SAE y selección
Señor Director:La segregación o su ausencia no es un concepto pedagógico. Confundir «selección» con «segregación» o con «discriminación», o hacerlos […]
Publicado en El Líbero, 06.06.2026
Publicado en El Líbero, 06.06.2026 En tiempos de inmediatez, productividad cuantificada y opinión veloz, el paper académico se ha convertido en un blanco fácil. Se le acusa de ser árido, excesivamente técnico, incomprensible para el público en general y atrapado en un circuito de especialistas que muchas veces apenas se leen entre sí. Algunos incluso creen que el paper sirve para poco o nada y que no debería ser la forma de medir la actividad intelectual. No faltan razones para algunas de estas críticas: hay muchos papers mal escritos, muchos con poco valor intelectual o enredados en jergas incomprensibles, o desconectados de las grandes preguntas. Pero creo que de ahí no se sigue que el paper académico sea una forma agotada, inútil o prescindible de avanzar el conocimiento y, por ende, de medir a los académicos en las universidades. Más bien creo que es, al contrario: en una época saturada de ruido, simplificación en tweets y columnas de opinión desechables, el paper revisado por pares sigue siendo una de las pocas instituciones que obligan a pensar despacio, a justificar afirmaciones con argumentos lógicos o evidencia empírica y a someter las ideas al escrutinio riguroso de otros a lo largo del tiempo.
Conviene decir las cosas sin romanticismo: el paper académico no es una obra de arte ni una pieza de prosa o de poema pensada para seducir a un lector distraído. Su función no es necesariamente brillar ni denostar al otro bando político, sino probar, falsificar, testear, argumentar y convencer con argumentos lógicos. No está hecho, en primer lugar, para emocionar ni para circular con facilidad en redes sociales, sino para ofrecer evidencia, ordenar argumentos, dialogar con o cuestionar una tradición previa y exponer hipótesis a la crítica. Esa modestia formal, tan poco seductora en apariencia, es precisamente una de sus virtudes. Allí donde la columna, el tweet con hilo o el libro divulgativo pueden permitirse intuiciones más libres, el paper—al menos en sus niveles más altos—exige rigurosidad, precisión, citas, transparencia metodológica, delimitación del problema y una rendición de cuentas intelectual que no abunda en otros géneros.
Hoy se habla mucho, y con razón, de la crisis de confianza en la academia, sobre todo con las editoriales y casas de publicación que han convertido el paper en un negocio a expensas de los académicos—un problema sin duda grave que merece atención y regulación. Pero pocas veces se reconoce que el paper es una pequeña institución civilizatoria, ya que se ha convertido, al menos en los últimos cien años, en el mecanismo mediante el cual los académicos podemos avanzar el conocimiento y la ciencia. Esto es así porque descansa sobre varias virtudes escasas: paciencia, autocorrección, disciplina argumentativa y disposición a ser refutado o interpelado por pares antes de opinar. En el paper —al menos en sus niveles más altos— uno no puede simplemente afirmar aquello que le parece plausible o deseable, ni tergiversar la verdad para avanzar una agenda ideológica, por lo que no se remite a la mera «opinión» ni a «embolinar la perdiz» con palabras rebuscadas, evidencia torcida y psicoanálisis, como lo hacen tantos «opinólogos» y «todólogos» en el diario. En el paper, uno tiene que mostrar por qué lo cree, sobre qué evidencia se apoya, qué objeciones existen, qué limitaciones tiene su argumento, la transparencia en el uso de los datos y en qué conversa o choca con quienes pensaron antes el mismo problema. Esto no garantiza la verdad, por supuesto, pues los papers se equivocan, a veces mucho, y siempre va a haber casos de abuso de este formato, como también los hay en los libros. Pero sí garantiza, al menos, algo muy importante: que el error no se cometa con impunidad total, sino dentro de un formato que obliga a explicitar las razones y a abrirse al escrutinio de la comunidad científica, con total transparencia y pagando incluso costos personales en caso de malas prácticas o fraude.
