¿Qué entendemos por libertad de enseñanza?
Por: Pablo Paniagua y Juan Jaramillo La libertad de enseñanza y de aprendizaje —teniendo por origen la dignidad humana y […]
Publicado en La Segunda, 28.01.2025
Publicado en La Segunda, 28.01.2025 Siempre he admirado a Canadá. Quizás por sus salmones, que siempre he soñado ir a pescar. O quizás también porque se parece en algo a Chile en sus montañas, fiordos y bosques lluviosos, que además, al estar lejos, aislados, le dan un similar provincianismo americano. Quizás también por Leonard Cohen, desgraciadamente uno de los últimos poetas utilizados por el presidente Boric para sus alardeos culturales. Pintoresco que lo haya hecho, en todo caso, con el único disco que Cohen despreciaba, el Death of a Ladies’ Man y pintoresco también al ser Cohen un artista de profunda identidad judía, identidad a la que Boric no ha tratado muy bien.
Hay más razones por las cuales quiero ir algún día a Canadá, pero no por sus políticos. Partiendo por Trudeau, con quien Boric también hizo show, tomando cervezas y haciendo gala de su individualidad barata sin corbata, la escena que luego John Kerry utilizó para hacerle bullying cuando Boric ignoró que estaba sentado a su lado, y peor aun, ignoró que EE.UU. sí estaba en la causa que Boric decía que no estaba.
«Trudeau fue con quien Boric hizo show tomando cervezas y haciendo gala de su individualidad barata sin corbata, esa escena que luego John Kerry utilizó para hacerle bullying a Boric por ignorar un par de cosas».
En fin, el ahora primer ministro Mark Carney —mucho más sobrio, valga decirlo— hizo noticia entre los bienpensantes del mundo —y Chile— con su discurso en Davos. Su gris e ingenuo discurso geopolítico causó una jubilosa agitación en todo el mundo moralista. Una persona llegó a decir que lo había escuchado cuatro veces. Hay que estar muy falto de emociones, creo yo. Insólita, sin embargo, fue la transversal celebración a la cita que hizo de Vaclav Havel, el dramaturgo checo que terminó de presidente de su país. En su homilía, Carney explicitó las reglas mudas del derecho internacional, las cuales, al autoengañarnos con su existencia, nos entrega(ban) una vida pacífica y civilizada entre países. Hizo una analogía entre esta mentira virtuosa y el verdulero de Havel. No utilizó, sin embargo, a otros autoengaños nobles, tradiciones, reciprocidades o símbolos —como las corbatas— que se respetan sin coerción pero que cumplen funciones virtuosas en familias, comunidades o sociedades donde aflora la vida y el progreso.
Carney citó la escena de ese verdulero que, viviendo en el socialismo, cuelga un cartel que dice «proletarios del mundo, uníos» sin estar de acuerdo con él. Havel la usa para ejemplificar el dolor de adherir a un sistema socialista postotalitario, al dolor que significa «la abdicación de [la] razón, de [la] conciencia, de [la] responsabilidad; [ya que en eso] consiste, en delegar la razón y la conciencia en manos de los superiores, esto es, identificar al poder ya no como lo que es, sino que como el centro de la verdad». Carney podría haber citado la vida de los venezolanos resignados o el autonegaño de la víctima de un violador o secuestrador y acaso acá todos también se habrían emocionado. Un delirio tétrico de nuestro tiempo. Diferente, pero otro delirio más.
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