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La izquierda y la ley de amarre Publicado en La Segunda, 31.12.2025

La izquierda y la ley de amarre

Intelectuales, políticos y analistas de izquierda se muestran frustrados y preocupados por el mal estado de su ideología y «proyecto político», que no sólo estarían mal en Chile, sino que en todo el mundo. Pierden las elecciones, a pesar de que serían ellos los buenos, los que se preocupan por los demás. La izquierda, dicen, «abandonó a la clase trabajadora», se dedicó a la política identitaria, a la élite, y dejó de lado la pretensión universalista de su ideología. Hay algo de cierto —y antiguo— en esto, pero la verdad es que la izquierda no ha dejado de ofrecer siempre lo mismo: aumentar el control de la vida de las personas haciendo crecer al Estado.

Al principio, quizás, esto tenía algún sentido —aunque no fuese propiamente una «izquierda»—. Había que vacunar a la población, había que construir alcantarillados, había que ofrecer educación a quienes no tenían oportunidades. Eso estaba bien para cuando aparecía la Ley de Política Sanitaria, a fines del siglo XIX, y estaba bien para mediados del siglo XX, cuando había pocas leyes laborales y las mujeres no votaban. Pero hoy, cuando existen leyes laborales, educación pública en todo Chile y redes hospitalarias, ¿por qué prohibir que alguien se opere las caderas en una clínica privada para sanarla y así además aliviar listas de espera? ¿No será eso abandonar a las personas? ¿Por qué, en vez de mejorar la educación, proponen prohibir que se abra un colegio? Eso fue lo que hizo Bachelet: prohibió que los chilenos educaran a otros chilenos a no ser que se «justificase una demanda». Lo mismo con inocentes empresas que quieren vender tortas o pieles, hay que entorpecerlas.

«La izquierda cierra el año con una joya que resume toda su ideología: apernar, sin pudor y con una ley, a los operadores en el Estado».

Es difícil encontrarles otro fin que no sea buscar más control, más poder, y mantenerlo, porque ellos, y nadie más que ellos, serían los buenos, los que deben decidir qué, cuándo y cómo. Y, además, elegir a «quiénes»: ya que ahí está el glamour gris, en las pegas, y en la amenaza latente de poder ejercer un veto. Nula creación, nulo valor agregado, nula responsabilidad. Además, ¿no se dan cuenta que ese Estado puede un día cambiar de lado?

En EE.UU. están llorando por el control político trumpista en las universidades. Y obvio, está bien asustarse, es un peligro, pero ¿por qué no dijeron nada, pero absolutamente nada, durante años en que los demócratas cooptaron universidades? ¿Por qué incluso celebraron las directrices de Obama que permitieron intervenir políticamente la educación superior? Porque eso son, unos simples ambiciosos de más control. La vergonzosa propuesta constitucional chilena, por ejemplo, buscaba el control total —no hay que olvidar que apoyaron a Chávez y Maduro siendo unos adultos—. Pero bueno, cierran el año con una joya que resume toda su ideología: buscando apernar, sin pudor y con una ley, a los operadores en el Estado. Los chilenos, y el mundo, se está dando cuenta de esto. Esperemos.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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