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Más clases y más profesores Publicado en El Dínamo, 14.06.2023

Más clases y más profesores

La educación es la principal herramienta que tenemos para la movilidad social y para escapar de la pobreza. Cada día de educación que pierden los escolares reduce el rendimiento y, por ende, el sueldo que ellos mismos podrían recibir en la adultez. Las tomas de los establecimientos —casi exclusivas de colegios donde los estudiantes no provienen de familias adineradas— le quitan días de educación a los alumnos que más necesitan movilidad social. Además, los días que los estudiantes sí tienen clases podrían subir su calidad de forma significativa con un mejor diseño educacional, que asigne mejor los recursos y que priorice la educación temprana.

Un cálculo en base a previas estimaciones de los efectos negativos de las tomas sugiere que tan solo los 10 días que el Instituto Nacional perdió al estar tomado por sus estudiantes en mayo de este año podrían significar una reducción de 1,4 y 0,5 puntos porcentuales en los próximos resultados SIMCE de matemática y lenguaje, respectivamente. Pero las tomas no son la única forma en que los alumnos pierden clases. Así lo comprueban la seguidilla de comunicados que la rectoría del Instituto Nacional ha publicado una vez finalizada la toma, donde indica que los graves actos de violencia dentro del establecimiento —incluyendo bombas molotov y amenazas directas— ha forzado la cancelación de clases en reiteradas ocasiones.

«Hay, a lo menos, una lección que los chilenos deberíamos aprender de los estonios y aplicar en nuestras aulas: reducir la proporción educador-estudiante, es decir, más profesores. En promedio, Chile tiene 18 alumnos por profesor en educación primaria mientras que Estonia sólo tiene 11».

Empeorando lo anterior, el colegio de profesores de Chile —que solo representa sus propios intereses y no los de la mayoría de los profesores— aprovecha cualquier oportunidad que tiene para perder clases, ya sea rehusándose a volver a clases después de la pandemia o insistiendo en adelantar y expandir las vacaciones de invierno.

La educación es tal predictora de los ingresos futuros de los estudiantes que es posible incluso observar correlaciones positivas de nuestros sueldos en la adultez joven con las calificaciones que tuvimos en Kinder. Eso es lo que hace imperativo un buen diseño del sistema educacional, sobre todo el de la educación temprana, la cual se ha comprobado persistentemente que es la que tiene mayores beneficios para el individuo y para la sociedad.

Entre 1990 y 2019, el Estado aumentó su gasto en educación 150% (medido como % del PIB). Pero, «no es obvio que simplemente gastar más dinero [en educación] sea una solución, una panacea en sí misma» explica el economista experto en movilidad social Raj Chetty. Tiene razón, el gasto por sí solo no significa mucho. Lo que importa es cómo se gasta. Prueba de aquello es Estonia que, en las pruebas PISA de 2018 obtuvo mejores resultados que Noruega, Dinamarca, Suecia y Nueva Zelanda, y lo hizo gastando menos recursos por estudiante (en relación a su PIB per cápita) que todas esas naciones.

Sin quedar tímidos de otros factores, hay, a lo menos, una lección que los chilenos deberíamos aprender de los estonios y aplicar en nuestras aulas: reducir la proporción educador-estudiante, es decir, más profesores. En promedio, Chile tiene 18 alumnos por profesor en educación primaria mientras que Estonia sólo tiene 11. Es simple, si tenemos más profesores, cada profesor estará a cargo de menos alumnos y le podrá dedicar más tiempo a cada uno. Esto incrementaría la capacidad de los educadores para identificar y adaptarse a las diversas necesidades de cada estudiante, haciendo más efectivo el proceso de aprendizaje. Esto último es especialmente cierto y necesario para la educación de alumnos con necesidades especiales que, en Chile, corresponden a 590 mil escolares, y van al alza.

«El rumbo que toma la educación de un hombre, determinará su futuro en la vida» — Platón.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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