Millennials somos inocentes

Al final del otoño santiaguino va muriendo la actividad pajarística. Con suerte se escuchan algunos gritos perdidos de un zorzal y uno que otro tímido trino de algún cachudito. Aparecen, eso sí, los histéricos chirridos de los picaflores volando de un lado a otro. Llegan escapando del frío sureño y quebradas cordilleranas. Otro sinónimo del frío otoñal es Roland Garros, el fruto de una gran frustración: El Chino Ríos nunca lo ganó. Frustración mundana, privilegiada o millennial . Soy de los millennials mayores, generación azotada por críticas y etiquetas que deberían concentrarse en una generación menor, los que no alcanzaron a ver al Chino. Una generación que en Estados Unidos —y especialmente los más privilegiados de ellos— ha sido educada en base a tres importantes falacias educativas (según Jonathan Haidt y Greg Lukianoff, en su último libro, próximo a publicarse en Chile).
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“[La] sobreprotección crió jóvenes ansiosos e incapaces de lidiar con las vicisitudes de la vida”.

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La primera es contraria a un clásico cliché: ‘Lo que no te mata te hace más fuerte’. Ahora sería al revés: Te hace más débil. Las dificultades, por lo tanto, hay que evitarlas. Esta sobreprotección crió jóvenes ansiosos e incapaces de lidiar con las vicisitudes de la vida. Segunda falacia: Confía siempre en los sentimientos. Nunca tendríamos que poner en duda nuestros miedos, sino que ampliarlos. Habría que interpretar todo como agresión apenas nos parezca serlo, ya que nunca sería fruto de algún prejuicio, cuando en realidad el ser humano es tener prejuicios. La tercera idea fatal, aunque nada de nueva, es que el mundo está dividido entre buenos y malos. La única manera de superar esta ridícula creencia es la civilización —educarse—. Insistir e insistir que el mundo afuera está lleno de malos es tan falso como contraproducente. Rebatiendo esta antigua idea los autores citan a Solzhenitsyn: ‘La línea que divide al bien del mal cruza el corazón de todos los humanos’.

Esta crianza paranoica se exacerba con las redes sociales y el nuevo estatus social que éstas trajeron: Enojarse. Hoy enojarse es virtud, no para solucionar algo o desahogarse —como antes—, sino que para sentirse bien, para mostrarse como bueno, sabio o incluso culto —aunque sea todo una farsa, incluso el sentimiento—. En las universidades los profesores pisan huevos: Son funados por ridiculeces como usar la palabra raza, e incluso despedidos. Es difícil hacer ciencia. Acá en Chile es diferente, pero ya empezaron a reclamar porque están muy exigidos. La culpa no es de los jóvenes, dicen los autores, sino de los padres, y principalmente de los decanos y rectores, que dejaron de imponer su autoridad intelectual y cedieron frente a ridículas presiones. Aunque parece que nos estamos aburriendo: Ayer, en la Revista Ya, un reportaje dice que apareció un nuevo valor que están inculcando los padres millennials a sus hijos: La tolerancia. Ojalá.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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