«En un mundo que premia la reacción antes que la reflexión, el paper sigue siendo una apuesta por la demora fecunda. Obliga a detenerse, a leer lo ya dicho, a no confundir la intuición u opinión con la demostración, a aceptar que casi ningún problema importante se resuelve con una frase brillante»
Quienes desprecian el paper hoy suelen olvidar otra cosa: que parte del conocimiento valioso y relevante que luego circula en formatos más accesibles comenzó allí, en el paper. Detrás de una buena columna, un buen libro, una política pública razonable o una discusión pública bien informada, suele haber una larga cadena de investigación que incluye papers de alto nivel. Por ejemplo, muchos de los libros académicos publicados hoy en las más prestigiosas casas editoriales suelen ser el resultado acumulado de varios papers previos y no al revés. Otro ejemplo, hoy casi nadie pone en duda la importancia de un banco central independiente sometido a reglas inflacionarias, pero antes de 1970-1980 muchos no estaban convencidos. Se necesitaron papers como Kydland & Prescott (1977), Friedman (1968), Lucas (1972) y Phelps (1967)—todos galardonados con el Premio Nobel de Economía por sus papers—para convencer a la gente de la importancia de «encadenar» la política monetaria a reglas. Por ende, el paper es hoy, no el enemigo de la conversación pública, sino, por el contrario, uno de sus pilares que otorga una infraestructura invisible pero clave a la discusión. Es el lugar donde se hacen las distinciones finas, donde se prueba una hipótesis, donde se afinan conceptos y donde se detectan errores. Es decir, el paper sigue siendo el medio de expresión mediante el cual los académicos deben plasmar el conocimiento y dejar explícitas sus ideas relevantes. Muchos quieren ideas y discusiones públicas de calidad, pero a veces desprecian el laboratorio donde esas ideas se elaboran.
Otro problema de los críticos del paper es que, por lo general, provienen de personas con escasa o nula experiencia publicando papers en las grandes ligas académicas. Muchas de las descalificaciones contra el paper suelen provenir de quienes tienen escasa experiencia real en sus circuitos más exigentes. Es fácil desestimar del paper desde fuera o compararlo con libros de divulgación o pensar que es lo análogo a un ensayo cultural; mucho más difícil es escribir uno que logre sobrevivir al escrutinio de revistas de alto nivel, responder observaciones de árbitros anónimos, rehacer argumentos, mejorar evidencia, corregir objeciones y pasar por ese largo y a menudo severo proceso de evaluación por pares que constituye una de las pruebas intelectuales más duras del mundo académico. Quienes hablan del paper como si fuera solo jerga, un ritual vacío o burocracia textual, muchas veces no han publicado en las grandes ligas académicas, no han actuado como revisores ni han experimentado desde dentro la rigurosidad y la profesionalización de un buen proceso de revisión. Y esa falta de experiencia importa, porque es muy distinto criticar un género desde la caricatura que desde el conocimiento directo de sus exigencias, su profesionalidad y también su seriedad.
Creo que también conviene defender la idea de «producción académica». A algunos les incomoda ese lenguaje porque creen que «producir» conocimiento rebaja el pensamiento a una lógica pedestre o mercantil; pareciera que algunos incluso tienen alergia a que los «midan» o los «cuantifiquen» por miedo a ser «comodificados». Pero esa objeción suele descansar en una visión romántica, casi idílica, de la vida intelectual, como si pensar no implicara trabajo disciplinado, resultados verificables, escritura sostenida, diálogo con pares y contribuciones concretas a una conversación acumulativa. Muchos creen que el «pensar» es volver a ser Sócrates y caminar por las polis, para luego enviar una carta al director. Por lo demás, dichas objeciones suelen provenir de académicos que no publican en revistas de alto nivel, por lo que uno puede preguntarse si dichos argumentos no son realmente una forma de proteger sus privilegios de «pensar tranquilos» en vez de trabajar y someterse al escrutinio de pares.
El conocimiento, por supuesto, no es una mercancía cualquiera; pero tampoco es una emanación etérea del espíritu ni una actividad que pueda realizarse sin medir resultados ni dejar algo concreto y relevante. Por eso medir y exigir producción académica no es necesariamente someter a la universidad a una lógica vulgar de rendimiento, sino reconocer que el trabajo del académico consiste precisamente en pensar de manera seria y profunda con el fin de producir regularmente conocimiento que luego queda plasmado en un artículo para que pueda ser puesto a prueba. Lo contrario, es decir, imaginar al profesor como una conciencia contemplativa o como un flâneur exento de toda exigencia de productividad intelectual, no solo es poco pragmático, sino que también distorsiona el rol universitario, que no es solo enseñar o repetir ideas ajenas, sino ampliar, aunque sea modestamente, las fronteras del saber.
