Una abstracción fantasmal
El debate en torno al uso de los llamados bots tiene un trasfondo que hay que asumir con claridad: el […]
Publicado en Fast Check, el 04.09.2026
Publicado en Fast Check, el 04.09.2026 Jorge Gómez Arismendi es investigador senior de la Fundación para el Progreso, think tank liberal. Columnista, periodista y magíster en ciencia política, Gómez se ha especializado en temas políticos, históricos y actualidad.
En entrevista con Fast Check, profundiza en su mirada de la coyuntura. Dice que, en «términos factuales», no vislumbra que el gobierno del presidente José Antonio Kast sea iliberal, pero sí cree que se «podría decir que hay ciertas líneas que uno podría poner en duda, en términos del orden y libertad. Se prioriza más el orden que la libertad».
No se siente cómodo con catalogar al gobierno como extrema derecha, ni tampoco le acomoda el concepto de «batalla cultural». Eso sí, cree que en palacio conviven varias derechas: «Hay una postura muy reñida con el liberalismo más avanzado. Probablemente en Republicanos tienen perspectivas que son más tradicionales o conservadoras».
Habla, también, del Foro de Madrid, cumbre ligada a la ultraderecha que se está realizando en Chile. No le extraña que haya generado división en las filas de la derecha, ya que «más preocupante sería que todos estuvieran alineados», dice.
¿Cuál es tu diagnóstico de la coyuntura política actual?
Creo que uno de los principales problemas que tiene Chile es su clase política. Los partidos políticos, como mediadores entre la sociedad civil y el Estado, deberían proveer dirigentes y representantes de mayor calidad. Yo creo que la discusión que tuvo la senadora Campillai con la senadora Flores refleja el bajo nivel de ciertas dirigencias políticas que, además, tienen alta visibilidad.
Entonces uno, desde un punto de vista ideal, esperaría que nuestros políticos estuvieran discutiendo con un mayor nivel, ya sea de preparación, o ya sea con un mayor nivel de prudencia a la hora de discutir entre ellos mismos. Además yo creo que ellos deberían ser ejes rectores, es decir, deberían dar el ejemplo que han visto.
¿Qué te parece la reforma de seguridad propuesta por el gobierno?
Primero, me parece que el tema del estado de excepción que se propone tiene un problema. Porque el estado de excepción es una suspensión jurídica que abre el paso a la decisión política. Y esa decisión política en términos constitucionales se le otorga al presidente de la república.
Por eso existen otros estados de excepción. Y en ese sentido, el cómo se plantea el estado de excepción, que es lo que se ha discutido, por ejemplo, no establecía bien el tema de los plazos o la duración. Entonces, por ejemplo, los 240 días y todo ese tema dejaba una ambigüedad que a mí parece no era admisible desde el punto de vista de un proyecto. Porque, además, un sistema político democrático tiene siempre que contemplar el contrapeso de poderes. Es decir, el Congreso como un contrapeso al poder presidencial.
¿Y tú crees que ese contrapeso se veía afectado con la reforma?
Lo que pasa es que, por ejemplo, el presidente podía volver a establecer el estado de excepción sin la venia del Congreso. En el diseño para mí estaba mal. Porque yo creo que el problema con el crimen organizado y la dinámica que tiene la estructura del crimen organizado requiere más bien un diseño no en términos de atribución al poder ejecutivo, al presidente, sino que un diseño o una inteligencia en términos de diseño institucional, pero que contemple el Ministerio Público, las policías, que tiene que contemplar sí o sí a los propios jueces. No es solo darle la atribución al presidente como si el presidente fuera el eje del orden, es un contrapaso institucional.
En línea con eso, a partir de la discusión sobre la iliberalidad, ¿qué postura tienes?
Yo creo que es una postura a propósito de lo mismo que tiene que ver con el estado de excepción. De alguna forma lo que uno ve es que parece ser que hay un consenso en que el estado tiene que tener límites y que los gobiernos tienen que también tener contrapesos, ya sea el poder legislativo, contrapesos jurídicos, que no podemos generar como una especie de poder personal sin ningún freno, y parece existir ese consenso. Esto suena casi paradójico, pero que Lautaro Carmona te diga que el Estado no tiene que tener mucho poder, significa que todos de alguna forma adhieren a un marco, en términos teóricos, liberal. Ahora, claro, viene la discusión si es que el gobierno es o no iliberal.
¿Y qué opinas?
Yo creo que no, en términos factuales de práctica. No necesariamente significa que exista una perspectiva donde, por ejemplo, se prioriza la noción de orden por sobre la noción de libertad, que es una tensión histórica clásica. Y yo creo que en eso uno podría decir que hay ciertas líneas que uno podría poner en duda, en términos del orden y libertad. Se prioriza más el orden que la libertad.
