Araya, el castigado
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Publicado en El Mercurio, 25.10.2026
Publicado en El Mercurio, 25.10.2026 Nunca pensaron en Francia que los jóvenes, al son de La Marsellesa, iban a quemar sus ciudades y saquear y vandalizar cuanto apareciera por delante. Los ingleses dicen que rebelarse para los franceses es como el cricket para ellos. Es decir, parte del paisaje. Ahí están la revolución de 1789, la rebelión de la comuna de 1848, las revueltas universitarias de mayo de 1968, las chaquetas amarillas hace poco. Y ahora esta rebelión.
Sin líderes ni agendas, la revuelta combina desde una marcha pacífica reclamando por mejor educación, hasta el saqueo de las tiendas «Louis Vuitton», en que jóvenes encapuchados quisieron cambiar sus mochilas por otras que les mejoraran el look. No en vano Paris es la ciudad de la moda. Recordando el dicho «antes muerto que sencillo», y tras saquear la tienda Lacoste del Boulevard de Capucines, los vándalos, escribieron: «Fauchés mais en Lacoste» («quebrados pero en Lacoste»).
La verdad es que el estallido francés se parece al chileno: combina la izquierda radical de Jean Luc Mélenchon (agrupado bajo el nombre de «la France insoumise» -nunca más apropiado el nombre-), el lumpen oportunista, la burguesía woke y una juventud que ve con horror que tiene que pagar la cuenta del Estado de bienestar socialista. Cuenta que disfrutan los mayores, que fue financiado con impuestos altos, deuda y déficit fiscal (1973 fue el último año sin déficit) y que alguien tiene que pagar.
«Francia es como un barco que navega hacia un iceberg y en vez de cambiar el rumbo cambia al capitán»
Francia es como una pituca sin lucas. Construyó un Estado de bienestar dejando de gastar en armas, confiado en que Alemania había dejado de ser una amenaza y la antigua Rusia comunista tendría que vérselas con EEUU antes de llegar a ella. Pero hoy Europa enfrenta la amenaza de Putin, la indiferencia de Trump, la agresión islámica y debe armarse. Esto exige aumentar el gasto de defensa y cortar beneficios sociales. Misión imposible para un país que recibe miles de inmigrantes que no parecen integrarse, desprecian occidente y más que venir a producir, vienen a usufructuar mientras los franceses emprendedores emigran a EEUU. Si Francia fuera un estado de EE.UU sería el más pobre (el número 51) medido por ingreso per cápita. De un superficie similar a Texas, tiene un PIB algo mayor pero con el doble de habitantes. Los texanos, con menos impuestos y más libertad, son casi el doble de productivos que los franceses.
De seguir la violencia y las ambiciones de bienestar de un pueblo que lo quiere todo sin sacrificar nada, la economía enfrenta un dilema imposible, con tasas de interés subiendo y el déficit fiscal al límite. O deja de pagar su deuda (default) o le pide ayuda a la Comunidad Económica Europea que, para salvar a Francia (bail out), le exigirá la austeridad que los franceses no quieren enfrentar. Así, la Comunidad Europea deberá decidir si deja caer a Francia y redefine el proyecto común y del euro, o la rescata, en cuyo caso toda Europa será codeudora solidaria de Francia. Por eso, hoy yo repensaría el dicho de nuestros trasplantados que proponían vender Chile para comprarse algo más chico, pero cerca de París.
El 13 de Vendimiario (5 de Octubre 1795), a un joven Napoleón se le ordenó controlar una insurrección armada en contra del gobierno revolucionario del momento. Con 40 cañones, Napoleón abrió fuego con metralla en contra de los contrarrevolucionarios, matando a más de 300 manifestantes. Así ponen orden las revoluciones: los jacobinos Franceses con el terror, los comunistas rusos con los gulags y las purgas, y los cubanos con los tribunales populares. Eran otros tiempos. Al que ponía orden en Francia lo coronaban emperador. Ahora nadie se atrevería.
La democracia, la decencia y la modernidad son distintas y no toleran esa forma de represión. El presidente Emmanuel Macron se está quedando sin capacidad de maniobra para detener la violencia. Como la historia no se repite pero rima, aventuro que esto puede terminar como Mayo del 68, en que las fuerzas conservadoras se impusieron en las urnas y eligieron a Pompidou. Ahora, es probable que la «France profonde», elija a Le Pen para que restablezca el orden. Me temo, sin embargo, que Francia es como un barco que navega hacia un iceberg y en vez de cambiar el rumbo cambia al capitán. El Estado es un mal prestador de servicios sociales; sale caro, ahoga al sector privado, no genera oportunidades para la juventud que, sin ver un futuro ni tener respuestas, se frustra y se vuelca hacia la violencia. Ojalá que Le Pen enmiende el rumbo. Sino, «Sauve qui peut».
Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.
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