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Tres ministras frente al autoritarismo  identitario Publicado en El Líbero, 01.05.2026

Tres ministras frente al autoritarismo  identitario

imagen autor Autor: Antonia Russi

Desde la instalación, e incluso semanas antes, del gobierno de José Antonio Kast la oposición ha desplegado una estrategia, que si bien era esperable, no deja de asombrar por su maquiavélica intención. Desde que el gobierno de Gabriel Boric llegaba a su fin, sus adeptos anunciaban la futura rudeza con la que presionarían su agenda ideológica, pero lo que algunos no vimos venir fue con la hipocresía que empeñarían la espada de la mala fe, el cinismo y desdén hacia las virtudes no solo democráticas, sino que incluso humanas.

Así, antes de siquiera asumir el nuevo gobierno, autoridades opositoras como Karol Cariola, Daniella Cicardini y Vlado Mirosevic no demoraron en descalificar a la futura ministra de la Mujer, Judith Marín; denominándola exorcista, antimujeres, homofóbica y fanática ¿La razón? La aparente devoción religiosa de Marín, que según algunos las invalidarían para representar la cartera feminista de un Estado democrático.

«Para la izquierda y el progresismo postmoderno, las tres representan una amenaza imperdonable para su relato político: todas ellas han decido avanzar como individuos independientes, luchadores y libres; han preferido pensar, defender y elegir su vida por sí mismas»

Con ello, hace unas semanas nos vimos frente al episodio de la Universidad Austral, donde la ministra Ximena Lincolao sufrió un cobarde ataque por el hecho, según declaraciones de la Comunidad Autónoma de Temucuicui, de estar a favor del Estado nacional chileno y su soberanía, convirtiéndola en «yanacona» o traidora de la etnia indígena. Aparentemente, todo indica que semejante violencia fue organizada por un grupo de jóvenes en donde destacan su participación en las Juventudes Comunistas y adhesión a los principios del feminismo hegemónico.

Un tercer ejemplo, ha estado representado por la figura de la vocera de gobierno, Mara Sedini, quien ha soportado ser el blanco de ataques persistentes a su persona y su supuesto desempeño comunicacional antes de siquiera cumplir 40 días en el cargo. Este punto permite desechar, al menos en parte, una intención de criticismo constructivo. Por la cualidad de muchas de sus críticas, tampoco es viable que consideren sus errores tan graves como para, honestamente, desplegar opiniones que rayan en la escrupulosidad. La ministra Sedini puede haber cometido errores de dicción o de estrategia comunicacional, pero no ha sido sorprendida mintiendo (como sí lo vimos en administraciones anteriores), ni evitando el conflicto, o incumpliendo sus deberes cuando el contexto parece complejo. Así, lo que nos queda, es deducir que a gran parte de la oposición se siente a lo menos amenazada, como con los demás ejemplos, por su persona.

Tanto Judith Marin, Ximena Lincolao y Mara Sedini comparten una característica en común que tiene la fuerza suficiente para sulfurar a los núcleos activistas, políticos e intelectuales del progresismo chileno: ninguna de ellas sostiene su cargo, carrera, ni objetivos en la victimización alienante que la cultura izquierdista siente tener plena potestad. Las líderes de las carteras oficialistas defienden con convicción sus creencias, no buscan la popularidad, ni tampoco la aceptación de colectivos que dicen defender a las minorías y lo más importante, han demostrado estar dispuestas a «ponerle el pecho a las balas». Todas ellas, representan, a viva voz, la imagen de la libertad, cuya máxima expresión se encuentra en la identidad individual, dada por la consciencia, el pensamiento y la expresión de los propios ideales.

Para la izquierda y el progresismo postmoderno, las tres representan una amenaza imperdonable para su relato político: todas ellas han decido avanzar como individuos independientes, luchadores y libres; han preferido pensar, defender y elegir su vida por sí mismas. Y está aquí el núcleo de la cuestión. El progresismo identitario, aquel que se erige sobre la presunción de que aquellas categorías definen y mandatan la vida de los sujetos por sus características circunstanciales, se considera el señor de sus esclavos ideológicos (las minorías o categorías interseccionales) que deben pagar el tributo de la protección con el sometimiento intelectual. Pero, de romper el contrato, son defenestrados, maltratados y duramente perseguidos. Así, Judith Marín, Ximena Lincolao y Mara Sedini, son representantes de una nueva generación del poder que encarna el concepto de  libertad femenina como estandarte de autodominio, competencia y voluntad individual sin disculpas; enterrando la falsa lealtad del postmodernismo con el autoritarismo identitario. 

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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