La paja en el ojo ajeno
Señor Director: Los ministros del TC cambian de opinión después de adoptado un acuerdo contra un texto expreso legal. Los […]
Publicado en El Líbero, 04.09.2026
Publicado en El Líbero, 04.09.2026 El debate en torno al uso de los llamados bots tiene un trasfondo que hay que asumir con claridad: el afán de contar con una opinión apoyada en la mayoría se ha convertido en un incentivo perverso en la era de las redes sociales. Es lo que vemos en quienes recurren a bots para simular apoyos mayoritarios, ya sea a nivel político o en cuanto al rating de programas.
La creencia de que una opinión respaldada por la masa está más cerca de lo correcto es, en sentido estricto, una superstición. Porque las mayorías no siempre tienen la razón. El juicio de la muchedumbre a veces puede ser deplorable. Sin embargo, la idea de que la mayoría posee una especie de talismán moral es una ilusión democrática arraigada a la que moros y cristianos apelan para justificar cualquier cosa. Hoy pocos enarbolan razones y muchos simplemente dicen: «somos muchos».
«El creador de bots se sirve de algo muy común en la mentalidad democrática: la gente cree, usando las redes sociales y cayendo en los algoritmos que sus sesgos, prejuicios y opiniones son mayoritarios. Y por suponerlos mayoritarios, serían ciertos»
Alexis de Tocqueville advertía hace más de dos siglos que en la democracia las personas asumen que el número indica la verdad. Si una mayoría cree algo, eso sería lo correcto. En las democracias, el número desplaza al saber, a la autoridad, a la tradición o a la evidencia como fuente de certeza. Eso es un absurdo lógico. Que muchos afirmen algo no lo hace más probable ni verdadero.
El problema es que ese absurdo se ve aumentado con las redes sociales y todos sus efectos. En sentido estricto el bot no falsifica la verdad, sino que juega con la ilusión de que las mayorías siempre tienen la verdad. Es decir, falsifica el número de personas que aplauden algo. El creador de bots se sirve de algo muy común en la mentalidad democrática: la gente cree, usando las redes sociales y cayendo en los algoritmos que sus sesgos, prejuicios y opiniones son mayoritarios. Y por suponerlos mayoritarios, serían ciertos.
Esto no se soluciona tratando de controlar las redes sociales al modo de los censores e inquisidores contra la imprenta bajo la excusa de proteger a los ciudadanos de la manipulación. Si fuera así, ni siquiera se podría haber escrito El Federalista en 1787 para defender la Constitución estadounidense. Proteger a los ciudadanos de sí mismos es un paternalismo burdo. ¿Quién decide cuándo se manipula y cuándo se persuade a una persona?
Obviamente, esto no significa defender a quienes se dedican a crear bots. Pero sí es un llamado a derribar la creencia en las mayorías como infalibles. Porque ahí yace la tiranía de la mayoría, una entidad que no es nadie pero que se arroga todo.
Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.
Señor Director: Los ministros del TC cambian de opinión después de adoptado un acuerdo contra un texto expreso legal. Los […]
Publicado en El Líbero, 04.09.2026Señor Director: En Estados Unidos, una mujer asesina a sus tres hijos y recibe un millón de dólares en donaciones, […]
Publicado en El Líbero, 04.09.2026Con mi amigo Fello nos contamos historias. No son mentiras, sino que, como diría un siútico, se relatan con enhanced […]
Publicado en El Líbero, 04.09.2026«La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla»