Edwards y al arte de renacer

Si el concepto de destrucción creadora de Joseph Schumpeter pudiera extraerse de la economía para aplicarse al tránsito espiritual e intelectual de algún personaje chileno, sin duda Sebastián Edwards sería el elegido. Sus memorias recientemente publicadas bajo el título “Conversación interrumpida”, aparte de exquisitamente escritas, sumergen al lector en un accidentado viaje al alma del autor. En la travesía nace y muere, entre otros, el socialista Edwards, que trabajó para el gobierno de Salvador Allende fijando precios. Se trata, sin embargo, de un socialista que estaba destinado a morir, pues nunca tuvo la madera que se requiere para ser un auténtico revolucionario marxista: el fanatismo incondicional, la disposición a obedecer cualquier cosa y el desprecio práctico por la dignidad de las personas que demanda la redención teórica del género humano como un todo. Siempre hubo en él un escepticismo casi celular, que, como sabemos, es la base de todo liberalismo.
 
No es que Edwards sea un socialista renovado como se definen muchos intelectuales y políticos que gobiernan hoy, sintiendo nostalgia por la utopía igualitarista que llevó a baños de sangre y que aún admiran en la Cuba de los Castro. No. En Edwards no solo murió el sueño intelectual marxista, sino que desde sus cenizas nació el hombre con espíritu auténticamente humanista: el Edwards liberal que no siente nostalgia alguna por la revolución socialista. Obligado a dejar Chile por presiones del régimen militar y ayudado para esos efectos por personas que serían miembros y partidarios del mismo régimen, Edwards terminó en Chicago estudiando economía.
 
La elegancia y sólida lógica de lo que ahí se enseñaba, reconoce con algo de incomodidad el ahora profesor de la UCLA, lo terminó por seducir irremediablemente. Ahí murieron definitivamente las teorías socialistas aprendidas de Marta Harnecker en su paso por la Universidad de Chile y nació el economista Edwards que conocemos hoy: el que no teme a la realidad ni a los límites que esta impone a los sueños ideológicos y populistas que tanto daño han hecho a América Latina y que tanto mal están causando por estos días a nuestro país. En ese tránsito, Edwards desmitifica lo que era la escuela de Chicago invalidando de paso la descripción que brevemente hace de ella el editor del libro en la contratapa al calificarla sin más como “el altar de capitalismo” y “el reducto de Milton Friedman y los defensores del neoliberalismo”.
 
Recuerda que en la universidad había una gran diversidad de pensamiento, muchas “contradicciones” y que nunca vio el lavado de cerebro “neoliberal” que acusan sus detractores y que refleja el documental “Chicago boys”. Vale la pena recordar en este punto que Oskar Lange, uno de los economistas socialistas más importantes del siglo XX, era profesor en Chicago y que el marxista Andre Gunder Frank, que desarrolló la infame teoría de la dependencia y que llegara a tener gran influencia en el gobierno de la Unidad Popular, hizo su doctorado en Chicago dirigido nada menos que por Milton Friedman.
 
El relato de Edwards permite así romper el mito, a estas alturas universal, de quienes califican de ideológicas las teorías enseñadas en Chicago. Lo cierto es que se trata de una aproximación científica a cómo funciona el mundo y como tal está abierta a refutaciones basadas en evidencia y argumentos bien razonados. Nunca ha habido de parte de los profesores de Chicago una posición cerrada como la hay en muchos ideólogos socialistas. Precisamente por su apertura al diálogo serio y al trabajo empírico es que sus recetas han sido un éxito en todas partes del mundo en que se han aplicado, mientras que las de sus detractores socialistas han conducido al fracaso invariablemente. Como gusta decir a Arnold Harberger, una figura central en la historia de Edwards, las fuerzas del mercado son como las mareas y se puede optar por entenderlas o no.
 
En Chicago se buscaba entenderlas para a partir de ahí formular recomendaciones. Se trata, en otras palabras, de la aplicación del método científico a las ciencias sociales, es decir, de una visión que en esencia es antidogmática. Fue esa aproximación científica la que llevó a nuestro personaje a convertirse en uno de los economistas más destacados de la región. Murió así el Edwards de las penurias económicas y nació el profesor admirado y exitoso que llegaría a formar parte nada menos que del consejo de asesores económicos del gobernador de California, también integrado por Milton Friedman.
 
Pero tal vez la parte más rica de la biografía la provee la constelación de emociones que su autor revela. La trágica historia en una sociedad con la que nunca encajó plenamente -algo que ocurre a muchos que no se ajustan al espíritu gris y predecible de nuestro país-, la difícil y marcadora relación con su padre, sin duda la ecuación existencial más compleja que le tocó resolver y, por supuesto, su poética pasión por las mujeres, que lo inspirarían como un artista en búsqueda permanente de musas para seguir adelante imaginando y creando la obra de arte más desafiante de todas, que es la de la propia vida. En todo ello, Edwards se destruye y crea a sí mismo mil veces como un pintor inconformista e inseguro que desecha su lienzo cada vez que lo ha terminado para pintarlo nuevamente en la esperanza de hacerlo mejor.
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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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