Derecho al buenismo vacío
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Publicado en El Líbero, 16.10.2026
Publicado en El Líbero, 16.10.2026 Los políticos, de todo pelaje y color, siempre pontifican con que están en política por vocación de servicio, para defender a los más débiles, los valores o lo que sea. Bajo esa retórica, por muy mediocres, pendencieros o carentes de altura que sean, se otorgan un aura de una condición especial. Esa aura les permite darse ínfulas de estadistas, de genios o de incorruptibles, pero también elevar sus rentas, mejorar sus currículums y acceder a buenos cargos sin mediar requisitos como el resto de los mortales.
José Ortega y Gasset decía: «Cualquier mequetrefe que durante veinticuatro horas ha asentado sus nalgas en una poltrona ministerial queda para el resto de su vida como socialmente consagrado». Es decir, aunque los méritos no estén del todo presentes en su persona, al político se le adjudica mágicamente una serie de cualidades para cualquier labor. Por eso un mismo político puede ser un día experto en una cosa y al siguiente de otra. Y, claro, estos consagrados reciben las loas ciegas y fervorosas de sus tribus al mismo tiempo que las críticas acérrimas de sus enemigos. Pero como advertía Ortega: «No hay tan clara razón para que a un hombre político se le rindan todos los resortes sociales, que son, en su mayor parte, independientes del Estado».
«Los políticos operan como actores de un mercado donde se cotizan influencias, contactos y la cercanía con las redes de poder. Ese es el mérito que hace imperar la dinámica política».
No es raro que cada cierto tiempo, algún político quede bien posicionado en el directorio de una empresa, reciba una cátedra bien remunerada o se le adjudique la dirección de algún organismo o entidad. Esta semana fue el turno de Camila Vallejo que, tras siete meses de haber dejado la vocería durante el gobierno de Gabriel Boric, fue presentada como flamante directora de la escuela de liderazgos de la Conferencia Interamericana de Seguridad Social (CISS). Aunque Vallejo no es experta en materia previsional, lo que imperó para su nombramiento, tal como destacó la institución, fue su liderazgo político. La dinámica es la misma que operó en 2024 con la exministra de Sebastián Piñera, Marcela Cubillos, y su muy bien remunerado cargo docente en la Universidad San Sebastián.
Lo mismo sucede con el caso del abogado del Frente Amplio, Sebastián Aylwin. Como jefe de la oficina de Evaluación Ambiental, del Ministerio de Medio Ambiente, lideró la reforma al reglamento del SEIA y cuatro meses después de dejar el cargo se incorporó a la empresa CleanTech Lithium para llevar a cabo su tramitación ambiental bajo esas mismas reglas. El detalle: durante el gobierno de Gabriel Boric, la empresa obtuvo un contrato de explotación de litio por trato directo. Según Aylwin, la reforma que lideró no beneficia a la empresa. Puede ser, pero es claro que la puerta giró muy rápido en su caso.
La dinámica política es tal en este sentido que ni el gobierno actual de José Antonio Kast se ha salvado. La seremi de Trabajo de Arica duró ocho días en el cargo por no acreditarse la experiencia profesional requerida. Pero la duda es obvia: ¿a quién se le pasó por la cabeza que sin tal experiencia podría ocupar el cargo?
La misma pregunta surge respecto a los nombramientos de embajadores. ¿Qué criterio operó para nombrar a Javier Velasco, sin experiencia diplomática alguna, pero amigo de Gabriel Boric, como embajador en España? Por algo la Asociación de Diplomáticos de Carrera pidió que los embajadores fueran seleccionados sobre la base de su trayectoria. Pero entonces ¿qué criterio se aplicó para nombrar al exdiputado Diego Paulsen, ex generalísimo de la campaña de Evelyn Matthei, como embajador del gobierno de José Antonio Kast en Londres?
En ninguno de estos casos hay ilegalidades acreditadas, y varios son acuerdos entre privados o designaciones legítimas de confianza, pero todos evidencian el peso que tiene el haber ocupado cargos políticos para acceder a posiciones, incluso más allá de los méritos requeridos. En otras palabras, hacen patente que los políticos operan como actores de un mercado donde se cotizan influencias, contactos y la cercanía con las redes de poder. Ese es el mérito que hace imperar la dinámica política.
El problema de esto es doble. Primero, porque termina distorsionando los criterios de mérito que existen en otras dimensiones y espacios. El discurso del mérito, entendido como el esfuerzo y la dedicación que permiten la movilidad social o el acceso a posiciones, se desvirtúa cuando el dirigente y el operador político se imponen sobre eso sin mediar los criterios particulares que en dichos espacios operan para establecer premios o gratificaciones. No es raro que, a nivel estudiantil, ser dirigente sea visto como una forma de obtener privilegios y cargos, tal como relató Alberto Mayol en 2025 a partir de su experiencia como profesor en la Universidad de Chile. Según narraba, algunos dirigentes estudiantiles accedían a privilegios como exámenes especiales sin topes de reprobación, fueron incorporados al cuerpo docente en desmedro de mejores alumnos y luego, sin los méritos académicos, saltaron a cargos gubernamentales con Boric. Gente que nunca había trabajado fuera de la política, pero que proclamaba a los cuatro vientos luchar contra el privilegio y la desigualdad. Algo que muestra lo rentable que es hacer política preconizando la justicia social.
Lo peor es que hay otros que pontificando contra la desigualdad incluso han llegado a embajadores o terminaron en el Senado, como Diego Ibáñez y Beatriz Sánchez.
Segundo, que la política sea vista como un instrumento para sortear exigencias, afecta la calidad de la labor gubernamental y legislativa puesto que cargos que requieren cierta experticia terminan cubiertos bajo criterios espurios por parte de personas que simplemente cazan rentas bajo la excusa de la vocación de servicio. Basta ver el problema de larga data de los asesores parlamentarios para asumir el crudo diagnóstico.
Pregúntese, entonces: ¿Estarían todos los que hoy están en política si está no fuera rentable? ¿Estarían todos los que hoy ocupan escaños en el Congreso si el sueldo fuera mucho más bajo que el que ahora reciben? Hay que repetirlo: los únicos con verdadera vocación de servicio, que sirven voluntariamente sin mediar sueldo, son los bomberos.
Si la política es vista, y se evidencia, como el camino para acceder a riqueza y privilegios sin mediar méritos ni esfuerzo, no es raro que los ciudadanos desdeñen la meritocracia y que la desconfianza en la política sea creciente, sobre todo si cualquier mequetrefe se alza como justiciero, mesías o tribuno de la plebe. Es decir que la política se convierta en, como decía Ortega, la poltrona mediante la cual algunos buscan consagrarse socialmente, y si llegan a algún alto cargo, incluso la primera magistratura, asegurarse la vida sin mayor esfuerzo. Y luego nos quejamos de la mala calidad de nuestros políticos.
Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.
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