El retorno del irracionalismo

‘…es la pérdida de las humanidades -el alma de cualquier civilización- lo que explica en parte no menor el deterioro del diálogo racional y el auge de un irracionalismo tribal que concibe la vida en sociedad únicamente en términos de opresores y víctimas….’.

El filósofo de las ciencias Karl Popper afirmó que ‘el relativismo es uno de los mayores delitos que cometen los intelectuales’, pues constituye una ‘traición de la razón y de la humanidad’. Por relativismo, Popper se refería esencialmente a la idea de que no es posible conocer la verdad porque esta misma sería una cuestión en sí misma relativa o, en términos actuales, subjetiva.

Destruida la noción de que existen verdades a las que podamos aproximarnos -jamás de manera perfecta ni definitiva-, todo lo que queda, advirtió Popper, es la tiranía del pensamiento dogmático derivado de los impulsos y pulsiones más primitivas de la naturaleza humana.

Hay pocas dudas de que estas reflexiones de Popper se encuentran hoy tan vigentes como en la época en que las formuló. En efecto, un irracionalismo cada vez más agresivo arrasa a Occidente de manos de grupos de fanáticos que, embriagados por el pensamiento dogmático que Popper identificó como consustancial a todo totalitarismo, se han lanzado en contra de aquellos valores que sostienen la sociedad abierta. Para estos neoinquisidores resulta imposible, entre otras cosas, la discusión histórica contextualizada, razón por la cual debe eliminarse todo aquello que viole sus estándares de pureza moral.

Este afán purgatorio explica que se remuevan estatuas de Cristóbal Colón en Ohio, nombres de personajes históricos como el del expresidente Wilson en Princeton y que incluso se llegue a exigir la destrucción de estatuas de emperadores romanos por haber avalado la esclavitud, como ha ocurrido recientemente con la estatua del emperador Constantino frente a la catedral de York en Inglaterra. Del mismo modo, se ha demandado la eliminación de textos de pensadores como Aristóteles, Platón o Kant de los cánones universitarios por supuestamente haber sentado las bases de la ‘supremacía blanca’. Se ha exigido la remoción de cuadros antiguos en museos por su supuesto ‘machismo’, se ha atacado la música de compositores como Beethoven y Mozart por no pertenecer a minorías, se han censurado películas y series de televisión como ‘Lo que el viento se llevó’ y se han purgado textos de Mark Twain, Michael Ende y Astrid Lindgren, entre muchos otros, por resultar ‘ofensivos’.

La ciencia, en tanto, se encuentra bajo el asalto de lo que Steven Pinker ha denominado correctamente una ‘mentalidad de culto’ que ha renunciado por completo al uso de evidencia y las leyes de la lógica, ‘infectando toda la vida académica’ con su dogmatismo y charlatanería. Ahora bien, como en tiempos de Popper, el irracionalismo que amenaza la sociedad abierta en la actualidad proviene de corrientes intelectuales cultivadas por pensadores cuyas ideas han conseguido tomarse las facultades de humanidades de las mejores universidades del mundo.

El posmodernismo francés ha sido, probablemente, la doctrina más relevante en el deterioro de la vida académica y de la esfera pública como espacios de diálogo racional. Si, como ha explicado Christopher Butler analizando esta filosofía, no hay nada verdadero y disciplinas como la historia y las ciencias naturales no serían más que narrativas compitiendo por establecer la dominación de un determinado grupo sobre los demás, entonces todo lo que reconocemos como fundamental en nuestra civilización es un mero privilegio reservado a las élites que construyen estos discursos para oprimir a otros.

“La crisis de Occidente es, ante todo, una de tipo epistemológico y su origen se encuentra en el avance del pensamiento dogmático que ha logrado construir hegemonía en las humanidades.”

Nada hay, para esta visión, intrínsecamente valioso o superior en las obras de Shakespeare, por ejemplo, quien solo vendría a confirmar la dominación blanca, masculina y burguesa sobre escritores de minorías cuyas obras no serían celebradas de igual forma precisamente por pertenecer a minorías marginadas. Todo esfuerzo intelectual y social debe dedicarse, por lo tanto, no a buscar la excelencia o la verdad, pues ello sería validar la opresión, sino a deconstruir o eliminar aquellos símbolos, lenguajes, prácticas, instituciones y disciplinas que permiten la dominación.

Es esta degeneración de la academia en activismo lo que ha llevado, como advierte el profesor de Yale Harold Bloom, a demoler no solo la obra de Shakespeare, sino todo el canon literario occidental, el que, como las estatuas y las ciencias, se identifica crecientemente con estructuras de opresión.

La crisis de Occidente es, ante todo, una de tipo epistemológico y su origen se encuentra en el avance del pensamiento dogmático que ha logrado construir hegemonía en las humanidades. Es la pérdida de las humanidades -el alma de cualquier civilización- lo que explica en parte no menor el deterioro del diálogo racional y el auge de un irracionalismo tribal que concibe la vida en sociedad únicamente en términos de opresores y víctimas. Los activistas y charlatanes que han capturado las humanidades han creado una nueva ética revolucionaria abriendo las puertas a la persecución de las voces disidentes y, de ese modo, a lo que el filósofo Roger Scruton calificó como una ‘nueva era de oscuridad’.

.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


Comparte esta publicación: