Por qué (casi) todo es caro
El economista Mark Perry, del American Enterprise Institute, utilizando datos del Bureau of Labor Statistics, ha elaborado un interesante gráfico […]
Publicado en El Líbero, 31.07.2026
Publicado en El Líbero, 31.07.2026 Un día, en una clase de finanzas corporativas de la universidad, el profe llegó y nos dijo a los veintitantos que estábamos ahí: «hoy les voy a enseñar como ganar un millón de dólares». Nos reímos. Y empezó a enseñarnos la fórmula para calcular el interés compuesto. Ya me la habían pasado en el colegio, pero nunca me había detenido a conectar cómo esa fórmula media complicada estaba estrechamente relacionada con el crecimiento de nuestras inversiones, los procesos de creación de riqueza y el progreso humano. Todavía no me acerco al millón de dólares, pero la fórmula no se me olvidó.
Por siglos, hubo quienes consideraron el cobro de intereses como una práctica inmoral. Esos críticos se preguntaban ¿qué justifica que alguien gane plata solo por prestarla? Es solo usura, se respondían. Sin embargo, en las economías modernas, sabemos que la justificación recae en el valor que los recursos tienen en el tiempo. Tener un millón de pesos hoy es más valioso que tener el mismo millón en un par de meses más, por la inflación, porque los humanos demandamos inmediatez y, sobre todo, porque durante esos meses podemos invertir esa plata —ponerla a trabajar, como dicen— para que vaya generando retornos.
«Impulsar y votar a favor de eliminar el interés compuesto es una aberración esperable de políticos comunistas y frenteamplistas, quienes tienen largo historial de ideas antimercado. Sin embargo, los políticos de centroizquierda también se les unieron en esta irresponsabilidad»
No quiero escribir algo enredado para mis lectores, pero no me aguanto a veces la jerga economicista. Desde la ciencia económica moderna, definimos los intereses como el costo de oportunidad de gastar plata hoy en vez de en el futuro. Es decir, si yo ahorro para el futuro en lugar de gastar hoy, algo me compensa por posponer mi consumo. Así, las personas a diario decidimos cuánto consumimos versus cuánto ahorramos, según nuestras posibilidades y preferencias. Si el inteterés no existiera, casi no tendríamos incentivos para posponer nuestro consumo, por lo que ahorraríamos mucho menos y le cortaríamos las piernas a nuestro mercado de capitales que financia viviendas, emprendimientos e innovaciones que mejoran nuestras calidades de vida y de empleo.
Habiendo dicho lo anterior, escribo esta columna porque durante la discusión legislativa del proyecto de ley de reconstrucción nacional impulsado por el gobierno, los legisladores de partidos de izquierda agregaron una indicación que elimina el «anatocismo», es decir, el interés compuesto. En la práctica, esa indicación prohibiría que los intereses generen nuevos intereses en el tiempo. Todo lo contrario a cómo funcionan las economías exitosas y prósperas en el resto del mundo.
Claro que para un deudor suena bien que atrasarse en pagar las cuotas de un préstamo no dispare los pagos hacia adelante por acumulación de intereses. Pero, intentar solucionar eso restringiendo el interés compuesto solo perjudicará el crédito y hará todo más caro, empezando por las viviendas. Los bancos —o cualquiera que preste plata— obviamente se adaptarían cobrando una tasa de interés simple mucho más alta desde el primer día, imposibilitando el acceso al financiamiento para muchas personas y emprendimientos, tal como advierten el Banco Central y la Comisión para el Mercado Financiero.
Y la pésima idea de eliminar el interés compuesto vale para ambos lados. Además de la vivienda, las cuentas de ahorro, los depósitos a plazo y los fondos de pensiones, son los principales mecanismos que las familias chilenas usan para ahorrar. Todo ello vería mermada su rentabilidad y por ende, las expectativas de creación de riqueza para el futuro de esas familias.
Impulsar y votar a favor de eliminar el interés compuesto es una aberración esperable de políticos comunistas y frente amplistas, quienes tienen largo historial de ideas antimercado. Sin embargo, los políticos de centroizquierda también se les unieron en esta irresponsabilidad, dejando claro cómo la demagogia anticapitalista le gana al sentido común. Si hasta los economistas de sus propios partidos políticos les quitaron el piso.
El mero hecho de que el Congreso discuta deshacer una herramienta tan elemental hará que un inversionista lo piense dos veces antes de poner su plata en el país. Por lo visto, para algunos políticos, la solidez de nuestras instituciones y el ahorro ajeno es un estorbo o, simplemente, es algo que no les despierta el más mínimo interés.
Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.
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