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Bachelet, la Pincoya chilensis Publicada en El Líbero, 30.09.2017

Bachelet, la Pincoya chilensis

Una de las leyendas chilenas que siempre me ha llamado la atención es la de la Pincoya, una mujer que supuestamente habita en la isla de Chiloé y que baila en sus playas. Según la mitología, si la Pincoya danza de cara al mar, la pesca de esa temporada será abundante y vendrá un buen año para los pescadores. Si, por el contrario, ella baila mirando a la isla, entonces será un año de escasez y penurias.

Este mito es particularmente útil para hablar de este segundo período de Michelle Bachelet como Presidenta. Una criatura que prometía traer la abundancia a un país que, al parecer, estaba sumido en las miserias del lucro y las pellejerías del “modelo neoliberal”. Para muchos, Bachelet parecía simbolizar la llegada redentora que pondría fin a nuestras muchas carencias.

En torno a su figura se tejía el discurso de un nuevo ciclo político, social y económico, un “nuevo modelo”, lleno de satisfacciones provistas por el Estado, lejos del maldito mercado. Igual que en las tradiciones chilotas, la izquierda chilena —que presume de ser cosmopolita, moderna y alejada de paganismos— armó una fiesta para atraer a su Pincoya: las calles atestadas de gente, vociferando el fin de las privaciones del neoliberalismo.

"Bachelet deja como legado un país estancado, un gobierno descreído y una coalición, la Nueva Mayoría, devastada."

En uno de los spots de la campaña de 2013 la profecía se contaba sola: “¿Por qué, Michelle?”, iniciaba. La candidata, en vez de responder, se asomaba por la ventana a escuchar el clamor de la multitud, la misma que hoy está abrumadoramente en contra de su gobierno, sus medidas y su ideología obtusa, desilusionada de que su Mesías no pueda convertir el agua en vino, como lo prometió.

Eso explica el relato de una Bachelet mítica y mesiánica que empapó la campaña y los primeros días de su gobierno. La izquierda puso a bailar a su Pincoya, pero no vino la abundancia, sino que una extraña resaca. Y el mito comenzó a morir de a poco, junto con sus fanáticos, que borrachos de poder cayeron en desgracia mientras su Pincoya jamás volvió a mirar atrás. Se removieron ministros, se reenfocaron los mensajes, se iniciaron varios “nuevos ciclos” del gobierno. Nada de eso fue suficiente. Bachelet deja como legado un país estancado, un gobierno descreído y una coalición, la Nueva Mayoría, devastada.

 

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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