La maldición del utopismo

La palabra “utopía” fue acuñada por Thomas More en 1516 para referirse a una sociedad basada en una extensa igualdad, sin propiedad privada regular y conducida por hombres sabios y viejos. “Utopía” viene del griego “topos” o “lugar” y “u”, prefijo que significa “inexistente”. Una utopía, es, por lo tanto, un lugar inexistente. Pero en la misma obra, More habla también de Eutopia, lo que desde el griego podría traducirse como “lugar feliz”.

Si bien More nos legó el concepto “utopía” como un lugar feliz inexistente, el utopismo es probablemente tan antiguo como la consciencia humana. Sus primeros registros se han encontrado en tablas de arcilla sumerias que datan del año dos mil antes de Cristo y evidencia de utopías posteriores se observa en sociedades de distintas regiones y épocas. Todas las utopías conocidas tienen en común el cuestionar la forma en que vivimos. Tower Sargent los llama “sueños sociales”.

Quienes se encuentran inmersos en culturas impregnadas de utopismo, como es ciertamente el caso de América Latina, se enfrentan con el desprecio por la realidad y con la eterna insatisfacción con lo alcanzado de vastos sectores de sus élites y habitantes. Visto así, el utopismo, es una forma de inmadurez social de consecuencias potencialmente devastadoras.

No hay ejemplo más persistente del poder destructivo del utopismo que la doctrina socialista. De hecho, originalmente, el concepto “socialismo” surgió para describir una utopía. Marx desecharía a los primeros socialistas precisamente por ser “utópicos”, abogando en cambio por un socialismo que él denominaba “científico”. Pero el socialismo de Marx era tan utópico en sus pretensiones como aquel en contra del cual se rebelaba y jamás pudo ofrecer ni económica ni sociológicamente una representación fidedigna de la realidad. De ahí que todas sus profecías fracasaran. A pesar de ello, su idea de que la creación de una sociedad basada en el amor fraternal, la igualdad y la abundancia para todos, era no solo posible sino una inevitabilidad histórica, continúa permeando entre sus seguidores y movilizando sentimientos incluso más allá de ellos.

Frente a ese mensaje utópico, quienes defienden la realidad, el mercado y la libertad, estarán siempre en desventaja a nivel discursivo y, por tanto, también a nivel político. Es por eso que el default, el orden natural de las cosas, en nuestra cultura al menos, tiende siempre hacia la izquierda.

Ahora bien, esta ventaja moral, hay que insistir, la poseen los socialistas, no por lo que han conseguido en la práctica —genocidios, miseria, dictaduras— sino porque lo que prometen es infinitamente superior para nuestra imaginación que lo que ya tenemos. Por eso no pagan un costo proporcional al mal que hacen en términos del prestigio de sus ideas, pues el ser humano está dispuesto a tolerar los peores crímenes cuando son cometidos en nombre de buenas intenciones. ¿Acaso llegar al paraíso no hace que casi cualquier costo valga la pena? A diferencia del concepto “socialismo” el de “capitalismo” asociado al liberalismo emergió desde el principio para describir un sistema real con todos sus problemas. La desesperación de liberales partidarios del libre mercado por su permanente derrota ante la tribuna de la opinión pública tiene mucho que ver con esta diferencia comunicativa: “socialismo” es un concepto normativo, esto es, con fuerza moral, “capitalismo” es meramente uno descriptivo de algo conocido e imperfecto.

Los adversarios del liberal discuten, así, no desde la realidad, sino desde un sueño. Como planteaba Revel, el socialismo ofrece una solución a todos los problemas del mundo, algo que el liberalismo clásico no hace, pues a diferencia del primero, reconoce en la realidad la fuente de información y el fundamento de la acción. Esta desventaja narrativa del liberalismo clásico tiene profundas repercusiones psíquicas e implica que el esfuerzo por mantener vibrante sus ideas debe ser mucho más grande en escala que el de los socialistas.

Lamentablemente, en nuestras tierras esto no se cumple porque prácticamente toda la élite intelectual, social y empresarial comparte, en diversos grados, la mentalidad utópica. En otras palabras, siente que los socialistas, en esencia, se encuentran del lado correcto del debate, incluso cuando racionalmente rechacen por razones prácticas sus propuestas concretas de política pública y económica.

Como consecuencia, el realismo por el que abogamos los liberales está condenado a ser sacrificado una y otra vez en nombre de una gran idea y a encontrar algo de defensa recién cuando el utopismo de la izquierda amenaza con arrasar absolutamente todo a su paso.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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