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La vuelta del vampirismo Publicado en El Líbero, 27.03.2026

La vuelta del vampirismo

imagen autor Autor: Jorge Gomez

Las reacciones frente al alza del petróleo a nivel mundial ha hecho evidentes dos fenómenos en la política chilena. El primero es la prevalencia del llamado vampirismo moral, concepto acuñado por el fallecido escritor Mark Fisher: sujetos que se alimentan de enjuiciar moralmente al resto en redes sociales, expeliendo frustraciones y acusando a otros de inmorales mientras posan de santos para sentirse bien consigo mismos. El segundo es la hipocondría moral, idea desarrollada por las filósofas Natalia Carrillo y Pau Luque: un narcisismo patológico que lleva a creer que sentir culpa por tragedias ajenas convierte al afligido en responsable de ellas. Ambos fenómenos son caras de una misma moneda, y el alza de la bencina los ha hecho aflorar con renovada fuerza.

El problema es que al hipocondríaco moral no le preocupa la guerra, el hambre o el medioambiente, sino que le inquieta ser visto como falto de pureza ética frente a esas calamidades. El hipocondríaco moral se siente culpable por alguna calamidad a kilómetros y pretende que todos se sientan igual de culpables. Esto es muy apreciable en las redes sociales donde abundan sujetos oficiando de inquisidores del resto en base a meras apelaciones emocionales frente a, por ejemplo, un suceso espinoso como una guerra. Pero el hipocondríaco moral ya ha definido, a priori y desde su narcicismo, cuál es el bien y cuál es el mal, sin considerar complejidades o matices.

«La izquierda chilena sufre la hipocondría moral desde antes del estallido social»

Greta Thunberg es quizás el ejemplo más conocido de hipocondríaco moral en el escenario global: su activismo parece orientado menos a transformar políticas concretas que a escenificar una pureza ética personal. El patrón se repite en periodistas que usan sus tribunas no para informar, sino para hacer muestra ante el público de sus propios sentimientos de culpa camuflados de conciencia social.

La hipocondría moral, según Natalia Carrillo y Pau Luque, surge del contraste entre querer ser noble y un profundo egocentrismo. Nada lo ilustra mejor que la figura del turista solidario: va a Cuba «en apoyo al pueblo cubano» y termina en fiestas con harto cuba libre, habano y rumba en hoteles bien iluminados, ajeno a la miseria que lo rodea. Su visita no cambia la realidad del cubano; solo mejora la autoimagen del visitante mismo. Según Carrillo y Luque, quienes más padecen esta condición son las clases medias occidentales, especialmente las que se definen como progresistas: tienen el tiempo, los recursos y la plataforma para escenificar virtud sin asumir costo real alguno. La hipocondría moral es un fenómeno pequeño burgués.

El máximo ejemplo del hipocondríaco moral es el privilegiado que elige no serlo o que elige privarse de cosas que para otros están simplemente vedadas. Porque en el fondo, a ese narciso no le importa la injusticia, ni la desigualdad, ni nada de eso, sino que le importa su propia conciencia y cómo lo percibe el resto. Como esos golpeadores de mujeres que quieren ser vistos marchando con ellas el día de la mujer. Un sujeto así es un vampiro moral, siguiendo lo planteado por Mark Fisher: en redes sociales expele juicios de todo tipo, denuncia injusticias y exige una conducta individual impecable, por ejemplo contra el machismo, pero que en la práctica, en su propia vida, no tiene.

Volviendo al tema de las bencinas en Chile, a los hipocondríacos morales chilenos —los de las redes sociales, los periodistas y los políticos que han salido a pontificar— no les preocupa el alza del precio del petróleo. Les preocupa ser vistos como condescendientes con el gobierno al que ya han definido como nazi, dictatorial, autoritario y un largo etcétera. Lo que les inquieta no es si las cosas suben por el mayor precio del petróleo, sino si serán vistos como faltos de compromiso con la causa, sea cual sea esta. Por eso no consideran que el alza es un fenómeno global propiciado por la guerra entre Estados Unidos e Irán. Tampoco les importa mucho qué sucede realmente en una teocracia como la iraní. Por eso pueden mezclar banderas del orgullo gay con fotos de líderes religiosos que cuelgan a los homosexuales. El mejor ejemplo de esta lógica narcisista es la reactivación de la CONFECH y la ACES: organizaciones que reaparecen no para debatir el precio de los combustibles, sino para posicionarse en el relato.

El problema de fondo, y esto se refleja en el debate en torno a la crisis del precio del petróleo, es que estos sujetos no son responsables políticamente. Como simplemente están preocupados de posar de buenos e impolutos, sólo son capaces de juicios morales que en sentido estricto ni siquiera son juicios, porque están mediados por sus propios sentimientos narcisistas. Actúan en función de su narcisismo; por eso son pura estética. Un ejemplo reciente es la votación de Gonzalo Winter (FA), Daniel Manouchehri (PS) y Gael Yeomans (FA) respecto al estado de excepción: ahora que son oposición votaron contra su continuidad en la macrozona sur, aunque en enero votaron a favor cuando todavía eran gobierno.

La izquierda chilena sufre la hipocondría moral desde antes del estallido social. Eso en parte explicaría lo rápido que se sumaron al desmadre de ese momento y que elevaran a la categoría de héroe a otro hipocondríaco moral: Pelao Vade. No es raro entonces que, ante las medidas anunciadas por el gobierno, en vez de salir a contraponer una alternativa seria y viable, diputados como César Valenzuela, Nelson Venegas y Jaime Naranjo, por ejemplo, simplemente salieron a pontificar de la forma más histriónica posible para culpar de todo el mal al gobierno de José Antonio Kast. Cero templanza, cero prudencia. En el fondo no les importa el alza de las bencinas, ni la clase media, ni los más pobres. Tampoco les importa solucionar el problema del alza y disminuir el impacto en los bolsillos de los chilenos. Sólo les importa aprovechar el momento para ser vistos como los buenos en medio del drama. Son vampiros morales como diría Mark Fisher, de esos que han aparecido de forma abundante en las redes sociales, muchos escondidos cobardemente tras perfiles anónimos, con el único afán de insultar a otros para sentirse buenos y puros, aunque sea un momento.

Una advertencia, el vampiro moral no desaparecerá cuando baje el precio del petróleo: sólo migra hacia la próxima crisis, la próxima guerra, el próximo escándalo. Porque lo que lo mueve no es el problema, sino la necesidad permanente de escenificar virtud. Mientras la política siga siendo un teatro de emociones más que un espacio de soluciones y responsabilidad prudente, estos vampiros seguirán bien alimentados e incluso llegando al Congreso.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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