, estrictamente hablando, marxistas. Es más bien al revés: muchos son católicos que vieron en el marxismo —y en el caso argentino en el fascismo—, vehículos que les servían para avanzar en la construcción de su ideal de cristiandad, para alcanzar el reino de Dios sobre la Tierra. Con esas ideologías comparten el antiliberalismo, el anticapitalismo y el antirracionalismo.

En otras palabras, jesuitas como Francisco rechazan los ingredientes esenciales de la vida moderna. Por eso prefieren santificar la pobreza y la miseria antes que celebrar la riqueza y les es más fácil promover tiranos católicos que apoyar a demócratas liberales. El populismo jesuita, anclado en nuestra matriz cultural, es fundamental a la hora de explicar por qué América Latina cae una y otra vez en experimentos refundacionales. Cada vez que el liberalismo logra avances sustanciales, este regresa para vengarse y demoler lo conseguido.

Nuestra región, predominantemente católica, lleva siglos en este conflicto y continuará en él porque porta en su ADN la reacción en contra de la modernidad racional y liberal a la que ve como incompatible con el ideal de vida cristiano. Por eso Perón decía que su misión era restaurar la “argentinidad”, cuya esencia era “el más puro sentimiento cristiano.” Eva, asesorada por el jesuita Benítez, afirmaba que el peronismo era “la esencia misma de Jesús”. Castro, educado como un anticapitalista católico por jesuitas, afirmaba que “Cristo predicó lo que estamos haciendo” y añadía que buscaba crear moral y materialmente la “sociedad perfecta”. Hugo Chávez, asesorado por jesuitas como el padre Jesús Gazo, sostenía que Cristo había sido “el más grande socialista de toda la historia”.

El socialismo en Chile contó también con el apoyo de vastos sectores del mundo católico que llegaron a crear el movimiento de sacerdotes “cristianos por el socialismo”, en apoyo de Salvador Allende. Hasta el día de hoy no es exagerado afirmar que cierta intuición moral organicista y anticapitalista predomina en buena parte del mundo católico nacional, incluso del que dice rechazar a la izquierda. Así las cosas, no es extraño que después del período liberal más radical y exitoso de su historia moderna, en Chile la venganza jesuita se haga presente de manera virulenta.

El terreno estaba fértil para que aparecieran los profetas de esa vieja religión política, la misma que abrazaron Perón, Castro y Chávez. Como los anteriores, nuestros profetas se sienten llamados a purificar moralmente a la sociedad de sus desigualdades y del egoísmo individualista que la ha corrompido bajo el “neoliberalismo”. La gran pregunta es cuál será el nivel de destrucción institucional y civilizatorio que van a provocar en esta ocasión. El 4 de septiembre tendremos parte de la respuesta.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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