Santa revolución democrática

Era muy rara la generosidad de Giorgio Jackson. Había dicho a la revista Sábado que no le gustaba andar regalando cosas. «Cuando teníamos que hacer compras en conjunto yo me tenía que relajar, porque evalúo todos los precios. Y no es de cagado. Lo hago porque no me gusta regalar». Su mejor amigo dijo ahí mismo que Jackson «era la persona más cagada del mundo». ¿Cómo iba a estar regalando la mitad de su sueldo, me preguntaba yo? Cuando leí esa entrevista pensé en los clásicos cuentos ahorrativos de los inmigrantes posguerra. Entre tanto Boric, Orsini, Grau, Sharp, Jackson, Mirosevic, Winter y Yeomans… pensé eso. La abuela posguerra de un primo guardaba las agendas para años futuros, para cuando calzaran los días. El amigo de Giorgio decía: «Todos los amigos hemos pagado el piso y él nada. Absolutamente nada. Hace un tiempo fuimos a jugar a la pelota y cuando terminó el partido nos invitó a su casa. Dijimos: ‘Por fin: se va a rajar’. Giorgio compró todo. Hicimos el asado. Lo pasamos la raja y cuando nos estábamos yendo, nos pidió la cuota. Al día siguiente nos mandó un mensaje de WhatsApp a cada uno recordándonos que le teníamos que mandar la cuota. Por lejos, entre nosotros, es el que gana más plata». Raro perfil para un filántropo.

Es bien raro creerse santos. Peor inventar que se dona la mitad cuando en realidad es un cuarto.

Era raro también que Nicolás Grau no entrara a RD. En otra entrevista dijo que le daba vergüenza su sueldo pero que vivía en Ñuñoa, para así vivir como la mayoría de los chilenos. Iba al trabajo en micro, aunque solo «cuando el clima era bueno».

Quizás no entró a RD porque sabía que la mitad de esa ‘donación’ era para el mismo Giorgio y para pagar «labores parlamentarias», y que la otra mitad iba, en realidad, al partido. Disciplina. Lo mismo hacen los comunistas, quienes siempre lo han dicho claramente y sin dárselas de santos.

Entusiasta esa obsesión del Frente Amplio de maquillar cualquier cosa de una épica novedosa. Hacer una buena
ley es simplemente eso: hacer una buena ley. Darle plata a tu partido es eso, nada más. Un sabio decía que había que renunciar a la originalidad, renunciar a creer en la superstición de que existen cosas nuevas. Es bien raro creerse santos. Peor inventar que se dona la mitad cuando en realidad es un cuarto.

Michael Walzer describe la aparición de los santos calvinistas en política. Completamente escrupulosos, «elaboraban reglas contra todo pecado imaginable… incluso jugar cartas», liderando así «su tarea primordial: destruir el orden tradicional». Hoy ese orden ahorró los millones que nos permiten gastar y endeudarnos barato en esta pandemia. Una antigua disciplina que estos nuevos santos disciplinados viven criticando —aunque Giorgio parece que la practicaba en privado—. Por suerte, concluye Walzer, esa ‘Revolución de los santos’ «no refleja la modernidad sino la modernización, es decir, mucho más con el proceso que con su resultado».

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