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Adam Smith: el intelectual de las masas Publicado en El Mercurio, 14.03.2026

Adam Smith: el intelectual de las masas

imagen autor Autor: Axel Kaiser

Este mes se cumplieron 250 años de la publicación de La riqueza de las naciones de Adam Smith, la obra más relevante de la historia del pensamiento económico. En términos simples, lo que Smith planteó en aquel libro fue que el sistema de libertad natural, es decir, aquel en el cual las personas son libres de decidir qué hacer con sus talentos, trabajo y propiedad, genera un orden espontáneo, esto es, no dirigido por autoridad central alguna, que incrementa la prosperidad general. Esa es la famosa mano invisible tan mal interpretada por socialistas de todas las épocas, quienes no conciben la posibilidad de que las personas estemos mejor en un orden de colaboración voluntario en lugar de uno dirigido por iluminados. La filosofía liberal de Smith llevó a una ética de igual dignidad o «igualdad de permisos», según afirmó Deirdre McCloskey, siendo esencial para superar la situación de miseria generalizada en que vivía la humanidad.

Demonizada por la izquierda e intelectuales de la época, la revolución industrial capitalista permitió una mejora inmediata en la calidad de vida de las masas como se explica claramente en el libro introductorio de economía La gran evasión, de Pablo Paniagua y Félix Muñoz. Sin embargo, hasta hoy esta es una verdad resistida. Una obra reciente de Phill Gramm y Donald Boudreaux sobre mitos en torno al capitalismo explica de manera magistral las falsedades históricas que se instalaron en torno a esa época. Que las personas tenían vidas mejores en los campos antes de moverse a las ciudades para trabajar en industrias es uno de esos mitos.

«Es a él, y no Marx o algún otro socialista, a quien debería considerarse el verdadero intelectual que trabajó por el bien de las masas».

Desde la caída del imperio romano en 476 hasta el siglo 18, la calidad de vida del trabajador promedio casi no tuvo mejora alguna. Hasta 1800 el 18% de los niños moría el primer año de vida y solo el 69% llegaba a la edad de 15 años. Esta dramática realidad afectaba a todas las clases sociales. La reina Ana de Inglaterra, que murió en 1714 a los 49 años de edad, tuvo diecisiete embarazos y ninguno de sus hijos nacidos vivos la sobrevivió. Hasta 1850 en Inglaterra y Francia la cantidad de calorías consumidas diariamente por una persona promedio era insuficiente para cubrir sus necesidades básicas.

 La pobreza en los campos era tan extrema que la gente vivía hacinada en pequeñas casuchas con piso de barro cubierto de paja soportando olores, ratones, plagas y suciedad repugnante. El historiador William Manchester describe así la realidad de la vivienda campesina: «La pieza central de la habitación era un gigantesco armazón de cama, apilado en alto con colchones de paja, todos pululando de alimañas. Todos dormían allí, independientemente de la edad o el sexo —abuelos, padres, hijos, nietos, y gallinas y cerdos— y si una pareja decidía disfrutar de la intimidad, los demás eran conscientes de cada movimiento. En verano, incluso podían observar. Si un extraño pasaba la noche, la hospitalidad requería que se le invitara a ser “uno más” en el colchón familiar».

La romantización de la vida rural antes de la revolución industrial se explica en parte porque quienes, como Charles Dickens y Friedrich Engels, escribieron sobre ella, jamás la vieron con sus propios ojos. Vamos ahora a los datos posrevolución industrial: entre 1841 y 1901 la expectativa de vida de los hombres subió 20% y la de las mujeres 24%. La alfabetización, que era menor a 65% para hombres y mujeres, llegó a casi 100%. Si se combinan diversas métricas como tasa de mortalidad, nutrición, salario, tamaño del hogar y se elabora un índice, como hizo Thomas Jordan, el resultado es que la calidad de vida se duplicó de 1840 a 1900.

 Otra falsedad es que los niños no trabajaban antes de la era industrial. De hecho, en el mundo agrícola los niños trabajan casi sin excepción para mantener el hogar, partiendo en muchos casos desde los cuatro años. Fue la innovación tecnológica y no las leyes que prohibían el trabajo infantil lo que hizo que este terminara desapareciendo por hacerlo innecesario.

Por último, si antes de la era industrial un tercio de las muchachas jóvenes de Londres trabajaba generalmente en malas condiciones y sin salario como empleadas de casas de ingresos medios y altos, las industrias les ofrecieron salario y jornadas más limitadas, razón por la cual eligieron trabajar en ellas.

En conclusión, no ha habido una fuerza más liberadora para las masas y la humanidad que el capitalismo desatado en parte por el liberalismo de Adam Smith. Es a él, y no Marx o algún otro socialista, a quien debería considerarse el verdadero intelectual que trabajó por el bien de las masas.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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