Pareciera que rápidamente la amenaza del coronavirus se esta transformando en una amenaza económica de proporciones no vistas en Chile desde la crisis bancaria de los 80.
Toda corriente liberal estima como absolutamente necesario el respeto de los derechos y el cumplimiento de los deberes, lo que nos entrega la valorada vida en paz y en comunidad.
El control de esta pandemia depende en buena parte de la actitud que tomen los propios ciudadanos al momento de enfrentada y no tan sólo de la actividad que despliegue o no el poder Ejecutivo.
El manejo de datos personales es algo sumamente delicado.
Los proyectos y las ideas son mucho más importantes que las apariencias, las cuales, tarde o temprano están condenadas a ser puestas en cuestión.
Las personas siguen sus intereses propios (individualismo hobbesiano), pero también se preocupan del resto de los humanos.
No queda más que revisar los postulados de Byung-Chul Han, tanto en su columna en el periódico español, como también sus referencias a su principal obra “La sociedad del cansancio”, por medio de la cual erige y dirige sus dardos hacia variadas ideas e instituciones de la civilización occidental.
Giorgio Jackson y Gabriel Boric traban el proyecto de rebaja a la dieta parlamentaria que ellos impulsaron.
El pataleo de las redes sociales y de algunos dirigentes de la oposición, olvida un presupuesto básico de la sociedad libre moderna el origen de una persona es irrelevante en su desempeño en sociedad.
Urge más que nunca focalizar el gasto público en quienes más lo necesitan, puesto que las necesidades más que nunca serán múltiples y los recursos serán más escasos que de costumbre.
Ese "parlamentarismo de facto" que sugirió el pasado 13 de marzo el entonces presidente del senado Jaime Quintana, sólo demuestra los anhelos frustrados de una oposición que aún no asume que no es gobierno y que se refleja en un torpe obstruccionismo que al final del día sólo perjudica al Chile más vulnerable.
Tenemos diputados que continúan utilizando espacios que configuran el futuro de nuestra nación para realizar campañas irresponsables e inverosímiles, con sueldos y asignaciones pagados con nuestros impuestos.
No hay corriente alguna del liberalismo que se olvide de la radical necesidad de la existencia de los deberes y el respeto de unos con otros. Y eso es lo que permite la cooperación y la vida pacífica en comunidad, y también de diferentes comunidades con diferentes fines comunes.
El Guasón no es, pues, una película política, sino psicológica. Se trata de los peligros apolíticos de la pérdida de individualidades del grupo.
Pan para hoy y hambre para mañana es un lujo cortoplacista que nadie puede darse sosteniblemente.
No se saca nada con discutir la rebaja de la dieta parlamentaria sin abordar el problema de las asignaciones y su correcta utilización.
Sucede que el pataleo de las redes sociales y de algunos dirigentes de la oposición, olvida un presupuesto básico de la sociedad libre moderna: el origen de una persona es irrelevante en su desempeño en sociedad.
El liberalismo —y repito, en cualquiera de sus formas— nos liberó para cooperar y vivir pacíficamente en comunidad.
La realidad nos exige hacer políticas no sólo mirando una foto parcial actual (como aplanar la curva de contagio hoy) y olvidarse del resto de la situación y del largo plazo.
Debemos reconocer que el Estado no es la única fuente responsable del concepto de lo público, ni tampoco la única respuesta plausible y suficiente a nuestros problemas comunes.
«La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla»