La ejecución de la social democracia

Es imposible discutir sobre el actual borrador constitucional seriamente sin antes analizar la ideología de quienes lo redactaron. Tomemos el caso de Fernando Atria, cuya influencia en el proceso pocos pondrían en duda y cuyas ideas, podemos asumir, representan razonablemente bien el espíritu de la Convención.

No se trata, entonces, como creen muchos ingenuos, de hacer una nueva Constitución para seguir el ejemplo de la social democracia europea. Lo que se busca es una carta que ejecute a la social democracia con un tiro de gracia institucional.

En enero de 2017, Atria escribía en La Segunda que ‘la meta histórica -socialista-sigue siendo la superación del capitalismo (…) El socialista hoy no tiene una respuesta a la pregunta de cómo organizar una sociedad sin capitalismo, pero sabe en qué dirección moverse, y lo que significa estar buscando y construyendo una racionalidad superior y distinta a la del capitalismo’.

Todo el proyecto de la izquierda del Frente Amplio, PC y otros, consiste en poner fin al capitalismo, paso a paso, viendo en cada espacio que gana el control estatal un movimiento en la dirección correcta. En esta visión, la social democracia es traición al ideal socialista. Atria lo dice sin titubear: ‘La tarea de nuestra época es la reconstrucción de la izquierda y el socialismo después de la neoliberalización del socialismo que significó La Tercera Vía’. La famosa Tercera Vía de Anthony Giddens que inspirara a Bill Clinton, Tony Blair, Ricardo Lagos y Gerhard Schröder, entre otros, sería así, nada más que socialismo ‘neoliberalizado’, es decir, degenerado e impuro.

No se trata, entonces, como creen muchos ingenuos, de hacer una nueva Constitución para seguir el ejemplo de la social democracia europea. Lo que se busca es una carta que ejecute a la social democracia con un tiro de gracia institucional. No sorprende que el mismo Atria afirme que la inspiración para este proyecto revolucionario debe venir de Venezuela, Ecuador y Bolivia: ‘Mientras esta era la realidad de la izquierda en Europa y Norteamérica, una ola de gobiernos progresistas y antineoliberales se sucedieron en las últimas dos décadas en América Latina. Aunque experiencias imperfectas, ellas nos han dejado aprendizajes interesantes de participación social, políticas redistributivas y buen vivir. Ellas serán parte del proceso reconstructivo del ideario socialista’.

Esta resurrección socialista es, por cierto, coherente con la teoría de los derechos sociales expuesta en libro ‘El otro modelo’, escrito por Atria, Joignant, Couso y otros.

Según ella, no pueden existir desigualdades de experiencia en lo que implican derechos sociales, pues, de haberla, se lesiona la idéntica condición de ciudadanía. Es obvio, entonces, que la Constitución termine con la capitalización individual, deje fuera la educación particular subvencionada y cree un sistema de salud esencialmente estatal.

Acabar con la social democracia es también la razón por la que la propiedad privada queda sin protección real, el Estado empresario regresa omnipotente y la debilitada libertad económica pasa a depender de la buena voluntad de una asamblea única con poder total. Pero, además, como el modelo a seguir es el bolivariano, se crean condiciones para terminar la independencia del Poder Judicial, se acaba el Tribunal Constitucional y se abren puertas para el control político del Banco Central, de la Contraloría y del sistema electoral.

Con eso, la revolución socialista termina de aniquilar el proyecto social demócrata chileno, cómplice de los ’30 años neoliberales’, abriendo las amplias alamedas a un autoritarismo de izquierda populista sin freno institucional. Y quienes crean que, de aprobarse la carta bolivariana propuesta, la construcción del proyecto socialista chileno se acabará, se equivocan. El Apruebo será apenas el comienzo.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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