A sacar pecho y arrancar para adelante

Somos una generación bajo ataque sin un líder que reivindique su obra, sin orgullo por defendernos de la arrogancia con que nos critican e impávidos frente al deterioro de lo avanzado.

Como esos juegos infantiles que a uno lo mandaban a volver a la partida. Lo peor que podemos hacer es resignarnos, quedarnos callados. Y que de protagonistas de una película extraordinaria nos transformemos en testigos de una película que ya vimos: es mala y termina peor.

Nos pasaron la posta de un país pobre y sin democracia. Donde los pobres vivían bajo los puentes y andaban a ‘pata pelá’ (no con zapatillas Nike). Y los ricos vivían en casitas ley Pereira, como las que hoy pueblan las comunas de Maipú, la Florida y Quilicura.

Somos la generación cuya opción era ganarnos la vida con nuestro propio esfuerzo o morirnos de hambre. Heredamos un país con inflación, con padres sin jubilaciones, donde entrar a la universidad era un lujo de pocos; en que nos enfermábamos de tifus y había brotes de cólera. Somos la generación que pasamos de mirar a Argentina hacia arriba a mirarla a los ojos; en que el desarrollo era una utopía y no un destino alcanzable.

Esa generación que hoy se está despidiendo recuperó la democracia, tomó a Chile al final de la tabla de posiciones del desarrollo en Sudamérica y la entrega en primer lugar.

Somos la generación que derrotó la inflación, desarrolló industrias nuevas —como el salmón y el litio—, reforestó tierras erosionadas, construyó las autopistas de Arica a Puerto Montt, amplió el metro que otros queman y ahorró en las AFP para financiar nuestras jubilaciones y no endilgárselas a los jóvenes. Construimos universidades y colegios para eliminar el analfabetismo y permitir acceder a 1 millón de jóvenes a la educación superior. Construimos hospitales y clínicas que atraen a cientos de extranjeros a sanarse en Chile y logramos superar a EE.UU. en expectativa de vida. Somos la generación que permitió que unas tiendas pequeñas del centro de Santiago se transformaran en multinacionales y conquistaran Sudamérica. Somos los que le dimos acceso a electrodomésticos y automóviles a la inmensa clase media que hoy forma nuestro país.

Somos los que creamos más parques nacionales que ninguna otra generación; los que limpiamos los ríos de Chile y llevamos agua potable, alcantarillado y luz eléctrica a lugares impensados. Desarrollamos una minería privada que superó a la estatal. Creamos una agricultura de clase mundial, con una línea aérea que fue capaz de conquistar los cielos mundiales y permitir que 4 millones de chilenos viajen al año. Creamos un mercado financiero que es la envidia de la región, dando empleo a miles de jóvenes que han enfrentado un ejercicio profesional desafiante y sofisticado que canaliza recursos hacia todas las áreas de la economía, permitiendo que ninguna buena idea y ningún emprendedor queden sin financiamiento. Todo esto lo logramos porque tuvimos una arquitectura constitucional que fortalecía la sociedad civil y limitaba a los políticos y a la política.

Por supuesto que no fuimos perfectos y cometimos muchos errores, pero eran culpa nuestra. No les echábamos la culpa a otros o al ‘modelo’. Somos los que a nuestros padres y políticos les pedíamos que dijeran la verdad, no que fueran empáticos.

Los jóvenes están recibiendo un país mejor que nosotros, pero no están contentos. Ellos son idealistas y críticos: comparan la realidad imperfecta en que viven con la realidad perfecta con que sueñan. Nosotros también queríamos lograr las libertades anglosajonas con el bienestar nórdico sin perder el alma chilena. Nuestra receta no era nueva ni la inventamos nosotros. Consistía en estudiar, esforzarse y ahorrar. Y en lo político, limitar el poder del Estado y focalizar el gasto fiscal en los más vulnerables buscando que la gente se pare sobre sus propios pies y que no viva de la beneficencia estatal. Mi consejo es que analicen bien los cambios que quieren hacerle a la receta, porque si falla algo, los vuelos a Escandinavia hacen escala en África: ahí está uno de los profetas de la nueva política, el alcalde Sharp, cuya gestión ha logrado que Valparaíso se parezca más a Mogadiscio que a Copenhague.

Por todo esto, parafraseando a las Tesis, debemos cantar con orgullo: ‘Si importa de dónde venimos, lo que hicimos y hacia dónde vamos’.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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