Dónde están los amarillos

El 27 de febrero se cumplieron 33 años del día en que miles de saqueos marcaron «un inquietante y divisivo episodio del cual nunca llegó a ofrecerse un relato clarificador» cuenta un protagonista. Lo que sí hizo, sigue este escritor y azuzador, fue legitimar y «alentar a los voceros de la antipolítica». Todo esto, continúa, «lo sé bien porque, en aquel entonces, yo mismo formaba parte importante del coro». La efervescencia esos días era total; todos los medios, periodistas y opinólogos tenían una comprensión evidente, mágica, de la sociedad y de lo que pasaba: esa violencia era prueba clara e irrefutable «del fracaso de toda la clase política y el veredicto de culpabilidad de la democracia representativa». Una «espontánea jaquerie», se convirtió en una evidente protesta «contra el FMI y el Consenso de Washington», faltó poco para que «a los saqueadores… se les asignara el rango de expertos en macroeconomía y derecho constitucional».

Este personaje, Ibsen Martínez, escritor venezolano, se arrepiente de cómo años después de ese estallido escribía un famoso culebrón latino que arrasaba: “Por estas calles”. Ahí seguía azuzando la cueca, porque el guion era «atento a la agenda social»: todos los políticos eran cínicos y todos los empresarios coimeaban. «Durante la semana, como libretista, yo hacía de agitador callejero; [mientras que] los domingos, en mi columna semanal de El Nacional, citaba a Touraine o a Bourdieu» atacando empresarios y amigos del Presidente —que estaba en su segundo mandato y era un «abominado personaje»—. Parece chiste, pero bueno. Y el 98, escribía, «¿Por qué no me asusta Chávez? Dejen la alharaca, señores, y sírvanse otro whisky. Alternancia es el nombre del juego. ¿Tragedia? Trágico es lo que pasa en Kosovo».

«Alternancia», decía Martínez. «De ahí la arreglamos», dicen acá en Chile, donde los sensatos pero fanáticos de la Constituyente no se atreven a criticarla, a pesar de que saben que está payaseando. Ahí mismo, adentro, iban a rechazar muchas más normas, dijo el convencional socialista Andrés Cruz, pero al final no lo hicieron porque «era un golpe muy grande» —quizás qué amenazas les corrieron—.

Sería mejor que hablen ahora los futuros amarillos. Mario Waissbluth anda flameando la bandera, harto tarde. Es fácil ahora, después de haber institucionalizado las fake news en políticas educacionales y de no cansarse de jugar a ser revolucionario rodeándose de jóvenes desde 2011 —esos mismos que andan ahora con los «territorios» y la cacha de la espada—. Hoy día, tarde, Martínez reconoce: «ese fue mi aporte a la antipolítica [después del «Caracazo»]. Aunque yo, en ese momento, hubiera dicho: “No, yo creo en los partidos, yo creo en la alternabilidad”». Dicho en chileno: «en ese momento hubiera puesto frenos, hubiera dicho soy amarillo, pero preferí taquillar o, quizás, mantener una pega, para mí, el partido o amigos».

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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