En las humanidades y en las ciencias sociales a ratos se argumenta que el paper es una forma vulgar o baja de someter al académico a una presión que degrada el «pensar» y lo subyuga a tiempos cortos que impiden el pensamiento profundo o de largo plazo, que, si quedaría plasmado, por ejemplo, en los libros. No encuentro que este argumento sea muy convincente por tres motivos. Primero, ambos formatos no son excluyentes y la mayoría de los académicos exitosos producen conocimiento en ambos formatos, produciendo papers con investigaciones de corto plazo y también produciendo libros en el largo plazo mientras sus ideas van madurando. De esta forma, ambos formatos se refuerzan y se ayudan mutuamente. Segundo, cabe reconocer que está lleno de libros publicados que tienen escaso valor, que son autopublicados sin filtro, o que no pasan por revisiones de pares ni por un escrutinio editorial o académico riguroso, por lo que el formato libro es aún menos riguroso que el paper y tiende a estar saturado de material de dudoso valor. Tercero, me es difícil entender cómo, si en la economía y en la ciencia política podemos presentar argumentos complejos y explicar ideas difíciles en un formato de 10 mil palabras, por qué otras disciplinas, como la historia o la filosofía, no pueden hacer lo mismo. Quizás, si las humanidades y las ciencias sociales se sometieran al paper, nos podríamos ahorrar páginas y páginas de papel y tiempo de lectura que pueden tener un mejor uso alternativo. Dados estos argumentos que sugieren lo poco rigurosos que son los libros, los ensayos culturales o las columnas de opinión, me es difícil visualizar cuál sería la alternativa seria y rigurosa para reemplazar al paper y así someter a los académicos a «pensar» de manera sistemática.
Es cierto que el paper puede y se ha degradado. Cuando se convierte en un mero producto vacío para inflar currículums, cuando la escritura se vuelve deliberadamente opaca, cuando la especialización degenera en provincialismo mental o cuando la presión por publicar fragmenta una intuición valiosa en cinco textos mediocres, sin duda algo importante se ha perdido. El problema, sin embargo, no es el paper en sí mismo, sino el ecosistema editorial que degrada el proceso, los incentivos institucionales mal diseñados que lo empobrecen, y la pereza estilística o la falta de ética del trabajo de muchos académicos que confunde rigor con oscuridad. Defender el paper no implica defender todo lo que hoy se publica bajo ese nombre. Implica defender una forma de trabajo intelectual seria, acumulativa y responsable, y exigir que esté a la altura de su propia promesa. Para esto, las universidades deberían regular mejor los incentivos asociados a la producción intelectual, y nosotros, los académicos, deberíamos tener una mejor ética del trabajo para estar a la altura de lo que exige este formato.
Para finalizar, quizá la mejor defensa del paper sea esta: en un mundo que premia la reacción antes que la reflexión, el paper sigue siendo una apuesta por la demora fecunda. Obliga a detenerse, a leer lo ya dicho, a no confundir la intuición u opinión con la demostración, a aceptar que casi ningún problema importante se resuelve con una frase brillante. En una época de inflación verbal y reacción sin pausa, eso no es poca cosa. El paper nos recuerda que pensar no es solo tener ideas u opiniones y gritarlas a los cuatro vientos, sino que implica hacerse responsable de ellas y hacerlas madurar a punta de trabajo intelectual arduo. Por eso vale la pena defenderlo. No porque sea perfecto, ni porque debiese ser el único modo legítimo de producir conocimiento (sin duda hay otros modos legítimos complementarios), sino porque encarna una disciplina intelectual que una sociedad libre y seria no debería perder. Podemos y debemos pedir papers más claros, más transparentes, más legibles y menos burocráticos. Pero renunciar al paper, o mirarlo con desdén, sería renunciar también a una de las pocas formas que todavía tenemos de obligarnos a argumentar con cuidado en vez de opinar con prisa.
Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.
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