Dices que no es iliberal en términos factuales, ¿y en otros términos?
Para que se entienda un poco: es como cuando, por ejemplo, durante el gobierno de Gabriel Boric se planteaba cómo era posible que, por ejemplo, el PPD estuviera en una coalición con el Partido Comunista, que es un partido marxista-leninista. Y entonces, claro, en términos estrictos nadie podría haber dicho que el gobierno de Gabriel Boric era un gobierno comunista, porque no lo era. Pero tú tenías ciertos actores que tienen una ideología que claramente no es liberal, que claramente está reñida con la democracia como la entendemos en general, y yo creo que eso puede eventualmente uno visualizar en el sentido de que hay cierta perspectiva donde el orden es más importante que la libertad.
Por tus palabras, ¿en el gobierno vislumbras dos almas, y una de ellas más autoritaria?
No sé si decir autoritaria. Más que dos almas, en el fondo hay una derecha que es Chile Vamos. Está la UDI, RN y está Republicanos. Pero yo creo que, más que autoritaria o no autoritaria, vuelvo al punto de dónde ellos ponen los énfasis en términos de orden o libertad. Si piensas en un partido como Evópoli, probablemente la mayoría de sus militantes no tienen temas de índole en la discusión moral, por ejemplo. Hay una postura muy reñida con el liberalismo más avanzado. Y probablemente en Republicanos tienen perspectivas que son más tradicionales o conservadoras. Más que como autoritario o no autoritario, yo diría que es como un conservadurismo de corte más tradicional y un liberalismo de índole moderna.
Hay quienes dicen que es un gobierno de extrema derecha, ¿qué apreciación tienes?
Lo que pasa es que el concepto es utilizado instrumentalmente. ¿Qué significa la extrema derecha? Y claro, en la discusión académica se tiende a plantear que la extrema derecha es en el fondo anti-inmigración, anti derechos de las minorías sexuales, se trata de hacer una especie de paquete. Pero creo que, en ese paquete de descripción, hay muchos aspectos que son propios de ciertos grupos más bien conservadores más que de extrema derecha. Entonces creo que uno tiene que aplicar el análisis en ese sentido, sobre todo porque tienes que considerar que hoy día el gobierno tiene desde gente como Evópoli hasta gente republicana.
¿Qué espacio crees que tiene en el gobierno la «batalla cultural»?
Yo soy bien crítico de esa concepción. Creo que siempre hay batallas culturales, si queremos decirlo así. Es decir, en todo entorno político, sobre todo democrático, hay disputas conceptuales, hay disputas en los marcos de referencia, hay disputas simbólicas. Y eso siempre ocurre, sobre todo cuando tú tienes sistemas donde la opinión es libre y no hay homogeneidad.
El problema del uso retórico de la batalla cultural tiene dos problemas que para mí son cuestionables: una es que cuando se habla de batalla cultural, estás insertando en la dinámica del debate político-democrático una dinámica que es más bien propia del enfrentamiento bélico; y lo otro es que, bajo esta idea de batalla, más que tú persuadir, lo que empiezas a hacer es una discusión más bien bizantina con tus contrapartes.
¿Qué lectura le das al hecho de que el Foro de Madrid se realice en Chile?
Es interesante. Porque todo esto fue a propósito de lo que tú dices del iliberalismo. En el fondo, es una actividad que hacen un grupo de organizaciones y está bien, es parte del juego democrático. No vería ningún problema en eso. Lo que uno siempre tiene que observar en todo este tipo de organizaciones, primero, es que hay matices. Hay distintos grupos, hay distintas opiniones. Esto es lo mismo que ocurre en los grupos de izquierda. Uno tiene que ver eso desde esa mirada, más que pensar que hay una especie de homogeneidad ideológica en los grupos.
En Chile Vamos hubo división sobre la participación en la cumbre, ¿le das algún significado a eso?
Por ejemplo, el grupo de Evópoli se desmarcó. Yo lo veo más como una manifestación de su propia identidad respecto a lo que ellos consideran, quizás, como un grupo que está reñido con ellos. Y creo que es parte también de la sanidad del sistema en una democracia. Más preocupante sería que todos estuvieran alineados. El problema es cuando la postura tiene que ser homogénea y si tú planteas una discrepancia quedas fuera, excluido, eres un disidente. Es mejor permitir ese flujo de opinión y esas diferencias, que se puedan manifestar desde el punto de vista político-democrático y de la libertad de opinión que debe existir en una democracia.
Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.
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