El modelo Piñera
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Publicada en El Líbero, 10.04.2026
Publicada en El Líbero, 10.04.2026 A solo semanas desde la instalación de un nuevo gobierno, y la comunidad escolar se ha visto asolada por violentos ataques en contra de distintas instituciones. Si bien la violencia estudiantil ha visto un abrupto ascenso desde 2023 aproximadamente; estos hechos vuelven a recordarnos de la urgencia en defender principios claros frente a la delincuencia, venga esta de adultos o de adolescentes.
Desde hace años en Chile se viene discutiendo sobre medidas correctivas y de prevención para resguardar la seguridad dentro de los colegios. Lamentablemente, las retóricas que han prevalecido de facto, son aquellas que han tendido a la victimización, el buenismo oportunista y la lógica intervencionista que asfixia a las comunidades escolares a la hora de tomar decisiones urgentes. Muchos sectores han insistido en que tomar medidas drásticas en contra de la violencia estudiantil es reduccionista, injusto e incluso estigmatizante para los estudiantes. Por otra parte, algunos sectores académicos de la psicología y la pedagogía levantan criticas frente a modelos que juzgan, legítimamente, insuficientes. Esta postura se erige sobre el análisis, mayoritariamente correcto, de que el fenómenos de ataques contra las escuelas proviene de procesos complejos y multicausales, los cuales requieren de medidas de largo alcance, que incorporen cambios sociales, culturales, familiares, entre otros. Si bien es cierto que cualquier conducta antisocial en la niñez y juventud debe ser analizada con profundidad y solucionada con ciertas medidas de mayor aliento; estas también deben ser interceptadas a la brevedad y con una estructura normativa que desincentive estas acciones y devuelva la autoridad a los establecimientos que están a cargo de la integridad y formación de los alumnos (demás miembros docentes).
«El avance de la anomia generalizada estuvo respaldada y motivada por una élite política, que con una elocuente retórica victimista de la conducta antisocial e idealizante del "desorden civil"; socavaron la cultura del orden, el respeto a la autoridad y el comportamiento recto»
La urgencia de solucionar este problema de forma radical es fundamental. El problema de la violencia y su instalación en sociedades tan jóvenes como las estudiantiles, son la rapidez y solidez con la que se arraigan en las culturas. Desde la psicología social, se han estudiado los vínculos entre la cognición social y la moralidad del individuo. En este sentido, la Teoría de la Cognición social abarca globalmente varios de estos elementos, intentando vincular el conocimiento moral con el razonamiento de la acción moral misma (Bandura, 1999). De esta manera, ambos procesos se insertan en un contexto social y se comunican mediante mecanismos de autorregulación. La autorregulación, a diferencia de lo que en la actualidad se intenta instalar, es un proceso gradual en el desarrollo humano, pero que, alcanzando la madurez, la agencia moral es dominada por estándares propios, cuyas «autosanciones» están determinadas por el juicio interno y no así una supuesta «represión» impuesta por la civilización. Con todo, estas auto-sanciones permiten mantener la conducta en línea con los propios estándares, ya no solo motivados por castigos legales o culturales , sino por las propias aspiraciones éticas (Scandroglio, 2008).
Algunos pensarán que esto está lejos de ser la regla, pero lo que explican estas teorías es que la auto regulación moral puede ser un estándar establecido por la cultura política y social, para bien o para mal. Los mecanismos de autorregulación de la violencia, así como la mayoría de los elementos relacionales, pueden ser modificados desde el exterior. Por ello, estos pueden ser activados o inhibidos, permitiendo que maniobras sociales y psicológicas puedan desvincular las auto sanciones morales con la conducta inhumana. Por ello, el macrosistema cultural (así como las tendencias, ideologías políticas o narrativas hegemónicas) puede hacer que se inhiban las reacciones a comportamientos violentos y crueles. Albert Bandura (1999) categoriza variados mecanismos de desconexión moral con la crueldad; como la justificación moral, etiquetar conducta inhumana eufemísticamente, desplazar la responsabilidad, deshumanizar a ciertos sujetos o atribuir culpas a otros agentes.
Lo anterior permite recordar que en nuestro país, el avance de la anomia generalizada estuvo respaldada y motivada por una élite política, que con una elocuente retórica victimista de la conducta antisocial e idealizante del «desorden civil»; socavaron la cultura del orden, el respeto a la autoridad y el comportamiento recto. Asimismo, los relatos político-ideológicos no son inocuos, y es por esto que el comenzar por normas concretas y puntuales son un buen inicio para revertir estas tendencias. Es posible que las medidas recientemente promovidas por la actual administración no sean exhaustivas, pero van en la dirección correcta. El cambio cultural frente a este fenómeno debe comenzar por entregar un nuevo discurso de aprecio a la autonomía de estos cuerpos intermedios, de valoración a la autoridad docente y coherente con la instalación de un modelo de sociedad que reconoce en el orden, la autoridad y responsabilidad individual, elementos esenciales para la consolidación del progreso social, la igualdad y la libertad. Asimismo, Chile da un paso para enmendar la senda hacia la excelencia.
Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.
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