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Dolly Parton y nuestros aniversarios Publicado en La Segunda, 09.09.2026

Dolly Parton y nuestros aniversarios

Murió Dolly Parton. No sé cuán popular habrá sido acá, pero al parecer nunca vino. Como buena cantante de country oriunda de Tennessee, EE.UU., la pesca de salmónidos era uno de sus hobbies —además de escribir poesía—. Podría entonces haberse dado una vuelta por Chile, como lo hacía John Denver, que, además de venir al Festival de Viña, durante los años noventa se asomó a pescar truchas al río Puelo y a la famosa desembocadura del río Pescado, en el lago Llanquihue. Dolly Parton no fue tan famosa mundialmente como Denver en su época —murió volando su avioneta en 1997—, y menos en Chile, pero me llamó la atención cómo la recordaron.

«Todas esas odiosidades fueron una calculada crítica a las instituciones de la sociedad civil que aportan a la humanidad, a esas instituciones que enseñan a leer y escribir, que le compiten al Estado y por lo tanto, simplemente, para ellos, no deberían existir»

A pesar de que era una leyenda viviente de la música —una de sus canciones, de hecho, marcó a una generación de chilenos por haber acompañado un insólito comercial de Zolben—, la prensa acá resaltó mucho más su historia personal por haber nacido en una familia pobre, en medio de las Smoky Mountains. No solo la recordaron por eso, por lo obvio, por ser una especie de hija del sueño americano —aunque artística, algo diferente—; ese sueño tan admirado, pero a la vez tan odiado hipócritamente por estos lados. La recordaron, sin embargo, más por su faceta filantrópica.

Fue una de las grandes donantes privadas para la vacuna del covid, escuché varias veces. Fue una gran filántropa educacional, insistían, porque su padre había muerto sin saber leer ni escribir. Su música pasaba a un segundo plano. Parton había creado un sinfín de iniciativas privadas en pos de causas puntuales: niños con cáncer, analfabetismo, daños por desastres naturales, deserción escolar, el Águila Calva, la cultura country, etc. Ella fue el fiel reflejo de lo que la propuesta constitucional que rechazamos hace cuatro años detestaba: individuos unidos voluntariamente en pos de una causa común.

Exagerado, me dicen, pero no me cansaré de recordar que en esa propuesta ni siquiera las juntas de vecinos quedaban a salvo de los políticos. Y me perdonarán los lectores, pero no hay que olvidar a Maite Orisini criticando a los bomberos de Chile por estar libres del Estado. Y no hay que olvidar tampoco, y me perdonarán aún más, a Giorgio Jackson, Izkia Siches y Gabriel Boric criticando a la Teletón. Todas esas odiosidades no fueron casualidad: fueron una calculada crítica a las instituciones de la sociedad civil que aportan a la humanidad, a esas instituciones que enseñan a leer y escribir, que le compiten al Estado y por lo tanto, simplemente, no deberían existir.

Dolly Parton hizo lo posible por relevar la cultura de la cual era hija, esa cultura mestiza del Estados Unidos profundo, allá en Tennessee. Con sus obras, su música y sus palabras evocó gratitud hacia su historia, su tierra, sus ríos, montañas y pinos, con los ires y devenires que tiene toda historia humana o de país. Es todo lo que esta pobre gente sin tema, desde Ñuñoa y Providencia, detesta.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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