Animales
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Autor: Jorge Gomez El discurso de libertarios y liberales en América Latina ha recurrido a destajo a denunciar al Estado empresario, a los sindicatos y el populismo redistributivo. Y está bien, pues han sido lastres que por décadas han afectado al continente. Sin embargo, hay otro lastre al cual los liberales del continente le hacen el quite: el capitalismo de amigotes. Paraguay acaba de mostrar aquello.
«No hay economía libre ni sociedad abierta ahí donde los contratos públicos, las concesiones, los cargos y las posiciones o lo que sea, se reparten como si fuera un juego de póker entre amigos».
El desplome de Ueno Bank dejó a casi tres millones de personas con sus ahorros congelados y a 32 mil jubilados en vilo, pues buena parte de los fondos previsionales estaban depositados ahí. Según la Fiscalía, el banco les prestaba a empresas de su propio grupo en condiciones irregulares que ningún análisis de riesgo habría aceptado. El mismo conglomerado del que el presidente paraguayo fue accionista hasta 2025.
Hasta hace no mucho, varias autoridades de la región, como Javier Milei y José Antonio Kast, hablaban de las bondades de Paraguay y la senda que seguía el pequeño país. Bajos impuestos y estabilidad macroeconómica eran exaltadas como la prueba de lo bien que hacía la llegada de un economista al poder. Pero se olvidaban de algo clave: los nexos con variadas formas de poder, político y empresarial, de ese presidente. Aunque había un riesgo moral de manual pues el banco crecía captando dinero público, el hecho de ser empresario y economista les hacía presumir que aquello es una especie de blindaje contra los efectos del poder.
Si algo han olvidado por años quienes se presumen liberales o defensores de la libertad en América Latina son las formas en que el poder se moldea para subsistir. Una de ellas, estudiada por pensadores como Aristóteles y Montesquieu, es la oligárquica. Unos pocos que concentran el poder político y económico, definen las normas legales a su antojo y mandan. Nada muy liberal. Jeffrey Winters, en su libro Oligarquía, ha mostrado que los oligarcas no necesitan gobernar ni abolir la democracia para seguir teniendo el control a su favor, repartiendo carreras y fortunas. Algo que otro pensador frecuentemente citado por liberales, Adam Smith, advertía al decir que ahí cuando personas del mismo oficio se reúnen «la conversación termina en una conspiración contra el público».
Quizás lo que deben recordar los liberales continentales es que lo que se debe defender es la libertad y los mercados libres, no el poder de los capitalistas y sus redes de amistad e influencia. El problema es que buena parte del liberalismo latinoamericano ha confundido ambas cosas, asumiendo que defienden la libertad exclusivamente en su oposición al socialismo y al Estado, mientras al empresariado lo elevan a condición sacrosanta. Olvidando los modos que adopta el poder. Entonces creen que por bajar impuestos y reducir el gasto público han abierto las puertas al cielo de la libertad, tal como se creyó ingenuamente respecto de Paraguay.
Pero la libertad en serio exige reglas iguales para todos, libre competencia en serio, no mediada por redes de contacto e influencia como suele ocurrir en América Latina donde los dirigentes políticos y empresariales se conocen de toda la vida. Es decir, instituciones que evitan todo tipo de concentración del poder, ya sea estatal o corporativo. Porque no hay economía libre ni sociedad abierta ahí donde los contratos públicos, las concesiones, los cargos y las posiciones o lo que sea, se reparten como si fuera un juego de póker entre amigos. Un Estado reducido pero capturado por oligarcas también es un enemigo de la libertad.
Frédéric Bastiat, en un texto poco citado de 1848 y titulado Propiedad y ley, advertía que los primeros en socavar el derecho de propiedad eran los terratenientes, quienes se presumen los propietarios por excelencia, pues usaban la ley para dar a sus bienes un valor ficticio y consagraron el principio de «tomar legislativamente de unos para dar a otros». Y con enorme clarividencia les advertía: «Puesto que son ustedes, propietarios y capitalistas, quienes han hecho admitir este funesto principio, no protesten entonces si otros más desdichados que ustedes reclaman también su beneficio». Eso fue lo que hicieron en Paraguay los amigos y socios del poder. Lo irónico es que seguramente brindaban por la libertad gritando: ¡Viva la libertad carajo!
Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.
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